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Amor, dinero y otras desgracias

«Hay una confesión que escucho cada vez más: ya solo salgo con gente de mi rango salarial»

                                                   Una escena de ‘Materialistas’

Ya se sabe que los aniversarios de pareja son días peligrosos en los que uno tiene que salir a empatar, como cuando conoce a sus suegros. En ‘Materialistas’, los protagonistas van camino de un restaurante caro de Nueva York a celebrar sus años juntos y llegan tarde porque él no quiere dejar el coche en un parking de pago. «¿Veinte dólares por cuarenta minutos? ¿Qué clase de matemáticas son esas?», protesta. La escena sigue con ella bajándose del coche indignada y termina con un diálogo triste que solo es bello porque estamos en el cine.

—No quiero odiarte porque seas pobre, pero ahora mismo lo hago y eso me hace odiarme a mí misma.

—¿Sabes lo difícil que es hacerte feliz? Y yo quiero que seas feliz. Lo estoy intentando. De verdad.

—Lo sé. Y eso es casi suficiente para hacerme feliz. Ojalá no me importara que comiéramos en un ‘food truck’ halal en nuestro quinto aniversario, pero me importa. Y por mucho que me odies, te prometo que yo me odio más a mí misma.

Es una de esas confesiones que me parecían inconcebibles antes de los treinta, y que ahora escucho cada vez más: ya solo salgo con gente de mi rango salarial.

—¿Por qué?

—Para evitarme discusiones.

En la película de Celine Song se habla constantemente de dinero y de amor. La directora, como la protagonista de su historia, trabajó en su día como ‘matchmaker‘ (otra forma de decir casamentera), y ahí aprendió cálculo romántico, una ciencia que trabaja con cuatro variables: altura, peso, ingresos, edad. No hay mucho más en esas latitudes. Y aunque parece una exageración, cada vez más gente se junta así, en una suerte de matrimonios de interés actualizados al siglo XXI: no buscan el amor, sino un socio, o socia, para crecer en la vida, y no quieren llevarse sustos por el camino. Hay una aplicación de citas, Raya, que asegura el alto estatus de sus usuarios, y del mismo modo hay un Tinder para católicos, y también islas que son como colegios privados, y barrios que tienen vocación de isla, con sus cafés de especialidad y sus bares supuestamente clandestinos y sus pisos siempre por encima del millón de euros. Todo está pensado para que el éxito siga llamando al éxito, sin riesgos, y así, me temo, el mundo se nos está volviendo un poco más aburrido, más igual, más predecible.

Hay quien ha acusado a Song de hacer propaganda de los hombres sin dinero: en estas estamos. Menos mal que todavía hay gente que cree que hay cosas más importantes que el dinero y que la vida. Me acuerdo de aquella mujer que después de una operación para extirparle un cáncer perdió la capacidad de tener orgasmos. Aún dice: «El médico me salvó la vida, pero me la arruinó».

 

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