Trump hace de Venezuela el eje del Estado de la Unión y exhibe la captura de Maduro como victoria de guerra
El presidente convirtió la operación de Caracas en su gran prueba de autoridad ante el Congreso, presumió de «más de 80 millones de barriles»

Estados Unidos llegó a su gran liturgia anual con el ruido de una campaña permanente metida en la Cámara. Donald Trump entró en el hemiciclo este 24 de febrero de 2026 como si el discurso del estado de la unión fuera, a la vez, un parte militar, un mitin y un ajuste de cuentas. Dijo al abrir que ese estado es «más fuerte que nunca», y a partir de ahí se dedicó a construir un relato de victoria en un momento frágil de su segundo mandato, con las encuestas dañándole y con el Tribunal Supremo sentado a pocos metros, días después de tumbar buena parte de sus aranceles. En el centro, Venezuela, como éxito militar, como fuente de crudo y hasta como momento de telerrealidad a la medida de su carrera ante las cámaras.
La escena era política y, a la vez, tensa. Los jueces John Roberts, Elena Kagan y Amy Coney Barrett, tres votos en contra de sus aranceles, aparecieron en primera fila, visibles para el objetivo de las cámaras y, por tanto, para el presidente. En el fondo, la paradoja del discurso era esa. Trump pedía autoridad y obediencia en una sala diseñada para recordar la separación de poderes. En ese decorado, el presidente convirtió la captura de Nicolás Maduro en columna vertebral emocional y estratégica, el centro de gravedad de una noche que acabó siendo histórica también por duración. Cerró a las 22.59, tras una hora y 48 minutos, el discurso más largo de la era televisiva.
Trump quiso empezar combativo sin gastar su primer cartucho en el Supremo. Lo reservó como amenaza latente, como constante sin ataques frontales. Y se fue directo a su repertorio. Fuerza, frontera cerrada, enemigos internos, una narrativa de rescate. La primera mitad del discurso avanzó entre cifras económicas, anuncios sobre inmigración y secuencias pensadas para circular en redes. El núcleo, el tramo que buscó aplauso disciplinado y transversal, fue Venezuela.
Lo presentó como una operación limpia y sin bajas propias. La redada de Caracas de principios de enero, ordenada para capturar a Maduro, la describió como demostración de dominio hemisférico y como advertencia a quienes, según su discurso, combinan violencia, drogas, terrorismo e injerencia extranjera. Fue la pieza que le permitió coser seguridad nacional, migración, energía y propaganda en un solo relato. Cuando habló de restaurar la seguridad y la primacía de Estados Unidos en el continente americano, defendía una presidencia basada en el golpe de efecto y en la proyección de fuerza.
A ese relato le añadió petróleo. Dijo que la caída del líder chavista había permitido a EE.UU. tomar «más de 80 millones de barriles» procedentes de «nuestro nuevo amigo y socio, Venezuela», y citó a Delcy Rodríguez. No explicó el criterio de esa cifra ni su traducción en acuerdos, contratos o transferencias. Pero la intención era clara. Presentar una operación exterior como un beneficio material, medible, vinculado a la energía y al bolsillo. El mensaje era el de un presidente que impone orden y obtiene resultados.
En ese mismo tramo llegó la escena del preso liberado. Trump anunció que en la sala estaba Enrique Márquez, opositor venezolano excarcelado, y lo hizo aparecer como sorpresa para su familia, sentada en la galería. La ovación fue total. El gesto obligaba a la Cámara a aplaudir un hecho humanitario sin matices. Fue una de esas secuencias en las que el hemiciclo funciona como plató, la cámara busca el rostro, el abrazo, el llanto, la reacción del público. Trump sabe que ese plano vale más que una explicación sobre sanciones o sobre arquitectura institucional.
Sin dejar que esa emoción se enfriara, encadenó la segunda imagen. Señaló al piloto de helicóptero Chinook Eric Slover, herido múltiples veces durante la operación de extracción de Maduro, y lo condecoró con la Medalla de Honor. El hemiciclo se puso en pie. Hubo una ovación prolongada, cerrada, sin fisuras. La secuencia completaba el círculo del relato que Trump estaba construyendo desde el inicio, captura, liberación, sacrificio, honor. Venezuela pasaba de ser política exterior a convertirse en una historia doméstica de autoridad, con un héroe identificable y un aplauso obligatorio.
Abucheos, interrupciones y réplicas
El choque con los demócratas no fue un accidente, fue parte de la noche. Hubo abucheos, interrupciones y réplicas. El momento más simbólico llegó cuando el congresista Al Green fue escoltado fuera de la sala tras exhibir un cartel que decía «los negros no somos simios», en alusión a un episodio racista reciente asociado al propio presidente, que compartió y luego retiró un vídeo en el que los Obama aparecían retratados como simios. La expulsión, con republicanos coreando «USA», resumió el clima, una parte del país celebrando la humillación del otro en directo.
El estado de la unión, convertido en prueba de fuerza entre los dos grandes partidos. Medio centenar de demócratas se ausentó, de más de 250. Trump, lejos de rebajar la tensión, buscó la confrontación como combustible. En el tramo central planteó una especie de examen en vivo. Pidió a los legisladores que se pusieran en pie si estaban de acuerdo con que «la primera obligación del Gobierno de Estados Unidos es proteger a los ciudadanos estadounidenses, no a los inmigrantes ilegales». La pausa se hizo larga, teatral. Señaló a quienes no se levantaban y los reprendió. La escena estaba pensada para el anuncio electoral del día siguiente. En el lado demócrata, la respuesta fue también a gritos.
Ilhan Omar y Rashida Tlaib le replicaron desde sus escaños, vinculando la política migratoria con muertes recientes, las de Alex Preti y Renee Goode, a manos del ICE, la policía migratoria. El objetivo no era persuadir al centro, sino fijar un marco de antagonismo en horario de máxima audiencia.
La noche tuvo además un subtexto de guerra, aunque Trump administró el tiempo con cuidado. Mencionó Irán, reiteró su afirmación de que su programa nuclear quedó «destruido» tras los ataques de junio e insinuó que podría volver a golpear. Pero Irán no ocupó el espacio esperado. Pasó como amenaza y como recordatorio de músculo, sin detalle estratégico. El foco de potencia, cuando quiso elegir un trofeo, estuvo más cerca. América Latina y el hemisferio como patio de operaciones, con Caracas como argumento principal.
Hubo economía y muchas cifras. Trump recitó inflación, gasolina, hipotecas, huevos, mercado bursátil. Volvió a su idea de que los aranceles son herramienta de riqueza nacional, aunque el Supremo acababa de recortarle el margen arancelario. Se refirió al fallo como «desafortunado», con un tono más comedido que sus ataques previos, pero con la tensión visible por la presencia de los magistrados a pocos metros. El mensaje implícito era que seguirá intentando, por otras vías, aunque esa puerta se haya cerrado.
El hilo de Venezuela, en cambio, le permitía escapar de las contradicciones del debate doméstico. En política interior, cada cifra se discute y cada promesa se coteja. En una operación exterior, la imagen manda. Trump explotó ese terreno. Caracas como prueba de eficacia, Maduro como enemigo capturado, el opositor liberado como legitimación moral, y el petróleo como recompensa. Fue el tramo más redondo de su guion.
El discurso dejó, sin embargo, una cuestión sin respuesta. Qué ocurre después. Trump habló del éxito operativo y del efecto simbólico, no de la arquitectura posterior. No describió una hoja de ruta para Venezuela más allá de la celebración del golpe. Y en la Cámara, esa ausencia convivió con el hecho central de la noche. El presidente usó Venezuela para ordenar el resto de su mensaje, justificar dureza migratoria, exhibir autoridad militar y construir escenas que obligaran a la sala entera a acompasarse.
