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Karina Sainz Borgo: Contra Zapatero, el negociador de despojos

Si algo de pudor le queda, deje en paz a los venezolanos

Fanny Lozada, madre de la presa política Ariannys Araujo Lozada, pidió la liberación de su hija hasta desmayarse, exhausta de tanta angustia. Yarelis Salas murió de un infarto después de participar en vigilias frente a la cárcel de Tocorón. Ella también exigía la liberación de su hijo Kevin Orozco, de 21 años. Carmen Dávila, madre del médico Jorge Yéspica Dávila, murió sin saber que su hijo había sido excarcelado tras más de un año detenido. Omaira Navas, madre del periodista Ramón Centeno, falleció tras sufrir un ictus días después de que su hijo fuera liberado tras casi cuatro años en prisión. Óscar Castañeda, quien pasó casi dos años recluido en El Helicoide, no logró reconocer a su familia. Tampoco podía caminar sin ayuda.

Convertidos en despojos, difuntos o muertos en vida, los hombres y mujeres que esperan una amnistía del régimen bolivariano venezolano han de lidiar, me temo, con las más severas atrocidades, desde verse obligados a aceptar la posibilidad de la excarcelación como dádiva hasta la aparición de oscuros personajes que buscan su propia gloria después de haberse lucrado del dolor ajeno. Tras medrar, enredar y enriquecerse con sus gestiones varias con los principales jerarcas del madurismo, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero ha viajado a Venezuela –una vez más– para retratarse como artífice de una medida que la dictadura se ha visto obligada a aplicar. El dolor y el desgarro no son ni pueden ser el abalorio de nadie. Que Venezuela vaya camino o no de una transición democrática pasa por la alcabala de la justicia y la verdad. No pueden ni deben quedar impunes –no quedarán– las atrocidades cometidas. Esquilo, Sófocles, Eurípides nos enseñaron, desde muy pronto, que ningún ser humano puede eludir su destino. Pesa sobre todos los verdugos y sus cómplices la gruesa soga de la indecencia que han atado ellos mismos. Qué duro ha sido el calvario de madres, padres, hijas, hijos, hermanos y hermanas. Limpiar al hijo muerto. Envolver al hijo muerto. Sepultar al hijo muerto. Con eso no hay juego ni teatro posible. Tan sólo la necesidad de justicia.

El negocio del despojo que relató Stevenson en ‘El ladrón de cadáveres’ no prescribe. Vergüenza y náusea despiertan en quienes sufren la imagen de José Luis Rodríguez Zapatero, ese sujeto de asombrosa indigencia moral que a las democracias sepulta y a la justicia insolenta. Oscuro enterrador y comerciante que acude a los cementerios ajenos a buscar huesos con los cuales comerciar. Si algo de respeto siente por aquellos a quienes ha ayudado a oprimir, y ya ni eso, si algo de remordimiento puede llegar a germinar en la compostera de su alma o de pudor siquiera, deje en paz a los venezolanos. Aléjese de la reparación mínima. Deje de auscultar y remover el dolor y de hacer de supuesto garante de personas a las que pidió no denunciar o a las que, una vez excarceladas, no se les permite hablar. Por favor, deje a las víctimas en paz.

 

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