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María José Solano: Sexo, política y Europa

Giacomo Casanova sobrevivió a cárceles, exilios y descrédito, pero no sobreviviría a nuestro tiempo

Sexo, política y Europa

 

La exposición veneciana ocupa dos palacios en dos miradas sobre un personaje múltipleGiacomo Casanova. El Casanova amante pertenece al terreno de la leyenda. Encarna el deseo, el escándalo, la transgresión moral. Sus conquistas, relatadas sin pudor en ‘Histoire de ma vie’, lo convirtieron en un arquetipo: el hombre que ama (o desea) sin pedir permiso, que desafía normas sociales y religiosas, y que entiende el erotismo como una forma de afirmación vital. Este Casanova es intenso, teatral, provocador; vive el cuerpo como experiencia y como relato.

Pero el Casanova viajero es más silencioso y, quizá por eso, más interesante. Recorrió Francia, Suiza, Alemania, Inglaterra, España, Rusia y Bohemia no como simple aventurero, sino como mediador cultural. Se movía con soltura entre cortes, salones ilustrados, teatros, logias masónicas y bibliotecas. Conversó con filósofos, científicos y nobles; escribió, tradujo, negoció. Fue testigo de un continente en transformación, donde las ideas viajaban casi tan rápido como los ejércitos.

Se celebra el aniversario en su ciudad natal, pero en realidad se levanta un acta notarial de lo que fue una civilización capaz de engendrar y admirar a un hombre así. Casanova fue dionisíaco en el sentido filosófico del término: afirmación del cuerpo, del deseo, del riesgo, de la crueldad que a veces acompaña a la libertad (al sexo) cuando no se disfraza de virtud.

 

Su escritura influyó en siglos posteriores de literatura confesional, libertina, autobiográfica, enseñando que contar la verdad propia, incluso cuando incomoda, es un gesto político

 

¿Lo imaginan hoy? Casanova sería un hombre denunciado, perseguido, con las publicaciones secuestradas. Acorralado primero, ajusticiado después, finalmente aniquilado en nombre de una moral que se presenta como superior pero que no tolera la complejidad ni el matiz. Casanova sobrevivió a cárceles, exilios y descrédito, pero no sobreviviría a nuestro tiempo. Y mientras recorro estas salas venecianas, tan bellamente ordenadas, tan seguras de sí mismas, la conclusión es incómoda y amarga: no estamos en el inicio de nada. Somos el final. El final de una civilización que fue capaz de mirar de frente el sexo sin fingir escándalo y a la que hoy le da miedo incluso su propio reflejo.

 

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