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«Toma mi teléfono»: Trump abre una línea directa con María Corina

Así fue el encuentro en el Ala Oeste: el presidente de EE.UU. prolongó la reunión y elevó una visita discreta a gesto político sobre la transición en Venezuela

    Trump y María Corina Machado posan con la medalla del Nobel de la PazEFE

 

Ya avanzada la conversación y con el encuentro oficialmente próximo a su cierre, surgió una cuestión práctica que terminó adquiriendo un claro significado político. María Corina Machado y Donald Trump hablaban de la necesidad de mantenerse en contacto directo en una fase que ambos asumían como abierta e incierta. Fue entonces cuando Susie Wiles, jefa de gabinete, se ofreció a facilitar su número de teléfono para canalizar futuras comunicaciones. Trump la interrumpió y dijo que no hacía falta.

El presidente sacó su propio teléfono, le entregó el número a Machado y fue explícito: se comunicarían directamente y seguirían hablando a partir de ese momento. No como un gesto protocolario, sino como una señal de continuidad. «Vamos a seguir conversando a partir de ahora», le dijo, según relatan fuentes estadounidenses a ABC, sellando una escena que iba más allá del encuentro puntual y situaba la relación en un plano personal y operativo.

Esas fuentes estadounidenses relataron cómo transcurrió una visita fuera de los canales habituales y cuáles fueron las claves del encuentro. Según esas fuentes, Trump actúa con una doble misión claramente definida. Por un lado, quiere mantener el control del proceso de transición y preservar líneas de comunicación con quienes ejercen hoy el poder efectivo en Caracas, incluida Delcy Rodríguez. Por otro, abre con María Corina Machado una interlocución directa para la fase que ahora se inicia.

Según esas mismas fuentes, no sería un caso aislado. Citan como precedente la visita del entonces candidato presidencial polaco Karol Nawrocki, que accedió a la Casa Blanca por un circuito similar, sin convocatoria de prensa y en un formato privado. Aquel encuentro tampoco figuró inicialmente como reunión política formal y se produjo al margen de los actos públicos previstos. Tras verse con Trump en el Despacho Oval, Nawrocki consolidó su perfil internacional durante la campaña y acabaría imponiéndose en las elecciones presidenciales semanas después.

Sin embargo, la visita de Nawrocki, a diferencia de la de Machado, no figuró en la agenda del día. En esta caso, a toda la prensa se le anunció el almuerzo, como un acto en agenda cerrado a la cobertura de prensa.

Esa dualidad quedó patente incluso después de que Machado abandonara la Casa Blanca. De acuerdo con las mismas fuentes, Trump comentó de inmediato a su entorno que la dirigente venezolana le había parecido «una mujer realmente extraordinaria», alguien que «ha sufrido muchísimo» y que, pese a ello, mantiene la determinación de regresar a su país. Al día siguiente, al salir hacia Florida, el presidente lo expresó ante la prensa: «Me dio su Premio Nobel. Pero te diré algo: la conozco. Nunca la había visto antes. Y me impresionó muchísimo. Esta es una muy buena mujer». Mientras tanto, el director de la CIA, John Ratcliffe, ponía rumbo a Venezuela para verse en Caracas con Rodríguez.

Un protocolo estudiado al detalle

Pese a las críticas procedentes del entorno del régimen chavista, Machado fue citada en la West Gate, la puerta de acceso habitual para visitantes que no son jefes de Estado. Es la entrada utilizada por políticos, funcionarios, asesores y personal externo que acude a la Casa Blanca fuera de actos oficiales. La elección de ese acceso no fue casual.

Según fuentes conocedoras del protocolo, se descartó la North Gate, por donde acceden la prensa acreditada, empleados y la mayoría de visitantes, y que implica un registro más visible y, en el caso de extranjeros, la asignación de una escolta permanente. Además, ese acceso discurre ante el cordón habitual de medios, algo que se quiso evitar de forma deliberada para preservar la discreción del encuentro y mantener la visita fuera del circuito público.

Hubo deliberaciones hasta el último momento sobre cómo debía articularse la reunión. La noche anterior no estaba claro si habría presencia de prensa ni qué protocolo se seguiría finalmente. La clave, insisten esas fuentes, era evitar una desautorización integral de Rodríguez, en un contexto de fuerte contestación interna tras la captura de Maduro, la aceptación casi total de las exigencias planteadas por Trump y, sobre todo, el nerviosismo cada vez más evidente de Diosdado Cabello.

Machado habló previamente con Marco Rubio, el jefe de la diplomacia estadounidense, que además la había propuesto para el Nobel. Llegó en torno a las 12.30 a la entrada de la Casa Blanca, donde fue admitida y trasladada directamente al Ala Oeste. Las visitas de trabajo de bajo perfil, en las que no participa el presidente, suelen derivarse al Edificio Roosevelt, el anexo de granito que alberga las oficinas del vicepresidente y del Consejo de Seguridad Nacional. En este caso, Machado accedió a una zona de espera en el Ala Oeste, donde permaneció hasta que Trump la recibió alrededor de las 13.10.

El presidente le mostró el Despacho Oval, donde conversaron y posaron para varias fotografías, entre ellas una junto a una réplica de la Declaración de Independencia, cuando se cumplen 250 años de su proclamación. Machado hizo entrega de la medalla del Nobel y explicó que se trataba de un gesto de agradecimiento por haber mostrado «fuerza para lograr la paz». Trump la aceptó y pidió a su equipo que estudiara dónde colocarla, recordando que en la Sala Roosevelt ya cuelga el Premio Nobel concedido a Theodore Roosevelt por su mediación en la guerra entre Rusia y Japón.

Era un día de intensa actividad en la Casa Blanca, con la rueda de prensa diaria de la portavoz en marcha. Tras el encuentro en el Despacho Oval, el presidente acompañó a Machado al comedor privado del Ala Oeste, una sala pequeña situada junto al despacho presidencial, a la que se accede por un breve pasillo junto al estudio privado del presidente.

Se trata de un espacio de capacidad reducida, normalmente para unas seis personas sentadas, que se utiliza para comidas informales, reuniones discretas y encuentros bilaterales, y en ocasiones para seguir la actualidad en televisión o mantener conversaciones de trabajo fuera del Despacho Oval. Cuenta con una pequeña despensa anexa atendida por personal de servicio.

Allí, Trump hizo pasar finalmente a su jefa de gabinete, Susie Wiles; al secretario de Estado, Marco Rubio, y al vicepresidente, J. D. Vance. Una comida breve, de menos de una hora, con los cuatro dirigentes de mayor peso político de la Administración, junto al secretario de Defensa, y el núcleo con el que el presidente suele tomar las decisiones más sensibles.

En su intervención pública el día tras el encuentro, Machado afirmó que Trump le transmitió de forma directa que le importan los venezolanos y que ese era el mensaje central que quería llevarse de vuelta: que Estados Unidos y el presidente «se preocupan plenamente» por la vida y el bienestar de la gente, desde los presos políticos hasta las familias golpeadas por la pobreza y la desnutrición. Dijo que habló con él de la represión y de la urgencia de liberar y realmente «hacer libres» a los detenidos, y presentó la reunión como parte de un proceso «complejo y delicado» hacia una transición democrática, con la promesa de que Venezuela «va a ser libre» con el apoyo de Estados Unidos.

El encuentro estaba previsto para concluir antes de las 14.00, pero se fue prolongando. Trump se alargó, claramente cómodo, y finalmente ella abandonó la reunión unos 45 minutos más tarde de lo previsto. Tras la visita, el Servicio Secreto la condujo a una zona restringida y vallada, un perímetro de seguridad de implantación reciente, para que pudiera saludar a los venezolanos que la esperaban, antes de poner rumbo al Capitolio.

 

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