
GABRIEL RUFIÁN
El Siglo de Oro español es el bodegón absoluto. Quedan en su tiempo representados el exceso, la decadencia y la pudrición. Mientras los retablos se recubren de oro, las calles huelen a peste y hambre. La demasía barroca no es una celebración, es la herida que supura. La muerte sin herederos de Carlos II, cuya figura es la metáfora definitiva del periodo, no sólo extinguió una dinastía; fue el acta de defunción de un modelo de mundo. «Miré los muros de la patria mía», escribe Quevedo. Algo se caía a trozos. En la literatura y la pintura de ese tiempo proliferan los enanos y los bufones, lo monstruoso y deforme. Todo es difuso porque marca el fin de una época. El teatro deja de ser un simple entretenimiento para convertirse en espejo de la descomposición del Estado: el abuso en ‘Fuenteovejuna’, de Lope; la justicia de casta de ‘El alcalde de Zalamea’, de Calderón, o la impunidad en ‘El burlador de Sevilla’, de Tirso. La injusticia institucionalizada se vuelve personaje: el pícaro, el hampa y la prostitución. La germanía no era solo una forma de hablar; era la prueba de que el Estado había perdido el control.
El Siglo de Oro es un momento especular. Un antes y un después. Es excesivo en el anuncio de su descalabro. Todo estaba a punto de desaparecer. De los Austrias a los Borbones, de Napoleón a la pérdida absoluta de las colonias y el fin definitivo del estatus imperial. El Siglo de Oro, tan a la vuelta de la esquina, tan presente en estos días con su aire de bodegón. La realidad informativa de este 2026 describe una degradación administrativa muy parecida a la que pudieron pintar para nosotros Velázquez con sus enanos o Quevedo con su Buscón: ganarse la vida; salvar el pellejo; sobrevivir; comer; resistir en el cargo, no importa cómo. Los temas de conversación que nos ocupan –los titulares de la prensa, la forma incluso en la que debatimos– despliega ante nosotros el repertorio barroco en su máxima expresión: las formas zafias; la proliferación del malandrín –esa risa que nos produce la sin vergüenza de Koldo y Ábalos–; el cuerpo degradado del Estado; la bancarrota moral que se apodera por igual de los que detentan el poder y de quienes intenta arrebatárselo –desde unos populares fosilizados hasta Gabriel Rufián, el independentista redentor– e incluso hasta una predisposición al hechizo que nos induce a dar por hermosa o duradera cuanta baratija nos sea ofrecida. España crece, dicen sus gobernantes, pero el salario mínimo –ficción equitativa– cada vez se acerca más al emolumento medio, un poco más pobres todos, anestesiados con lo que haga falta. El guarda de la ley que la viola impunemente; el letrado que rebuzna; el tren que descarrila; el crimen que permanece impune; la tragedia que no redime; la confusión en el exceso; las líneas rojas que acaban destiñéndose. Esta sensación aterradora de barroco que nos recorre las entrañas. El cuerpo del Estado convertido en festín de las alimañas.