Veinte años no es nada
Convertimos tragedias en contexto y crímenes en estadísticas

El etarra «Txeroki» se niega a declarar: «No les doy autoridad para juzgar a los vascos»
Veinte años no es nada. Seguro que todos recuerdan algo de su 2006. Veinte años es una medida que nos toma el pelo porque está cerca pero lejos. Permite que miremos nuestras heridas cicatrizadas y el ruido aquél que molestaba tanto se convierte en susurro, como si hubiéramos domesticado la memoria. Veinte años antes que The Beatles llenara The Cavern en Liverpool, Europa sudaba de miedo. Solo dos décadas antes de que afinaran sus guitarras para Brian Epstein, Hitler había puesto en marcha una maquinaria de exterminio que convirtió el continente en un mapa de ceniza. Cuando el mundo empezó a tararear ‘Love me do’, todavía no se habían apagado del todo los ecos de los trenes que iban hacia ningún regreso. Pero el tiempo hizo su truco: bajó el volumen de los gritos y subió el de las canciones.
Elvis grababa ‘Heartbreak Hotel‘ en el año 1956. Tan solo dos décadas antes, veinte años no es nada, fusilaban en Paracuellos del Jarama a Pedro Muñoz Seca. Le agarraron en Barcelona después del estreno de su última obra de teatro. Su delito fue ser escritor de comedias. Esa canción de Elvis parece como si flotara en el tiempo mientras que la fosa de los inocentes dejó de contar los segundos.
En los ochenta, los que ustedes recuerdan, una bomba en un Hipercor de Barcelona arrancó vidas que habían salido simplemente a comprar para el verano que se acercaba. 21 muertos, 45 heridos. Amonal, tornillos y jabón. Ese año, Los Secretos cantaban ‘Déjame’ o ‘Quiero beber hasta perder el control’. Solo veinte años después, en 2007, La Oreja de Van Gogh arrasaba con ‘Muñeca de trapo’ y España trataba de enterrar a ETA negociando la memoria en forma de amnesia.
Así funciona la trampa de los veinte años. Nos parecen una pausa entre dos épocas que ya podemos comentar sin que nos tiemble la voz. Convertimos tragedias en contexto, crímenes en estadísticas y heridas en debates televisivos. Recordamos la canción porque dura tres minutos. Olvidamos el horror porque duró demasiado. El tiempo es una unidad de medida tan relativa que podemos hacer con ella lo que nos dé la gana. Se estira cuando se sufre y se encoge cuando conviene. Sirve para discutir bandos, para desempolvar agravios a conveniencia y para que nos enfrenten unos con otros mientras creemos estar defendiendo causas sagradas. Y en ese ruido, en esa pelea constante por el relato, regalamos lo único que de verdad es nuestro: el tiempo. Y mientras miramos hacia atrás para tirarnos la historia a la cabeza, hay quien mira hacia adelante y se descojona de risa.
Desde el próximo lunes, Garikoitz Aspiazu, conocido como ‘Txeroki’, podrá salir de la cárcel de lunes a viernes después de haber cumplido 18 de los 400 años a los que fue condenado por ser el jefe de ETA. Veinte años no es nada. Es tan solo el tiempo que ha pasado en España desde que alguien decidió volver a echarnos los trastos a la cabeza para robarnos la fraternidad. Pero no se apuren, siempre podremos tararear alguna canción.
