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De la ola de izquierda al tsunami de derecha

Auge y caída de la izquierda latinoamericana

Hace diez años la izquierda latinoamericana se encontraba en una situación sin parangón en la historia de la región: nunca antes había sido tan influyente ni controlado tantos gobiernos como entonces. Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil, Cristina Kirchner en Argentina, Rafael Correa en Ecuador, Michelle Bachelet en Chile, Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia, Alan García en Perú, Tabaré Vázquez en Uruguay, Mauricio Funes en El Salvador y Fidel Castro en Cuba formaban parte de una familia política amplia y diversa que parecía imparable. Por entonces, muy pocos hubiesen podido imaginar que apenas unos años después esta gran familia se encontraría en la ruina y aún menos que un verdadero tsunami de derecha pudiese llegar a ser el legado más trascendente de la ola izquierdista.

Es la economía, estúpido

La explicación fundamental del auge y la caída de la izquierda latinoamericana es relativamente simple y puede ser resumida con ayuda del célebre dicho de Bill Clinton: «It’s the economy, stupid». El inicio de su ascenso meteórico fue el triunfo de Hugo Chávez en la elección presidencial venezolana de diciembre de 1998 y su contexto está dado por los difíciles tiempos que América Latina experimentó a partir del colapso, a comienzos de los años 80, del modelo de «desarrollo hacia adentro» que la región había seguido desde la década de 1930. Los éxitos de la izquierda se consolidan durante la primera década del nuevo milenio con ayuda de la enorme abundancia de recursos generada por el boom exportador que se inicia a comienzos del 2000 y concluye durante la primera mitad de la década de 2010. Luego vino la crisis económica, los sonados escándalos de corrupción, las grandes derrotas electorales y, en ciertos casos como el de Venezuela, el abismo dictatorial y la catástrofe humanitaria, pero también el surgimiento de líderes, como Jair Bolsonaro en Brasil, con un domicilio político ubicado en las antípodas del socialismo del siglo XXI y otras variantes del izquierdismo latinoamericano.

El trasfondo del auge izquierdista hay que buscarlo en las décadas de 1980 y 1990, cuando la región vivió las duras consecuencias del colapso de aquel tipo de economía que imperó durante medio siglo inspirada por una estrategia de desarrollo basada en la sustitución de importaciones, el proteccionismo y una amplia intervención estatal.

El trasfondo del auge izquierdista hay que buscarlo en las décadas de 1980 y 1990, cuando la región vivió las duras consecuencias del colapso de aquel tipo de economía que imperó durante medio siglo

El fracaso de esta estrategia, teorizada y difundida en la posguerra por la CEPAL, se hizo evidente no sólo por su incapacidad para satisfacer las demandas de progreso de las grandes mayorías de la región, sino también por una inestabilidad económica recurrente y una dependencia cada vez mayor de las exportaciones tradicionales que acrecentaba la vulnerabilidad de un modelo de desarrollo que, paradojalmente, tenía como gran meta reducir esa dependencia y la vulnerabilidad que producía.

La crisis de la deuda a comienzos de los años 80 se tradujo, primero, en largas recesiones económicas y luego en dolorosos intentos de reestructuración de lo que eran «economías de invernadero» dominadas por el clientelismo, el privilegio y la connivencia con la política. Las consecuencias fueron dramáticas: la pobreza aumentó de 134 a 225 millones de personas entre 1980 y 2002. Además, ese año se registraron niveles récord de desigualdad económica: el promedio regional del coeficiente de Gini llegó a 0,55 y el 10% más rico de los latinoamericanos tenía ingresos que eran 14,4 veces superiores a los del 10 por ciento más pobre (datos de la CEPAL).

En Venezuela, para dar sólo un ejemplo, el ingreso per cápita cayó un 28% hacia finales de los años 80 en comparación con el nivel alcanzado una década antes. A su vez, la pobreza llegó a ser estimada en más de la mitad de la población del país, algo que es difícil de imaginar en el país que en los años 50 no sólo era el más rico de América Latina, sino uno de los más ricos del mundo. El resultado más visible y dramático fue el así llamado Caracazo, un estallido social sin precedentes que se inició el 27 de febrero de 1989 y se extendió durante una semana por todo el país, dejando centenas o tal vez miles de muertos a su paso fuera de una impresionante devastación material. Con razón Moisés Naím ha dicho, refiriéndose al 27 de febrero y su impacto sobre el gobierno de Carlos Andrés Pérez y la democracia que Venezuela vivía desde 1958: «Ese día cayó Pérez y cayó la democracia». Y se puede agregar que ese día se inició el sinuoso camino que llevó primero al golpe de Estado fallido del entonces teniente coronel Hugo Chávez en febrero de 1992 y luego a su contundente victoria electoral en diciembre de 1998.

De las balas a los votos

Las estadísticas y los sucesos recién referidos nos dan el contexto en el que surge la ola izquierdista, en particular en sus versiones más populistas y radicales. La demanda potencial por líderes y movimientos que prometiesen una rápida reducción de la pobreza y las desigualdades mediante políticas redistributivas era grande.

En este sentido, el liderazgo carismático de Hugo Chávez vino a darle un rostro a un deseo ampliamente extendido de lograr sin demora mejores condiciones de vida y más justicia social. El que el «comandante eterno» haya podido disponer de recursos prácticamente ilimitados, gracias al petróleo estatizado ya en 1976, para llevar adelante sus políticas lo hizo enormemente popular, creando el espejismo de que bastaba la voluntad de un líder mesiánico para liberar definitivamente a los pobres de su penosa condición, fuera de poner en su lugar a las viejas élites y desafiar el poder de Estados Unidos. De esta manera, Chávez pudo ocupar el sitial de redentor y desplegar la poderosa atracción que alguna vez tuvo Fidel Castro. La izquierda radical pudo así pasar a la ofensiva en toda la región, coordinada por el Foro de Sao Paulo y financiada por los petrodólares que Chávez usaba a su antojo.

Uno de los efectos más significativos del rápido ascenso de Hugo Chávez al estrellato izquierdista latinoamericano fue un cambio de estrategia de la izquierda militante de la región. En vez de plantearse la guerra de guerrillas o el golpe revolucionario como vía para llegar al poder se pasa ahora al uso de los mecanismos electorales democráticos. Cambian los medios, pero se mantienen los fines. Y el resultado fue sin duda mucho más alentador que el obtenido por la estrategia castrista durante los años 60 y 70, al menos mientras se mantuvo el gran flujo de ingresos proveniente de lo que sería el mayor boom exportador de la historia de Latinoamérica.

La ola izquierdista iniciada por Hugo Chávez se consolidaría con una serie de importantes victorias electorales. De esta manera llegaron Lula da Silva y Néstor Kirchner a la presidencia de Brasil y Argentina en 2003, Evo Morales a la de Bolivia en 2006, Daniel Ortega y Rafael Correa a la de Nicaragua y Ecuador en 2007, y Mauricio Funes a la de El Salvador en 2009. A esta ola de éxitos se deben sumar, aunque pertenezcan a una rama mucho más respetable y tranquila de la familia izquierdista, la victoria de Ricardo Lagos en la segunda vuelta de la elección presidencial chilena de enero del 2000 y la de Tabaré Vázquez, a la cabeza del Frente Amplio, en Uruguay en noviembre de 2004.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos

Durante este tiempo –la primera década del 2000– el boom de las exportaciones estaba en pleno auge y la pobreza disminuyó en toda la región a consecuencia del crecimiento económico generado por la plétora exportadora combinada con diversas políticas redistributivas. Para el año 2011 las estadísticas de la CEPAL reportan una disminución de 44 millones de pobres en comparación con la cifra del año 2002. En países como Argentina, Bolivia, Chile, Perú y Uruguay la pobreza se redujo a la mitad entre 2002 y 2012, mientras que en Venezuela caía el porcentaje de pobres de 49,4% en 1999 a 25,4% en 2012, es decir, durante el último año completo en que gobernó Hugo Chávez. También la distribución del ingreso se hizo más igualitaria y el coeficiente de Gini llegó a caer por debajo de 0,4 en Uruguay y Venezuela, lo que es algo muy inusual en la historia de América Latina.

La extraordinaria magnitud del auge exportador fue el motor de estos rápidos pero, como pronto se demostraría, frágiles progresos. Para dar nuevamente el ejemplo de Venezuela, se puede señalar que el valor de sus exportaciones se multiplicó 5,5 veces entre 1998, el año anterior a la llegada al poder de Hugo Chávez, y 2012. Esto implica que durante sus 14 años como presidente Chávez dispuso de un excedente de ingresos de más de 530.000 millones de dólares en comparación con el promedio de las entradas de las exportaciones petroleras venezolanas durante el decenio anterior a su Gobierno. Este fue el abundante maná del cielo que Chávez usó para consolidar su Gobierno cada vez más personalista y autoritario, así como para subsidiar a la decrépita economía de Cuba y propagar la doctrina chavista, el socialismo del siglo XXI, por toda Latinoamérica.

Luego vino la caída al abismo: el valor de las exportaciones venezolanas disminuyó un 75%, con 70.000 millones de dólares entre el año 2012 y el 2016. Pero esta caída y el consecuente desplome de la economía venezolana bajo el Gobierno de Nicolás Maduro no sólo se debieron a la reducción de los precios del petróleo. De igual importancia fue una gestión económica desastrosa que ha lastrado todos los sectores de la economía de Venezuela, incluyendo la producción de petróleo que hoy se encuentra en niveles paupérrimos. Entre las consecuencias más dramáticas del descalabro económico se cuentan miles de muertes perfectamente evitables, una pobreza que según las últimas estimaciones de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), realizada por tres prestigiosas universidades venezolanas, se ubica en torno al 90% de la población y una ola de emigración nunca antes vista en la región que ya supera el 10% de los habitantes del país y que según las Naciones Unidas llegaría a 5,3 millones de personas a fines de 2019.

Este fue el abundante maná del cielo que Chávez usó para consolidar su Gobierno cada vez más personalista y autoritario, así como para subsidiar a la decrépita economía de Cuba y propagar la doctrina chavista

La evolución en otros países latinoamericanos fue similar, pero sin llegar hasta los extremos de Venezuela. En el caso de Brasil, los ingresos generados por las exportaciones se multiplicaron 5,3 veces entre 1999 y 2011, para luego disminuir, entre 2011 y 2016, una tercera parte. Ello fue suficiente para conducir a Brasil a una grave crisis económica que redujo en 9% el ingreso per cápita en 2015-2016 y puso fin al largo ciclo de gobiernos del Partido dos Trabalhadores, que se extendió desde que Lula da Silva asume el poder el año 2003 hasta que Dilma Rousseff fue depuesta a mediados del 2016. En Argentina ocurrió algo similar y puso fin, en diciembre de 2015, a la larga era de los esposos Kirchner iniciada en 2003.

Otros líderes populistas de izquierda, como Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua –países que experimentaron auges exportadores comparables o superiores a lo ocurrido en Venezuela o Brasil– se han negado a dejar el poder ante una resistencia popular cada vez mayor y van en camino a convertir a sus países en dictaduras abiertas. En otro caso, el de Ecuador, la revuelta contra el autoritarismo populista de Rafael Correa vino desde el interior de su propio movimiento, la Alianza PAIS, y fue encabezado por el actual presidente Lenin Moreno, convirtiendo a Correa en prófugo de la justicia ecuatoriana por abuso de poder.

De esta triste manera, en medio de profundas crisis económicas, graves escándalos de corrupción y el surgimiento de dictaduras rampantes, terminó la vía democrática hacia el autoritarismo en la medida en que se agotó la capacidad de la izquierda populista de ganar elecciones mediante la distribución de dádivas generosamente financiadas por las exportaciones. La democracia ya no era útil y para conservar el poder y librarse de la cárcel a muchos sólo les quedaba la represión.

Primero viene la moral, luego la comida

La izquierda latinoamericana se encuentra hoy, con pocas excepciones, en el más profundo de los desprestigios. El reino de la abundancia y la justicia social que prometió se desvaneció cuando se agotaron los ingentes recursos de las exportaciones y ninguno de los grandes problemas de América Latina fue resuelto, sino muy por el contrario. Esto se refiere en especial a la fragilidad ya tradicional de sus instituciones, que ha sido uno de los grandes obstáculos para lograr un desarrollo sustentable. Se trata de lo más básico: el poder confiar en las autoridades, la existencia del Estado de derecho, la protección ante la criminalidad y la violencia.

Los grandes recursos generados por el boom exportador fueron usados, en medida significativa, para minar aún más un ya frágil Estado de derecho, desvirtuar las instituciones democráticas y abonar el surgimiento de enormes redes de corrupción y delincuencia.

Estas son las circunstancias que de manera determinante marcan en la actualidad el derrotero político de América Latina, generando una demanda cada vez más amplia por el restablecimiento de esos pilares esenciales de toda vida civilizada que son la legalidad y códigos decentes de conducta moral. Más y más latinoamericanos han entendido que las cosas son exactamente al revés de la famosa frase de Bertold Brecht en la Ópera de los tres centavos Erst kommt das Fressen, dann kommt die Moral«; «Primero viene la comida, luego la moral») y que primero viene la moral y después la comida. Sin respeto por las normas morales básicas ni por la ley, no hay comida sobre la mesa ni seguridad alguna de permanecer con vida. Ley y orden es hoy el grito popular más sentido al sur del Río Grande. No se trata en realidad de izquierda ni de derecha, sino de algo mucho más simple y vital: establecer los fundamentos de una vida civilizada.

Las recientes elecciones de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México (julio de 2018), de Jair Bolsonaro en Brasil (octubre de 2018) y de Nayib Bukele en El Salvador (febrero de 2019) han tratado de ello. La retórica ha podido ser de izquierda o de derecha, pero en todos estos casos sus grandes victorias han tenido un fondo común: una protesta masiva contra las élites corruptas y una demanda desesperada de protección ante la dramática escalada de violencia, ilegalidad y crimen que experimentan estos tres países. Los candidatos triunfantes han sido vistos como outsiders no contaminados por la corrupción existente y su gran promesa ha sido restablecer el orden y los fundamentos de la civilidad. Todo lo demás ha sido menos importante.

Las recientes elecciones de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México (julio de 2018), de Jair Bolsonaro en Brasil (octubre de 2018) y de Nayib Bukele en El Salvador (febrero de 2019) han tratado de ello

Por cierto, que no es la primera vez que un outsider llega al poder en América Latina a través de grandes victorias electorales y promesas de poner orden en la casa y terminar con la corrupción de las élites políticas o económicas. Se trata en realidad de ingredientes clásicos de la figura del líder populista: el presentarse como la verdadera voz del pueblo que se alza contra la élite egoísta y deshonesta. Es el caso, para sólo mencionar algunos ejemplos, de Juan Perón en Argentina en 1946, Alberto Fujimori en Perú en 1990, Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y Jimmy Morales en Guatemala en 2015.

Ahora, el resultado del ejercicio del poder de parte de estos outsiders no ha sido en absoluto alentador, tendiendo hacia un personalismo autoritario que ha dañado seriamente o simplemente ha hecho desaparecer la democracia. Al final, el remedio ha sido peor que la enfermedad y en los casos presentes nadie debería menospreciar el riesgo de que ocurriese algo semejante. Lo veremos con el tiempo, pero es indudable que América Latina está viviendo cada vez más en la era de la esperanza desesperada o, para decirlo de otra manera, en la era de la lotería electoral donde nadie sabe a ciencia cierta qué está eligiendo ni qué significará para el país.

De la ola populista de izquierda al tsunami de derecha

Lo más sorprendente en este contexto es el surgimiento, como reacción ante la devastación económica e institucional producida por la ola de la izquierda populista, de una derecha radical liderada por un outsider que aprendió a usar la retórica populista contra los populistas y que se maneja con total despreocupación por la corrección política imperante. Se trata del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que viene a darle una resonancia continental el estilo político de Donald Trump y que tendrá, dado el enorme peso de Brasil, una influencia decisiva sobre el futuro de América del Sur.

Lo que ha quedado en evidencia después de la desastrosa experiencia populista de izquierda es el total colapso de la superioridad moral y la legitimidad democrática que la izquierda latinoamericana logró como producto de la violencia y las violaciones de los derechos humanos de las dictaduras militares de derecha que imperaron en la región durante las décadas finales de la Guerra Fría. Ello es hoy historia. La farsa pro democracia y derechos humanos ha sido desenmascarada por la violencia dictatorial ejercida por los regímenes de izquierda en Venezuela y Nicaragua con la complicidad activa o pasiva de casi todo el resto de la izquierda latinoamericana. Hoy es evidente para todos que estaban contra la dictadura y contra las violaciones de los derechos humanos mientras no fuesen ellos mismos quienes ejerciesen la violencia en nombre del socialismo.

Más aún, los escándalos de corrupción que tienen a muchos de sus grandes líderes en la cárcel o a las puertas de la cárcel no hacen sino completar el cuadro de una debacle moral y política completa. Detrás de las máscaras de la retórica populista y las encendidas proclamas del Foro de Sao Paulo se escondía una multitud de tiranuelos y ladrones detestables. Se ganaron merecidamente el oprobio generalizado y sólo queda esperar que no causen aún más daño del que ya han causado y dejen a los pueblos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia vivir en libertad.

Al final del día, el resultado de la ola izquierdista parece ser una de esas astucias de la historia de las que nos habló Hegel que conducen a un resultado absolutamente opuesto a aquel que imaginaban sus protagonistas. En este caso, el legado más importante de la ola izquierdista iniciada por Hugo Chávez en 1998 puede terminar siendo un tsunami de magnitudes continentales de una nueva derecha radical.

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Mauricio Rojas es investigador de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad del Desarrollo y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso.

 

 

 

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