Karina Sainz Borgo: Un verano con… Nabokov
Es el depredador por excelencia, el bañista irreprochable en su elegancia y sádico en sus desenlaces

La estación estival forma parte de sus novelas más representativas.
El verano de Nabokov es depredador. Alguien se mueve y otro vigila. Alguien está a la caza o resulta atrapado, ya sea en la malla de una red, la emboscada de una obsesión ajena o el absoluto descalabro de una tragedia propia. Desde los recuerdos de la finca familiar de Vyra, en Rusia, antes de la Revolución, donde Nabokov evoca aquellas estampas de caza de mariposas, excursiones al campo y la nostalgia de la infancia, hasta ese verano berlinés de ‘Risa en la oscuridad’, con su luz cegadora que contrasta con la progresiva ceguera y ruina del protagonista. El verano es absoluto, va desde el despertar vital hasta la insolación de los sentidos. El estío en Ardis, la finca campestre de ‘Ada y el ardor’, durante la adolescencia de los jóvenes Ada y Van, recreación absoluta de la metamorfosis, hasta el cadalso de ‘Lolita’. Durante el primer viaje por carretera, Humbert Humbert describe cómo él y Lolita, la nínfula, atraviesan Estados Unidos en pleno verano. Aparecen imágenes de moteles con piscinas al aire libre, carreteras polvorientas, parques nacionales abarrotados por turistas estivales, y la sensación de un calor continuo que acompaña tanto la vitalidad juvenil de Lolita como la obsesión de Humbert. Dolores Haze es, en parte, un espejismo y un estropicio. La ecuación de su maestría literaria radica en el principal elemento estival: el ensañamiento humano. Nabokov aniquila a sus criaturas con precisión y técnica. Las clava sobre una página en blanco, como si de mariposas se tratara. Eso es bastante parecido a lo que hace el estío con sus habitantes: cocerlos lentamente en el jugo de su hastío y evaporar la realidad hasta dejarla en la mera evidencia de la insatisfacción. Hay que moverse a una isla griega para descubrir el estercolero propio. Esa crueldad bellamente puesta en escena es muy de Vlad. Le viene de lejos su capacidad de atrapar y estudiar ambas cosas, los insectos y las palabras. A los 7 años de edad se topó con un grueso volumen, ‘Natural History of British Buterffllies and Mohts’, y desde entonces salió a la vida con una red que le permitiera capturar lo hermoso y lo aéreo.
Nabokov no era un dechado de virtudes, pero sí un virtuoso. «Mis aversiones son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música dulzona. Mis placeres, los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas», dijo en una entrevista (retocada, según Rodrigo Fresán) que forma parte de ‘Opiniones contundentes’ (Anagrama), un volumen que reúne lo más viperino del ya bífido escritor. Un conjunto de textos fechados entre 1962 y 1972, desde artículos que delatan su megalomanía hasta las cartas al director que enviaba a medios como ‘The London Times’ o ‘The New York Times Book Review’. Limitar a Nabokov a sus mezquindades equivaldría a conformarse con los fuegos artificiales en la quema de Roma. El problema, claro, es que en los rasgos más irritantes de su personalidad hay también brillantez y perfección. Por una sencilla razón: su uso del lenguaje. «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño», dijo de sí mismo. Nabokov construye las frases más contundentes con la menor cantidad de recursos y sin desperdiciar nada. Es el depredador por excelencia, el bañista irreprochable en su elegancia y sádico en sus desenlaces. El ruso es puro verano. Puro ardor. Pura e indetenible tragedia. Hay sadismo y belleza en su escritura. Y no por aquella ninfa que persiguieron conservadores primero y progresistas después. No es Lolita el gradiente más importante en la obra de un dios virtuoso y despótico.