El desgobierno peruano
Perú ha dejado de ser un sistema presidencialista para mutar, en la práctica, en un modelo parlamentario
JOSÉ MARÍA BALCÁZAR
Si un hecho noticioso es aquel que rompe la continuidad de los acontecimientos, entonces la caída de José Jerí, el séptimo presidente peruano defenestrado en los últimos diez años, no lo es. Se trata, más bien, de la deriva lógica de un sistema institucional viciado, que ya no ejerce su función de representación popular y en el que los congresistas, más aún los presidentes, llegan a sus cargos por azar y a hacer cualquier cosa menos gobernar. Prefieren emplear los privilegios del poder para hacer pequeños chanchullos, blindarse legalmente frente a la Justicia y favorecer intereses sectoriales e informales. Más de la mitad del Congreso peruano, en realidad el 63 por ciento, 82 legisladores de 130, tienen denuncias ante la Fiscalía o están investigados por corrupción. Por eso no es extraño, más bien al contrario, lógico, que José Jerí hubiera sido pillado ‘in fraganti’, con una capucha y unas gafas oscuras, en una reunión clandestina con empresarios chinos de reputación dudosa. Mucho menos que hubiera emulado –e incluso superado– las gestas del exministro Ábalos, reclutando jovencitas que pasaban la noche en el Palacio de Gobierno y salían a la mañana siguiente con un contrato público. Ocho meses tenía para ejercer la máxima responsabilidad de Estado, un trabajo que le cayó del cielo porque presidía el Congreso cuando Dina Boluarte fue destituida, y a los cuatro ya le había dado un pretexto inapelable al Congreso para someterlo a una moción de censura.
Esa es la otra particularidad del sistema político peruano que convierte el descabezamiento de Jerí en rutina, no en noticia. En los últimos diez años ha dejado de ser un sistema presidencialista para mutar, en la práctica, en un modelo parlamentario. Lo grave es que se trata de un parlamentarismo sin partidos coherentes y estables, sin ideologías ni programas reconocibles. Las agrupaciones se comportan como franquicias al servicio de intereses económicos, por lo general informales, o ‘vientres de alquiler’ que incuban las políticas que favorecen a quien pone el dinero por delante. Desde que se rescató una ley decimonónica que permite destronar a un presidente por incapacidad moral, el equilibrio de poderes entre el legislativo y el ejecutivo cambió por completo. El presidente depende ahora del Congreso y debe someterse a los intereses de las bancadas, a la orgía de desgobierno e improvisación, si no quiere verse expuesto a una moción de censura o de vacancia. Los intereses mafiosos en el Congreso se alinean con facilidad hasta alcanzar los 87 votos, el número mágico que permite apretar un botón rojo que hace saltar por los aires, sin paracaídas ni amortiguadores, la silla presidencial. Y como el aterrizaje suele ser en la cárcel, los mandatarios tienen incentivos para convertirse en un decorado más en la obra de desinstitucionalización del país.
Hoy el Perú tiene una nuevo presidente interino, un tal José María Balcázar del que apenas se sabe que defiende la iniciación sexual temprana de la mujer. En dos meses habrá elecciones y tendrá otro. Tampoco eso será noticia.
