CorrupciónDemocracia y PolíticaÉtica y MoralPolíticaViolencia

La verdadera naturaleza del poder, por Ignacio Camacho

Puzo y Coppola se inspiraron en la concepción trágica shakespereana para elaborar una metáfora del poder a través de los códigos de la Mafia. Hay todo un manual estratégico en 'El Padrino'. De la literatura al cine, y de ahí a la realidad cotidiana de la política

La verdadera naturaleza del poder, por Ignacio Camacho

 

Cuando a Luc Ferry, el filósofo francés que sirvió como ministro de Educación del presidente Chirac —y que prohibió el velo musulmán en las escuelas—, le preguntaban cómo había sido su paso por el poder, solía contestar que lo primero que había comprobado cuando llegó al puesto era que allí no estaba el poder. «Allí estaba el Presupuesto, que no es lo mismo», decía. Tenía coche oficial, se le cuadraban los guardias —no siempre— y disponía de palco en el teatro, pero el poder de verdad, el de las decisiones finales, estaba en otro lado. Quizá en la Presidencia de esa monarquía sin corona que es Francia, en el maletín nuclear, en algún o algunos consejos de administración de empresas estratégicas, en las manos de los gurúes que cada vez acaparan mayor influencia sobre la estructura del Estado.

El poder es dominancia, mandar y ser obedecido, a ser posible, sin intermediarios. Y un ministro es, por antonomasia, un simple delegado de quien le pone en el cargo. Un administrador, un fusible, un pretoriano.

La historia de la democracia es un intento de quitarle poder al poder, de minimizar sus excesos a través de un mecanismo complejo de controles

Por definición, el poder no se comparte ni se delega; es personal, acaparador, exclusivo, autoritario. La historia de la democracia es un intento de quitarle poder al poder, de minimizar sus excesos a través de un mecanismo complejo de controles, equilibrios y contrapesos. El pesimismo histórico sostiene que el esfuerzo resulta incompleto, aunque no haya sido mal invento el de la creación de un titular colectivo que los constituyentes americanos bautizaron como «nosotros, el pueblo». Ese sujeto comunitario de la soberanía, cuya voluntad se expresa mediante el voto, sirve para legitimar el poder pero raramente logra embridarlo. En la mayoría de los casos hay que conformarse con la confianza en que el sistema funcione con la suficiente transparencia para que los ciudadanos puedan sentirse partícipes, siquiera remotos, de los asuntos de Estado.

La soledad

«El poder consiste en saber que el tuyo es el último teléfono que suena», sentenció Felipe González. El mito de la soledad del poder, el vacío insondable de la habitación oscura donde un hombre debe afrontar sin contar con nadie la más decisiva de las responsabilidades. Al final, en efecto, es así: la última palabra, el sí o el no, el manejo de los tiempos, el veredicto de los pulgares. La paz o la guerra, el confinamiento o la libertad, la quiebra o el rescate, quizá más modesta y frecuentemente los impuestos altos o bajos, la inversión en sanidad o en transporte, el pago de la deuda o el gasto en derramas subvencionales. El vértigo de sentir que la opinión propia, sea valiente o cobarde, prudente o audaz, es la única que vale.

Hay funcionarios del poder, como Angela Merkel, grises, sensatos y en general eficaces. Hay aventureros populistas como Trump o narcisistas fatuos como Sánchez. Hay chisgarabíes insolventes como Cameron, dogmáticos férreos y brillantes como Thatcher, monstruos macbethianos como Putin, autócratas mediocres como Franco, tribunos carismáticos como Obama, zorros tortuosos como Mitterrand, tiranos iluminados y crueles como Castro. Hay tipos capaces de construir, como el chino Xi, un hiperliderazgo personal sobre la estructura hueca de un enorme aparato orgánico. Ningún método ni estilo garantizan el éxito ni el fracaso, pero hay un lazo común entre todos ellos y es la voluntad hegemónica, la determinación para ejercer sin contemplaciones el mando, sea en un marco constitucional o tiránico. El poder como destino, como apego, como instinto innato, como tentación invencible, como estímulo automático.

Héroes del teatro

Durante mucho tiempo, la doctrina de Maquiavelo representó el canon del pragmatismo cínico, un modelo profusamente adaptado incluso al ejercicio político contemporáneo. Pero es Shakespeare quien retuerce el torturado dramatismo de los héroes del teatro griego clásico para presentar un poder descarnado, cenital, convertido en una pasión indomable que justifica delitos y pecados, desde el incesto al perjurio, desde la traición al asesinato. En esa concepción desoladora, lúgubre y macabra, se inspiraron Mario Puzo y Francis Ford Coppola para crear una parábola neoshakespereana alrededor de personajes de una turbiedad hosca, desaprensiva, descarnada: los ‘capos’ de la Mafia italiana en la Nueva York de posguerra, un micromundo dominado por el código impune de la violencia.

La popularidad de la novela y de la trilogía cinematográfica, ejecutadas con el pulso magnético de las obras maestras, han convertido a ‘El Padrino’ en una suerte de manual de estrategia cuyas lecciones —«quien perdona una deslealtad siempre estará en peligro», «nunca dejes traslucir lo que piensas»— constituyen un vademécum perfectamente vigente en la política moderna.

Personajes de una turbiedad hosca, desaprensiva, descarnada: los ‘capos’ de la Mafia italiana en la Nueva York de posguerra

Así, el politólogo chileno Alberto Mayol ha recopilado por su cuenta ‘Las 50 leyes del poder en El Padrino’ (Arpa), un prontuario de pautas que reflejan el concepto de la autoridad o del caudillaje al que los poderosos se aferran para garantizarse la supervivencia. Para Mayol -como para la saga Corleone- no hay otro poder que el duro, el que se ejerce sin remilgos de conciencia, con mano de hierro y reserva hermética. El ‘soft power’ es otra cosa, más bien relacionada con la influencia; el poder puro salta límites, destruye barreras, arrasa resistencias. Incluso cuando es de origen democrático, tiende a encontrar atajos para establecer las reglas bajo las que deben regirse personas, instituciones o empresas, si es preciso, amañando decisiones bajo cuerda. De ahí su relación con la corrupción -«el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente», escribió Lord Acton- como una inevitable secuela de su lógica interna.

El verdadero poder es opaco, desconfiado, conspirativo, paranoico, implacable, incompatible con la ética de la transparencia, y urde sus dictados en el silencio solitario de una trastienda. Los códigos de gobernanza propios de la posmodernidad política resultan meras superestructuras irrelevantes, maquillajes para edulcorar la apariencia de una supremacía verdadera que sólo puede imponer respeto mediante el ejercicio más o menos camuflado de la fuerza.

Arquitectura frágil

La gran metáfora de ‘El padrino’ es la de la cabeza de caballo entre las sábanas. El poder como amenaza. La de Macbeth y Hamlet, la sombra de los fantasmas que vuelven del pasado reclamando venganza. El poder como obsesión, como culpa, como remordimiento escondido en los pliegues de un alma atormentada. Entre ellas hay un cosmos completo de referencias literarias que exploran la psicopatología de la soberbia humana.

Antes era más fácil: la mayoría obedecía y unos pocos mandaban manejando los hilos de una trama a menudo trágica. Lo complicado es descifrar los sombríos mecanismos que tratan de convertir en farsa la delicada, frágil, idealista arquitectura simbólica y moral de la democracia.

 

 

Botón volver arriba