Jasiel-Paris Álvarez: La izquierda pluri-nazi-onal
«Los mismos que lanzaron la ‘alerta antifascista’ son hoy cómplices (colaboracionistas, se decía antiguamente) de un programa abiertamente filonazi»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Los sucesivos fracasos electorales de la «izquierda a la izquierda del PSOE» están llevando a sus dirigentes a plantear (por enésima vez) una coalición con las fuerzas independentistas, con el dudoso propósito de sumar con los que quieren restar. En el caso de nacionalismos como el vasco, cabría dudar si puede encontrarse algo «de izquierda» en su historia, desde sus escarceos con las teorías racistas filonazis que recorrieron Europa en los últimos siglos, hasta su historial de lucha armada en que unos «agitaban el árbol» de la violencia y otros «recogían las nueces» del rédito político. Estas señas de identidad son, en dos palabras, las de la segregación étnica y el supremacismo violento. A día de hoy están disimuladas bajo un «nacionalismo cívico» entre la derecha del PNV y un «internacionalismo multicultural» entre la izquierda de Bildu, pero dichas señas salen a relucir constantemente.
Los últimos años nos han dejado un rosario de casos en que estos independentismos (desde el vasco hasta el catalán) ejercen una discriminación abierta contra ciudadanos del resto de España, por no tener acreditado un nivel casi nativo de la respectiva lengua cooficial. Aunque puedan parecer meras cuestiones lingüísticas, tienen un probable trasfondo racista: para llegar a dominar un idioma tan complejo y diferente como el vasco, a menudo es preciso ser nativo de la región. De hecho, el vocablo «euskaldun» designa tanto al vasco-parlante como al grupo étnico vasco. El catalán sería más asequible, pero sigue resultando una barrera para la movilidad laboral de trabajadores del resto de España, a los que degrada a la condición de extranjeros. Víctimas sonadas de este sinsentido ideológico han sido los trabajadores de la Sanidad (derecho vital puesto en peligro por el delirio independentista), pero también desde músicos hasta cocineros (casos particularmente absurdos, en tanto que ni siquiera atienden al público).
Este tipo de racismo volcado primeramente hacia los compatriotas de otras autonomías (a los que antaño despreciaban como «maketos» y «txarnegos») es un fenómeno muy particular, porque generalmente la xenofobia se centra, por el contrario, en el que es más diferente y está más lejano: el «occidental» se oponía al «oriental» del otro lado del mundo, los «blancos» a los «negros» del otro continente, etc. Pero los independentismos en España prefieren antes al «negro» que al español «blanco», como dijo Arzalluz, siempre y cuando «el negro hable euskera». Ocurre lo mismo con el independentismo catalán: mientras que la política migratoria española prioriza a los hispanoamericanos por ser más próximos en lengua y cultura, ellos han priorizado la inmigración musulmana (de diferente religión e idioma) para poder hacer de ellos catalano-parlantes sin ningún trasfondo hispano.
Esta curiosa xenofobia «de proximidad» tiene un antecedente ideológico muy claro: el nazifascismo. La doctrina racial nazi detestaba en primer lugar a los eslavos (vecinos de los germanos) y a los judíos (religión emparentada con el cristianismo y pueblo emparentado con europeos centro-orientales tras siglos de convivencia). Mientras, los jerarcas nazis (desde Himmler hasta Rosenberg) profesaban una absoluta devoción por los lejanos japoneses (a los que declaraban «arios» a título honorífico), los musulmanes de Oriente Medio (a los que consideraban más afines al nazismo que la cristiandad), los indios y los iraníes en Asia (proclamados «verdaderos arios» mientras se dudaba de los vecinos pueblos íbero, báltico o finlandés).
El nazismo estaba también obsesionado con los vascos, que enclavados entre montañas podrían ser un vestigio de un pueblo más puro y sabio. Los herederos de este otro dogma son hoy la izquierda española: el Podemos de Pablo Iglesias y el Sumar de Yolanda Díaz, unidos en una fascinación ridícula, infantil y (sobre todo) falsa hacia una mítica y utópica «Euskal Herria» antimachista, antifascista, antirracista y anti-«todo lo malo del mundo». Esta creencia en la superior «raza vasca» es paradójicamente sostenida por fuerzas que blasonan de antirracismo, o de «solidaridad con Senegal» o cualquier rincón del planeta, seguramente más atractivo y exótico que preservar la humilde solidaridad interterritorial con sorianos o turolenses.
«La bobalicona veneración de Podemos y Sumar hacia los independentistas ha significado su práctica desaparición política»
La bobalicona veneración de Podemos y Sumar hacia las fuerzas independentistas ha tenido como (previsible) resultado electoral la práctica desaparición de ese espacio político, cuyos votos han sido fagocitados por el independentismo. Es la consecuencia lógica de renunciar a una idea colectiva para los trabajadores españoles y subcontratar la revolución a segregacionistas abertzales. No es casual que desde el entorno de Podemos se haya promocionado a figuras furibundamente antiespañolas del entorno de Bildu, como Irantzu Varela primero y su recambio Ane Lindane después, en el idéntico papel de «humoristas feministas» (con un nivel de comedia consistente en guarrear sobre el altar de una iglesia),
Esta última Ane Lindane hizo una reveladora reflexión en sus redes sociales, cuando trascendió la noticia de que el País Vasco se estaba quedando sin médicos por culpa del requisito de hablar euskera. Respondiendo si prefería «un buen médico o un médico vasco» (euskaldun), afirmó que quiere que su médico sea «bueno y también vasco». De lo contrario, no le sirve. Por si no quedaba claro el sentido supremacista de esta declaración, Lindane añadió que «bueno y vasco son dos conceptos que suelen ir juntos». La historia recuerda inevitablemente a la de Reinhard Heydrich, el nazi más nazi de todos los nazis, que prefirió morir desangrado tras un tiroteo por checos antes que ponerse en manos de médicos que no fuesen alemanes.
Es comprensible que las derechas se opongan al proyecto independentista, en tanto amenaza el valor conservador de la unidad de España. Lo que no tiene explicación es que las izquierdas españolas idolatren a la mayor amenaza actual contra la razón progresista, la unidad entre trabajadores, la república común a todos y la igualdad en la justicia social. Los mismos que lanzaron la «alerta antifascista» son hoy cómplices («colaboracionistas», se decía antiguamente) de un programa abiertamente filonazi.