
Tal vez el destino de los reyes sea morir en el exilio. Lejos del lugar donde ejercieron su poder, lejos incluso del sentido último de su viaje. Pensaba eso el otro día, paseando por las calles en cuyos contenedores de basura todavía asoman cajas de regalos, restos de papel, abetos secos de las pasadas Navidades. Los Reyes Magos, figuras envueltas en leyenda y fe, terminaron así: convertidos en reliquias inservibles, desplazados de un extremo a otro del mapa europeo como testigos mudos de imperios que nacen, se afianzan y caen. Su historia no es solo piadosa; es profundamente europea. Movimiento, saqueo, custodia, traslado. Nada permanece quieto mucho tiempo en este viejo continente.
Europa aprendió pronto a convivir con ese vaivén. Durante siglos, su identidad no se construyó sobre fronteras fijas, sino sobre rutas: caminos de peregrinos, de ejércitos, de mercaderes y de ideas. Los huesos de aquellos reyes orientales (los primeros peregrinos de Occidente), cruzaron desiertos, mares y ciudades imperiales hasta encontrar reposo bajo una catedral levantada durante generaciones enteras. No fue casualidad. Europa aún se medía en siglos; creía en la lentitud, en lo perdurable.
Hoy, en cambio, el continente parece mirarse con desconfianza. Está cansado, burocratizado, reducido a caricaturas estereotipadas: Bruselas como tribunal. Alemania como contabilidad. Francia como conflicto permanente. Italia como postal gastronómica. Un reparto cómodo, superficial, que ignora lo esencial. Europa no fue nunca eso; fue memoria en movimiento, un telar que tejía territorios con una urdimbre de pensamiento, cultura, fe, violencia, belleza.
La catedral de Colonia -como tantos otros lugares- recuerda que nuestro continente fue construido sobre la leyenda y la memoria. Allí, bajo la piedra y el oro, la historia de estos tres Reyes Magos todavía resiste.
Tal vez el error de Europa sea que ya no mira al cielo buscando estrellas misteriosas, como la que guió a aquellos reyes que hoy descansan en Colonia, sino que, temerosa, otea el horizonte vigilando drones rusos. O americanos. Tal vez nos hemos equivocado creando un lugar que voluntariamente olvida que, ante todo, es su memoria: un lento, hermoso tapiz tejido hilo a hilo, por rutas y caminos que hoy ya no sabemos ver.
