CulturaÉtica y MoralGente y SociedadPsicología

Soledad Morillo Belloso: Lo que me pasa por dentro

Soledad Morillo Belloso (@SoledadMorilloBelloso) • Facebook

 

Te voy a hablar claro, sin maquillaje: yo también tengo, todos los días, razones de sobra para enojarme. La vida a veces parece un combo de fastidios con refill ilimitado: gente que habla feo como si les pagaran por eso, injusticias que se repiten más que canción pegada, la corredera eterna, la falta de respeto, el cansancio que se acumula como si fuera “puntos de fidelidad”. La rabia me aparece rápido, como un fogonazo. Y sí, es válida. Pero también es traicionera: si la dejo instalada, me va comiendo por dentro. Es como quedarme con un fósforo prendido en la mano. ¿Y quién se quema? Pues yo. Nadie más.

La hostilidad es la versión “premium” de esa rabia, pero sin beneficio alguno. Es un incendio que arranca con una chispa —una mala cara, un comentario fuera de lugar, un recuerdo que pica como ají— y termina prendiendo todo. Cuando me pongo hostil, mi cerebro se va a alerta roja: la amígdala grita como vecina chismosa, el cortisol se dispara como si estuviera en maratón, la adrenalina corre como mototaxi sin frenos. Y la parte que piensa con claridad, la que me ayuda a decidir y a entender al otro, se apaga. La hostilidad promete fuerza, pero lo que da es puro desgaste. Promete control, pero me deja atrapada en un estado de alarma que ni la sirena de un carro de bomberos.

Y aquí viene algo que he aprendido a punta de golpes y vergüenzas: cuando grito, me escuchan menos que cuando hablo con calma. El grito retumba, sí, pero el cerebro del otro se protege. Cuando yo grito, la otra persona deja de escuchar y empieza a armarse como si yo fuera un dragón echando fuego. En cambio, cuando hablo tranquila, la puerta se abre. La serenidad baja las defensas del otro y deja que el mensaje entre. La serenidad no sólo comunica: convence. Es como tener superpoder, pero sin capa.

Por eso la serenidad no es un lujo para mí. Es una herramienta de vida. Es como un faro: no quita la tormenta, pero me ayuda a no estrellarme contra la primera piedra. Es la capacidad de mantener un poquito de claridad por dentro aunque afuera todo esté patas arriba, como cuarto de adolescente. No me hace lenta; me hace lúcida. Me deja ver lo que importa sin que el ruido me arrastre como corriente de río crecido.

La amabilidad, por su parte, es un puente que yo decido tender. Un puente sencillo, cálido, que conecta. No es ser boba ni dejarme jorobar; es entender que cada quien carga su propio rollo, su propio drama, su propia novela turca. Ser amable es decidir no lanzar mis piedras, aunque a veces me pique la mano. Es una forma de inteligencia emocional que baja tensiones y abre caminos.

Y mi cerebro lo agradece. Cada gesto amable prende luces internas: dopamina, oxitocina, serotonina… un fiestón bioquímico. La amígdala se calma, la mente se aclara, el cuerpo respira. La amabilidad acomoda mi casa interna y la vuelve más vivible, como cuando uno por fin recoge ese cuarto que llevaba semanas gritándote.

La serenidad y la amabilidad juntas son mi brújula y mi timón. Una me da espacio; la otra me da dirección. La serenidad evita que yo reaccione desde la herida. La amabilidad me ayuda a responder desde la humanidad. Son herramientas que bajan el desgaste, abren puertas y me devuelven control sobre mí misma.

La rabia tiene razones, claro que sí.

Pero la serenidad tiene horizonte.

La amabilidad tiene puente.

La hostilidad tiene incendio.

Y la palabra tranquila tiene llave.

Cada día elijo —con gestos chiquitos, casi invisibles— qué tipo de vida quiero llevar. Si alimento el fuego o enciendo la lámpara. Si dejo que la rabia me desgaste o la transformo en algo que no me rompa. Razones para enfurecerme sobran. Razones para no vivir furiosa también.

 

soledadmorillobelloso@gmail.com

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba