Helena Farré: Un bien silencioso
En tiempos de moral exhibida, unas monjas practican en Gaza la subversión del cuidado sin hashtag

Ciudad de Gaza –
Llegué a ellas como se llega a las grandes historias, sin quererlo y por casualidad. Una noticia, una conversación. Un indicio, apenas perceptible, de una realidad velada. Se trataba de un grupo de hermanas de la caridad, monjas que en una pequeña parroquia del centro de Gaza cuidaban a niños y adultos con diferentes grados de discapacidad.
Hermanas que aguantaron y siguen aguantando el infierno en la tierra, y niños y adultos que se veían envueltos en una situación incomprensible de un terror inenarrable. Hubo algo en esta historia que me zarandeó, que al mismo tiempo supuso un jarro de agua fría y una cerilla que prende una mecha. Estaba la tragedia, por supuesto. El horror, la deshumanización. La condena sin crimen y el castigo sin culpa.
También la valentía y el coraje y la generosidad abnegada. Pero no fue eso, o no solo. Se trataba del extraordinario silencio. En esta época de exhibicionismo moral y empatía performativa, de compasión necesitada de escenarios y platós de televisión, esta historia adquiría una renovada intensidad, un brillo particular. Representa el acto subversivo de hacer el bien —un bien extraordinario— sin necesidad de encuadrarlo para ninguna cámara ni atribuirle ningún hashtag.
Hay gestas que no salvan el mundo, pero que sí evitan que se desangre
Sin artificios ni proclamas, sin el objetivo de recibir nada a cambio. Tal vez porque, como escribe Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, en su reciente libro ‘Sobre Dios: Pensar con Simone Weil’, el bien es discreto. Incluso tímido. Podría decirse que es silencioso.
Y, aunque a veces cueste creerlo, el mundo está lleno de ellos. De bienes que no afectan a continentes, que no transforman sociedades al momento, pero que sí reparan una grieta concreta en un momento particular. Bienes que resguardan la esperanza en la humanidad. Porque hay gestas que no salvan el mundo, pero que sí evitan que se desangre. Es eso lo que sostiene al mundo. La discreta pero férrea, incluso temeraria, obstinación de seguir haciendo el bien aun cuando nadie está mirando.
