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Otra vez Bardem con su hipocresía

Cómo olvidar cuando criticó a Christopher Nolan que rodara en el Sáhara pero se calló como un muerto el día que Sánchez dio un giro a nuestra política exterior echándose en brazos de Marruecos

Javier Bardem, sobre Penélope Cruz y sus hijos juntos: "El embarazo no fue tan malo, lo peor fue la depresión posterior”

Pedro Sánchez y Javier Bardem tienen algunas cosas en común: son dos buenos actores, mienten más que parlan (y no paran de arengar), ambos se recorren el mundo en potentes aviones –del Estado, en un caso, y en jet privado, en el otro– pero son los más campanudos en la lucha contra la huella de carbono y la emergencia climática y, aunque reniegan en sus discursos públicos de los privilegios de «los ricos», viven y veranean en palacios o mansiones que cuestan –nos cuentan, si hablamos de Sánchez– un pastizal. Los dos tienen la cara de cemento armado: han tomado la medida a los panolis de la izquierda que les siguen, y les mienten con mensajes proletarios mientras viven como pachás. Estos gandhis de pacotilla se han autotitulado líderes de masas para propagar una semilla antisemita, levantar la bandera palestina –como si eso solucionara un problema que pervive desde hace tres cuartos de siglo– y repartir su bazofia cargada de hipocresía y medias verdades.

Echábamos en falta al ganador del Óscar que, de yate en yate, no ha descansado este verano. Pero siempre hay tiempo para que un desheredado de la tierra se calce el mono de obrero y nos oriente sobre cómo luchar contra la desigualdad mientras se hace el indignado contra Israel. En un buen inglés –un inglés de Valdelagua forjado en Hollywood– ha dicho que las fuerzas armadas de ese país son «nazis»: todo esto en un manifiesto acompañado de 400 actores del mundo. No seré yo quien defienda la desproporción de Netanyahu en la respuesta al ataque terrorista del 7 de octubre; desmesura que le ha restado legitimidad a su estrategia contra los terroristas de Hamás, que es tanto como decir, contra la sangrienta dictadura de Irán.

La periodista israelí Gaby Keselman le dedicó hace unos meses un vídeo al brillante actor, donde desenmascaraba su hipocresía. Más de 350 días después del ataque del 7 de octubre, esta informadora le recordaba que fue Hamás el que inició esta tragedia, secuestró a 250 personas, y mató a 1.400; que es Hamás el que gobierna Gaza, y que cometió la peor masacre desde el Holocausto. «Claro que es terrible lo que está pasando, Bardem –apuntó Gaby–, pero es terrible lo que hizo el grupo terrorista, que usa a los palestinos de escudos humanos» y le mostró fotos de los niños asesinados o las violaciones de mujeres israelíes. Le reprochó que es un fanático que omite quién empezó todo esto. Le conminó a que se preocupara, por ejemplo, de las mujeres de Irán o de las de Afganistán. Del marido de Penélope solo quedaron despojos tras el despiece de tanta verdad encadenada.

Bueno, quedó de Javier lo justo para volver al cinismo tradicional. Es curioso que estos gurús de piscina climatizada solo pontifiquen en las democracias occidentales, donde viven de maravilla. Critican el capitalismo y nos quieren devolver al trueque, pero solo aquí, y siempre que queden a salvo sus ahorrillos. Defiende la sanidad pública y acuden a hospitales privados a dar a luz o curarse sus enfermedades. Cómo olvidar cuando el intérprete de Huevos de oro afeó a Christopher Nolan que rodara en el Sáhara y se calló como un muerto el día que Pedro Sánchez dio un giro a nuestra política internacional echándose en brazos de Marruecos.

Claro que es libre el actor madrileño de decir lo que quiera. Pero que cuente todo. Que ponga contexto a sus sermones. Cuando hable del cambio climático que emita vídeos de sus coches de alta gama contaminantes y reproduzca los anuncios en los que su mujer anuncia cruceros o perfumes con vaporizadores que no ayudan al medio ambiente. La lógica crítica al Gobierno de Tel-Aviv resulta una mofa al sentido común en boca de Bardem. O de Sánchez. Tal para cual.

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