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Ramón Peña / En pocas palabras: De la gloria a la miseria perpetua 

Cuba – libertad

 

A la revolución cubana, nacida en 1959, la cubrió la gloria por haber desafiado al todopoderoso imperialismo yanki, más que por destronar una dictadura caribeña. Fidel Castro emergió como el David de América, vencedor de ese Goliat del continente, que usufructuaba recursos naturales y había aupado las tiranías del hemisferio durante más de medio siglo.

Desde las guerras de independencia, ningún líder latinoamericano había alcanzado tanta admiración continental como Castro. Simbolizaba justicia y esperanza para estos pueblos y una amenaza fantasmal para Trujillo, Somoza, Stroessner, Duvalier y demás dictadores cobijados por Washington. Las élites intelectuales del continente, y de Europa, llenaron páginas de tributo y lisonjas para este inusitado redentor.

Pero pronto se corrió el velo de aquellas expectativas. En muy breve plazo, el castrismo se declaró dictadura unipartidista al estilo soviético, padroteó sindicatos y ligas campesinas, abolió la libertad de expresión y de prensa e impuso el espionaje sobre la población civil, perfeccionado por la tenebrosa Stasi de Alemania comunista. Descolló el fusilamiento, la represión, incluidos cárcel y humillación para intelectuales y poetas disidentes.

En lo económico, privó el canon de propiedad estatal comunista que extirpó la posibilidad de generar riqueza y bienestar duraderos. Por tres décadas Cuba sobrevivió amamantada por los rublos soviéticos. Durante algunos años subsidiada por petrodólares chavistas. Su economía fue desde siempre menesterosa, quizás la más menguada de todos los ensayos comunistas del SXX. Siempre escudada en la peregrina excusa del embargo norteamericano.

Luego de 67 años de tiranía, nueve millones de cubanos, sin medios para emigrar, que continúa siendo su mayor anhelo, sobreviven en pobreza extrema colectiva, bajo miserables condiciones sociales de existencia en todos los órdenes, sin opciones para superarlas y bajo el terror sin pausa del fosilizado régimen. Tan desesperanzado el secuestro de este pueblo, que la presión externa que hoy se ejerce contra sus captores, luce primordialmente humanitaria.

 

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