Democracia y PolíticaEconomía

Dos hurras por el capitalismo

Capitalism

A continuación, una interesante nota sobre el estado actual del debate sobre el capitalismo, del periodista y analista del New York Times, David Brooks. 

Se pueden leer, en primer lugar, la traducción al español, y luego el original en inglés, publicado en el New York Times.

Marcelino Miyares/Marcos Villasmil: América 2.1

———————————————————————

Nos dirigimos con claridad hacia otro gran debate sobre la naturaleza del capitalismo. Los críticos contemporáneos del mismo son cada vez más audaces y más rigurosos intelectualmente. Las quejas y discusiones están brotando en todas partes.

Por ejemplo, esta semana asistí al “Aspen Action Forum”, una reunión de jóvenes líderes de negocios y de oenegés, escogidos por sus acciones a favor del cambio social. Mi amigo y colega del Times, Anand Giridharadas, fue responsable del discurso principal, que encrespó algunas aguas, recibió una ovación de pie, y ha generado comentarios en la gente.

Anand destacó que se ha desarrollado un áspero protocolo entre funcionarios y buscadores de fondos de organizaciones sin ánimo de lucro. Los ricos deben ser alabados por el bien que hacen con su filantropía, pero nunca deben ser cuestionados por el daño causado por sus negocios. “Los bordes ásperos del capitalismo deben ser lijados, y los frutos excedentes compartidos, pero el sistema subyacente NUNCA debe ser criticado,” afirmó.

Anand llegó a sugerir que en estos días de creciente desigualdad en los ingresos, este enfoque ya no es suficiente. “A veces me pregunto”, señaló, “si estas diversas formas de retribución, de dar algo a cambio, son para nuestra era lo que las indulgencias papales eran en la Edad Media: una manera relativamente barata de colocarse del lado correcto de la justicia, sin tener que alterar los aspectos fundamentales de nuestra vida.”

Los ganadores de nuestra era, continuó Anand, pueden estar ayudando a la sociedad con sus fundaciones, pero en sus negocios, que constituyen la principal ocupación de sus vidas, están haciendo mucho daño. En primer lugar, están usando su músculo político y financiero para que se promulguen políticas que los ayuden a “acumular, proteger y disponer del dinero.”

En segundo lugar, ellos descargan los riesgos y la volatilidad sobre los trabajadores. Los dueños de Uber gozan de mucha seguridad pero niegan toda responsabilidad por “las vidas, la salud y el deseo de avanzar profesionalmente” de sus trabajadores.

En tercer lugar, los propietarios del capital están cada vez más alejados de sus comunidades. “En el pasado, si el presidente de una compañía repentinamente eliminaba los beneficios de las pensiones de sus trabajadores, uno sabía a quién dirigirse para quejarse. Hoy, puede ser que quien exija el cambio sea una muy invisible compañía de fondos de capital privado.” La virtualización de la propiedad aísla a los privilegiados de las “devastadoras consecuencias” de sus decisiones.

Las palabras de Anand me impactaron por su profundo patriotismo, su pasión y su angustia. Él no ofreció una agenda de acciones para enfrentar estos graves problemas estructurales, pero su descripción de ellos implica que el gobierno debería estar mucho más involucrado que nunca en la gobernanza corporativa y en las decisiones de inversión del sector privado.

De hecho, algunos economistas progresistas ya están transitando este camino. La nueva propuesta impositiva de Hillary Clinton se basa en la hipótesis de que los funcionarios gubernamentales son lo suficientemente inteligentes para aconsejar a los inversionistas sobre cómo deberían programar sus inversiones. Asimismo, sus propuestas de gobernanza corporativa descansan en la idea de que dichos funcionarios conocen, mejor que los ejecutivos, la manera en que deberían dirigir sus empresas. Habrá mucho más de esto en el futuro cercano.

Esto último me parece que constituye una desviación en relación con el progresismo conocido. En el pasado reciente los progresistas defendían una mínima redistribución con el fin de financiar el desarrollo de capital humano: educación infantil temprana, excedencia infantil y familiar, mejores universidades comunitarias.

Pero la nueva corriente de pensamiento implica que no es suficiente darle a la gente acceso al capitalismo y facilitarles redes de seguridad. El sistema subyacente tiene que ser reconfigurado.

Esto constituye un debate mayor.

Las personas como yo afirmarán que es un giro equivocado. En primer lugar, no es cierto que los planificadores gubernamentales son lo suficientemente inteligentes para planificar sistemas complejos de la manera que se propugna. La belleza del capitalismo es que juzga con dureza la razón humana. Ningún grupo de expertos es tan inteligente como para ser capaz de distribuir los recursos de una sociedad de forma apropiada. El capitalismo configura un sistema de descubrimiento, de hallazgo, mientras seres humanos distintos compiten y se adaptan en función de las señales del mercado. Aspirar a que planificadores tecnocráticos organicen los mercados de inversión, o la gobernanza interna de los negocios, lo único que logrará son perversiones y rigideces que empeorarán las cosas.

En segundo término, el intento de domar el mercado terminaría sofocándolo. Todos sabemos que la destrucción creativa del capitalismo puede ser dura. Pero en las últimas décadas, una versión irregular del capitalismo global, en lugares tan distintos como China o Nigeria, ha originado la más grande reducción de pobreza en la historia de la humanidad. El estilo fluido del capitalismo norteamericano atrae inmigrantes talentosos y motivados y crea amplias oleadas de innovación tecnológica. Este dinamismo está siempre en peligro de ser sofocado por planificadores que piensan que pueden domarlo, y por élites gobernantes que quieren manipularlo. No deberíamos darlo por sentado.

El futuro debate sobre el capitalismo será entre quienes exigen reestructurar el sistema subyacente y quienes desean ayudar a las personas a sacar provecho de la dura intensidad del sistema. Será entre individuos que piensan que usted necesita un gobierno fuerte para derrotar a la oligarquía, y los que piensan que lo que usted necesita es una competencia abierta.

Va a ser un debate entretenido.

 

Traducción: Marcos Villasmil

———————————————————-

LA VERSIÓN INGLESA:

Two Cheers for capitalism

David Brooks

We are clearly heading toward another great debate about the nature of capitalism. Contemporary capitalism’s critics are becoming both bolder and more intellectually rigorous. Protests and discussions are sprouting up all over the place.

For example, this week I was attending the Aspen Action Forum, a gathering of young business and NGO leaders selected because of their work for social change. My friend and Times colleague Anand Giridharadas delivered a courageous and provocative keynote address that ruffled some feathers, earned a standing ovation and has had people talking ever since.

Anand argued that a rough etiquette has developed among those who work in and raise money for nonprofits. The rich are to be praised for the good they do with their philanthropy, but they are never to be challenged for the harm they do in their businesses. “Capitalism’s rough edges must be sanded and its surplus fruit shared, but the underlying system must NEVER be questioned,” he said.

The winners of our age, he continued, may be helping society with their foundations, but in their business enterprises, the main occupation of their life, they are doing serious harm. First they are using political and financial muscle to enact policies that help them “stack up, protect and bequeath the money.”

Second, they offload risks and volatility onto workers. Uber’s owners have a lot of security but they deny any responsibility for their workers’ “lives, health, desire for career growth.”

Third, the owners of capital are increasingly remote from their communities. “In the old days, if a company C.E.O. suddenly dumped the defined-benefits pension, you knew who to go see to complain. Today it may be an unseen private equity fund that lobbies for the change.” The virtualization of ownership insulates the privileged from the “devastating consequences” of their decisions.

Anand’s speech struck me as deeply patriotic in its passion and concern. He didn’t offer a policy agenda to address these deep structural problems, but his description of them implied that government would have to get much more heavily involved in corporate governance and private-sector investment decisions than ever before.

Indeed, progressive economists are already walking down this path. Hillary Clinton’s new tax plan is based on the assumption that government officials are smart enough to tell investors how they should time their investments. Her corporate governance proposals are based on the idea that federal officials know better than executives how they should run their own companies. There will be much more of this in years to come.

This strikes me as a departure from recent progressivism. In the recent past progressives have argued for a little redistribution to fund human capital development: early childhood education, child and family leave, better community colleges.

This is a bigger debate.

People like me will argue that it’s a wrong turn. First, government planners are not smart enough to plan complex systems in this way. The beauty of capitalism is that it takes a dim view of human reason. No group of experts is smart enough to allocate the resources of society well. Capitalism sets up a system of discovery as different people compete and adapt in accordance with market signals. If you try to get technocratic planners organizing investment markets or internal business governance, you will wind up with perversities and rigidities that will make everything worse.

Second, the attempt to tame the market will end up stultifying it. Everybody knows that capitalism’s creative destruction can be rough. But over the last few decades, a ragged version of global capitalism in places ranging from China to Nigeria has brought about the greatest reduction in poverty in human history. America’s fluid style of capitalism attracts driven and talented immigrants and creates vast waves of technological innovation. This dynamism is always in danger of being stultified by planners who think they can tame it and by governing elites who want to rig it. We should not take it for granted.

The coming debate about capitalism will be between those who want to restructure the underlying system and those who want to help people take advantage of its rough intensity. It will be between people who think you need strong government to defeat oligarchy and those who think you need open competition.

This will be fun.

Botón volver arriba