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Argentina: «¡Elecciones ya!»

1280px-2011_Major_League_Baseball_All-Star_Game_pregame_HDRPara un fanático latinoamericano del béisbol el mes de octubre consiste fundamentalmente en ver los juegos de la postemporada de Grandes Ligas (series de campeonato de las dos ligas, y luego la serie mundial), y el comienzo de la pelota de invierno, en mi caso la de Venezuela. Mejor que mejor, DirecTV transmite todos los juegos del Norte y al menos un juego diario del béisbol criollo.

Un detalle del béisbol es que cada juego posee una serie de interrupciones reglamentarias, en las cuales se produce el paso de cada equipo de la ofensiva a la defensiva. Y tales cambios ofrecen en televisión y radio al menos 18 espacios para publicidad por cada juego; y si el juego se extiende, no hay límites previstos.

Normalmente son spots publicitarios adaptados a un presumible fanático típico: carros deportivos, viajes de placer, bancos que te convierten en millonario apenas pisar su entrada, desodorantes que compiten por ver cuál, gracias a una magia digna de genio de botella, te hace más macho. Pero este octubre nada de chicas en autos italianos o alemanes, nada de viajes al Caribe o Nueva York. No señor, en su lugar nos hemos encontrado una auténtica peste medieval que ha infectado las pantallas de la TV latinoamericana que transmite deportes. Esa plaga es la publicidad de los diversos candidatos a la presidencia argentina.

 Lo peor es que no son dos, sino un variado grupo de aspirantes –para terror de un amigo desesperado, perdido entre tantos nombres, siglas, colores y listas (lista 132, lista 438, etc., algo al parecer muy usado en el cono sur)-. Por lo que he visto los candidatos son, en primer lugar, un viejito de traje y corbata (que me hace recordar a los notarios que destaca Jacques Brel en su inolvidable canción “Los burgueses”) que nos alecciona sobre las razones por las cuales con él la cosa por fin se va a arreglar, ya que es el nuevo mesías de las pampas (un tal Rodríguez Saá). La publicidad tiene un tufo naftalínico, como del siglo pasado. Mal comienza la cosa. Pasemos el mal rato viendo y oyendo a Jacques Brel interpretar ‘Los Burgueses:»

 

 

Ya con ese primer ejemplo sería suficiente, pero resulta que es apenas el abreboca a un espectáculo de circo político en decadencia, donde los leones se murieron y solo los trapecistas hacen lo que pueden para salvar la faena, con una horrorosa falta de originalidad y de creatividad. Sigamos adelante: otro spot nos muestra a una pareja: candidato a presidente él, vicepresidente ella (salvo una señora de apellido poco común, Stolbizer, todas las chicas que aparecen van de vice). Evidentemente de izquierda, este dúo dinámico del socialismo científico se mete un autogol con una promesa absolutamente idiota: rebajar los sueldos de los parlamentarios y equipararlos a los de los maestros. Es decir, castigar a los ediles, poniéndolos a ganar la miseria que ganan los educadores. Confieso que nunca había visto a unos socialistas más sinceros; la suya, es una de las confesiones más rampantes de igualación hacia abajo que se haya hecho en la política latinoamericana. Nada de proponer, por ejemplo, lo contrario: que los educadores tengan el nivel de vida de un parlamentario. Al revés. Que todos coman cable, para decirlo en criollo.

Luego, nuestra peculiar aventura turística en desiertos publicitarios argentinos sigue con un señor elegante en su traje y corbata, con apellido de corredor de Fórmula 1, Massa, que sale acompañado por unos individuos –todos adultos muuuy mayores- de pinta burguesamente respetable, sus supuestos futuros ministros. Las lucubraciones de todos estos egregios cerebros patrios dan sólo para ofrecer una “república más federal; derrotar los desafíos económicos, que son grandes (¡¡!!); un país unido y mejor y, como lema, “las propuestas son el cambio.” (¿No sería más aconsejable que cambiaran las propuestas?).

 La señora de apellido extranjero tiene una cuña en que pide votar por una obviedad: por lo que uno cree. ¿Su lema? “el voto ganado.” Más bien parecería “el votante tratado como ganado.” Un ganado en estado de Alzheimer terminal.

 Es hora de mencionar a los dos caballos favoritos de las apuestas: Scioli y Macri. Ellos tienen más publicidad, es decir, más dinero, más recursos. Igual no mejora el enfermo. La oferta sigue siendo gris, poco original.

Mauricio Macri casi nunca aparece de traje y corbata. Aparece en reuniones pequeñas, suerte de conversatorios electorales. Posee una característica esencial de la mayoría de los políticos latinoamericanos de hoy: sustituye la retórica y la oratoria por la conversa. No busca convencer, motivar, persuadir, deleitar o emocionar, sino informar, reportar. Al no generar emoción, no hay real contacto social en el nivel del discurso, en el encuentro privado, personal, entre el político y el ciudadano. Sería recomendable – nunca es tarde para aprender en política- que todos se dieran un paseo por alguno de los discursos de Sir Winston Churchill. Aquí, un breve extracto de su discurso «Their Finest Hour»:

 

 

Algunos dicen que Daniel Scioli es una marioneta de la Kirchner; no lo creo: si algo tiene el peronismo es una gran capacidad para mantenerse en el imaginario ciudadano no cambiando su mensaje de fondo, sino simplemente el mensajero. Una variante gattopardiana basada no en cambiar las cosas para que queden los mismos jefes, sino cambiar los jefes para que las cosas sigan igual, cuesta abajo en la rodada, como dice el tango aquel. Scioli, el representante de turno de las eternas y cada vez más rancias esencias del mensaje de Perón, Scioli el futuro presidente –según los entendidos- propone que “sigamos construyendo a partir de lo construido”, así como que ‘hay que profundizar lo que tengamos que profundizar y cambiar lo que haya que cambiar”, prometiendo “una victoria de todos.” Como buen populista afirma sin que se afecte el tensiómetro que “desarrollar es dar” , y que “el nacimiento del peronismo es la justicia social.” Obviamente, ofrece «pleno empleo.» Ejemplo publicitario de su campaña:

 

 

Pero cuando la saca del estadio es con esta auténtica, genial, perla: “la familia es el pilar básico de la sociedad.” Si alguien no lo sabía, entérese. En íntima sintonía con su propuesta de profundización de su atención a lo familiar afirma: “cuidaré especialmente a las mujeres, los chicos y los adultos mayores.” Los asesores extranjeros, si los tiene, deben morirse de risa apenas llegan a su habitación del hotel. Nunca se habían encontrado un trabajo más fácil.

En suma: los candidatos y sus cuñas publicitarias son un material formidable para un gran especial de un programa cómico estilo Saturday Night Live, con Mike Myers haciendo de Macri, Amy Poehler como la Stolbizer, Seth Meyer y Kate McKinnon como los izquierdistas, Billy Crystal como Scioli y el debut como actor del creador de SNL, Lorne Michaels, en el papel del viejo notario Rodríguez Saá.

¿Qué tienen todos los candidatos –muy acartonadamente serios, muy políticamente correctos- en común? Que sus presupuestos de publicidad en TV son unos reales perdidos. Y encima los gastan en extranjeros fanáticos de un deporte, el béisbol, que en Argentina si acaso lo juegan los funcionarios de la embajada gringa, con sus pares cubanos –la nueva entente en acción-, japoneses, coreanos del sur, canadienses, venezolanos, dominicanos o mexicanos.

En suma: todo un carrusel de promesas y más promesas, como las que la política latinoamericana viene ofreciendo desde tiempos inmemoriales, siempre tropezando con ese muro inconmovible que es la realidad. Si se produce el triunfo de Scioli será también en buena medida porque la oposición tiene muchos años practicando, incansable, ese particular harakiri político llamado división. En su ya acostumbrada liturgia, ofrece un buen grupo de candidatos tan prescindibles como olvidables. Mientras, el pobre Macri, el único con algún chance frente al candidato ungido por el «Peronismo Inc.«, sufriendo. ¿Y qué ha hecho entonces el hombre? Pues lo que haría un peronista ortodoxo: inauguró el pasado 8 de octubre una estatua de Juan Domingo Perón. ¡Así se hace oposición!! 

Uno, hasta cierto punto, lo comprende. Desde 1946, de las elecciones en que el peronismo ha participado, ha ganado 9 y sólo ha perdido 2. Como nos recuerda una nota reciente en The Economist, el peronismo se define por el poder como fin en sí mismo, no por alguna ideología con parámetros claros. Es un mondongo originalísimo de emociones y de una cierta praxis, de tanto éxito que hasta ha sido producto de exportación. Y las divisiones propias no le afectan: en las últimas cuatro elecciones presidenciales ha habido al menos 2 candidatos peronistas -en la actual, están Scioli, Massa y habrá que pedirle a Macri que se defina, luego del asunto de la estatua ¿acaso un peronista light?-

Una buena medida de lo que pensaba Perón de su pueblo es esta afirmación: «Las masas no piensan, las masas sienten, y sus reacciones son más o menos intuitivas y organizadas. ¿Quién genera esas reacciones? Su líder.» 

¿Qué sentimientos generan todos estos aspirantes a la Casa Rosada? Estupor, asombro, ganas de reír. Hasta el izquierdista parece un candidato del statu quo. Todos estos señores se comportan como políticos peronistas: una diferencia es que algunos lo reconocen, lo asumen, y otros no, pero, cuales cerdos al final de “Animal Farm”, de George Orwell, todos estos representantes de la avinagrada cosecha 2015 son idénticos en su superficialidad, demagogia y populismo. Cada uno intentando vender su versión pedestre de una epopeya tercermundista, de un nuevo milagro peronista. No llores por ellos, Argentina. 

En palabras escritas por Tomás Eloy Martínez, en uno de sus últimos artículos: «Nada se ha empobrecido tanto en la Argentina como la imaginación de sus políticos.»

Un ruego final de parte de los fanáticos del béisbol a la junta electoral (o como se llame) argentina: ¡Por favor, adelanten las elecciones, al menos unos días! Total, al parecer ya ganó Scioli. Y así podremos ver los juegos de pelota en paz.

Y ustedes, candidatos, sincérense: cambien la publicidad y transmitan simplemente su versión preferida del mejor retrato de la realidad de su país (y, en buena medida, de la latinoamericana): el tango Cambalache” (de 1934, escrito por alguien que tuvo sus rollos con el peronismo, Enrique Santos Discépolo, «Discepolín».) Oigamos, para finalizar en onda de recuerdo, la versión del gran Julio Sosa:

 

 

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