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¿Por qué los regímenes comunistas son insostenibles?

Fidel Castro, poco antes de su muerte, confesó a un periodista que “el modelo cubano no sirve ni para los cubanos”

Por qué los regímenes comunistas son insostenibles? El sistema llevó a que en la cúspide se erigiera un pequeño grupo como élite de un partido ‘Cubadebate’

 

Miami/No hablo, por supuesto, de la sociedad idealizada por Marx, donde ya el Estado supuestamente se disolvería y todos los medios de producción pasarían directamente a manos de los trabajadores, algo nunca realizado en país alguno. Socialismo, supuestamente, se refería a un sistema que beneficiaría a toda la sociedad, porque por entonces los obreros laboraban largas jornadas por un magro salario que apenas alcanzaba para sobrevivir y habitar en cuarterías de los tugurios más pobres, por lo que toda la familia, mujeres y niños, tenían que incorporarse también a esa dura labor.

Marx y Engels calificaron de utópicos a todos los socialistas que les precedieron. Y, sin embargo, Marx resultó, paradójicamente, el más utópico de todos. Su propuesta de un Estado obrero que expropiara a capitalistas y terratenientes, convertiría a ese Estado en un nuevo monopolio gigantesco y absoluto que ya dejaría de representar a los trabajadores, y, por tanto, no se detendría en su voracidad, al despojar también al propio pueblo, a todo el que poseyera un medio propio de subsistencia por muy modesto que fuera. Por tanto, hasta los trabajadores independientes quedarían sometidos a administradores designados por el propio Estado, por lo cual surgiría una burocracia descomunal, una nueva clase social por sobre toda la población. Y en la cúspide se erigiría un pequeño grupo como élite de un partido, el único legalmente permitido, supuesta vanguardia de todo el proletariado.

Este “socialismo” que no era socialismo, creado por “comunistas” que no eran comunistas, fue lo que se conoció como socialismo de Estado

Este “socialismo” que no era socialismo, creado por “comunistas” que no eran comunistas, fue lo que se conoció como socialismo de Estado o “socialismo real”, al que luego la mayoría del pueblo llamaría simplemente “comunismo”. Pero un socialismo de Estado no es socialismo, sino estatismo.

¿Por qué todos esos gobiernos de Europa del Este implosionaron sin golpes de Estado, sin guerras, sin insurrecciones, ni magnicidios, ni siquiera Rumanía, erróneamente presentado como excepción? (El comunismo continuó tras la muerte de Ceausescu con Iliescu que fue peor que él hasta ser derrotado pacíficamente en 1996 por una coalición democrática). ¿Por qué China y Vietnam tuvieron que hacer cambios radicales introduciendo en sus regímenes elementos capitalistas? ¿Por qué Camboya terminó en un genocidio de más de un millón y medio de seres humanos? ¿Por qué en Cuba se requiere siempre de un aliado externo que la subvencione y tienen que acudir a éxodos masivos cada catorce o quince años para aliviar las tensiones? ¿Por qué hoy enfrenta una tragedia humanitaria de prolongados apagones, hambrunas y epidemias de los que no se conoce aún el número real de fallecidos?

Todas estas preguntas tienen una respuesta: un sistema económicamente insostenible. ¿Por qué insostenible? Pues por padecer de lo que llamo, para mejor comprensión, gérmenes degenerativos, contradicciones de intereses entre grandes grupos humanos que afectan negativamente al proceso productivo en las diferentes formaciones económico-sociales, donde una de las partes carece de interés productivo, por lo que se requiere un gasto extra para pagar capataces o supervisores, y en el caso del esclavismo, mayorales, encargados no solo del buen funcionamiento del trabajo, sino para que no se detenga, ya que, ni el esclavo, ni el jornalero son dueños de lo que producen. Un ejemplo claro es el que refleja una parábola de Jesús: “El buen pastor su vida da por las ovejas, mas el asalariado, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas” (Juan 10:12).

Incluso esos gérmenes pueden llevar al colapso, en el caso del capitalismo, a unidades productivas como varias aerolíneas estadounidenses

Incluso esos gérmenes pueden llevar al colapso, en el caso del capitalismo, a unidades productivas como varias aerolíneas estadounidenses a fines del siglo XX, tres de las cuales cerraron definitivamente por huelgas de sus empleados que exigían aumentos salariales.

Sin embargo, cuando otra aerolínea, la United Airlines, entró en crisis por iguales razones y un hombre eminente, Robert Reich, secretario del Trabajo del presidente Clinton, medió entre ellos, los empresarios alegaron que no podían conceder aumentos salariales sin que la empresa se viera afectada por la dura competencia, y Reich sugirió concederles, en su lugar, acciones de la empresa. Así se hizo, por lo que los trabajadores suspendieron la huelga, y más tarde, siendo ya también propietarios, no solo renunciaron al aumento salarial, sino que, por el contrario, acordaron ellos mismos, reducirlo. Simplemente lo que había hecho Reich había sido eliminar, en este caso, el germen degenerativo.

En todas las formaciones económico-sociales es una minoría el número de personas con real interés en la productividad, como los esclavistas, los señores feudales y los capitalistas, porque han sido quienes se apropiaban de la mayor parte del valor producido, y esos gérmenes degenerativos han provocado grandes tragedias humanas a lo largo de la historia, como las decenas de miles de esclavos muertos en el siglo I antes de Cristo durante la rebelión de Espartaco, y los más de cien mil en 1525 entre los campesinos feudales sublevados contra el Sacro Imperio Romano Germánico.

¿Qué ocurre con los regímenes comunistas? Pues que adolece de dos gérmenes degenerativos, el doble del sistema capitalista. Por una parte, están los trabajadores sin estímulo alguno porque el salario no cubre todas sus necesidades y no pueden reclamar mejores condiciones ante un dueño único que al mismo tiempo hace las leyes, juzga y las hace cumplir por la fuerza; y, por otra, los miles de burócratas administrativos controlando unos medios de producción de los cuales no son propietarios, pero los aprovechan como si fueran suyos. De ahí que haya dos conflictos, el laboral y el administrativo. Ninguno, ni los trabajadores ni los administradores, tienen real interés en la productividad, solo una élite, incapaz de ejercer un control efectivo sobre esos millares de burócratas. Como escribiera este autor hace 44 años en el manuscrito que le costó una condena de ocho años de cárcel: la dirigencia revolucionaria engendró, como el doctor Frankenstein, a un monstruo que luego no fue capaz de refrenar.

Fidel Castro, poco antes de su muerte, confesó a un grupo de estudiantes que la “Revolución” podría ser derrocada desde dentro

De ahí que Fidel Castro, poco antes de su muerte, confesara a un grupo de estudiantes, que la “Revolución” podría ser derrocada desde dentro, y que dijera a un periodista, que “el modelo cubano no sirve ni para los cubanos”.

El intelectual ya desaparecido Carlos Alberto Montaner demostraba desde una perspectiva liberal, la superioridad del capitalismo sobre el comunismo alegando que mientras en el primero había cientos o miles de personas, –los capitalistas–, con verdadero interés en la productividad, en el segundo ese interés solo existía en veinte o treinta personas del Buró Político del Partido único y del Consejo de Ministros.

Esto es cierto en el sentido de que mientras en el capitalismo solo hay un germen degenerativo, en el comunismo hay dos. Entonces, llevando hasta sus últimas consecuencias el razonamiento de Montaner, podríamos preguntarnos: ¿Cómo sería la situación cuando ese interés lo tengan no solo los veinte o treinta del comunismo, ni los cientos o miles del capitalismo, sino millones? En otras palabras, ¿cómo sería una sociedad sin germen degenerativo alguno? Sería un país con una prosperidad sin precedentes.

En el caso cubano esto solo podría ser posible mediante un cambio profundo de las estructuras de la sociedad, lo que define a una revolución. Si en la de 1959 al 68 se intervinieron casi todas las propiedades privadas, ahora a quien habría que intervenir sería al propio Estado, dándole participación a los trabajadores de todos esos centros y empresas de un por ciento de las utilidades que ellos mismos producen y disolviendo todos los monopolios creados por ese Estado.

Si en la de 1959 al 68 se intervinieron casi todas las propiedades privadas, ahora a quien habría que intervenir sería al propio Estado

La mayoría de los que teorizan procesos de democratización en Cuba ven, como una de las primeras medidas, la devolución de las propiedades confiscadas, a sus antiguos dueños, sin tener en cuenta los cambios que se han producido en ellas a lo largo de más de seis décadas, incluso muchas han desaparecido, de modo que aquellos propietarios, excepto los muchos que han pasado ya a mejor vida, preferirían, muy posiblemente, indemnizaciones. Pero en los primeros años de esa transición, el país no estaría en condiciones de pagarlas debido a todos los estragos que ese régimen ocasionó, cuando lo más urgente, más allá de las ideologías, es una política pragmática de incentivar todos los resortes productivos.

Si Martí dijo que “el monopolio era un gigante implacable a la puerta de todos los pobres”, ya es hora de que esos pobres le pasen la cuenta al más gigantesco de todos, intervenir al gran interventor.

 

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