Isabel Coixet: El poni melancólico

Todo comenzó con un pequeño poni rojo de veinte centímetros. Bordado con el optimista mensaje «El dinero llega», escrito en chino, el juguete se vendía por apenas 25 yuanes –unos 3 euros– en los puestos de Yiwu, la gran megápolis del comercio popular en el este de China, según informó el diario hongkonés The South China Morning Post.
El muñeco de peluche estaba destinado a celebrar el Año del Caballo, que arrancó oficialmente el 17 de febrero en el calendario lunar. Como ocurre cada año, esta ciudad fábrica del mundo inunda los mercados con juguetes protagonizados por el animal del Zodíaco chino de turno: colores chillones, formas redondeadas y esa sonrisa perpetua e inalterable que caracteriza a estos productos.
Nos identificamos con él porque todos hemos sido, alguna vez, ese poni: lanzados al mundo con un mensaje optimista y una expresión que cuenta una historia muy distinta
Pero, esta vez, algo salió mal en la cadena de montaje. Un descuido en el proceso de ensamblaje hizo que la boca del caballo quedara cosida al revés. La curva hacia arriba –la sonrisa esperada– se convirtió en una curva hacia abajo. De repente, el simpático poni no transmitía alegría ni prosperidad, sino una profunda y desconsolada melancolía mezclada con un toque de perplejidad.
Y fue precisamente ese gesto involuntario el que desató su éxito viral. Pero ¿por qué una mueca torcida en un juguete de 3 euros nos detiene, nos arranca una sonrisa o, incluso, nos emociona?
La respuesta tiene que ver con algo muy humano: la proyección. Las personas tendemos a buscar en los objetos un reflejo de nuestro propio estado interior. Es lo que los psicólogos llaman ‘pareidolia emocional’: la tendencia a leer expresiones y sentimientos allí donde técnicamente no los hay. Vemos una cara triste y, casi sin darnos cuenta, le prestamos nuestra tristeza. El poni no siente nada, pero nosotros sí. Y en su mueca encontramos un espejo inesperadamente honesto.
En un mundo donde las redes sociales imponen una estética de la felicidad obligatoria –viajes exóticos, amores perfectos, logros brillantes, sonrisas de catálogo–, ese caballo con la boca cosida al revés representa todo lo contrario. No finge. Simplemente está ahí, con su gesto triste y su bordado irónico de «El dinero llega» en el pecho, como diciendo lo que muchos piensan, pero pocos se atreven a exhibir.
Nos identificamos con él porque todos hemos sido, alguna vez, ese poni: lanzados al mundo con un mensaje optimista cosido encima y una expresión que cuenta una historia muy distinta. La brecha entre lo que se supone que debemos transmitir y lo que realmente sentimos es un territorio que conocemos bien. Y cuando lo vemos materializado en un juguete de feria, la reacción no es la lástima, sino el reconocimiento.
Un accidente de fábrica se convirtió así en el souvenir más humano del Año Nuevo chino. No a pesar de su tristeza, sino precisamente gracias a ella. Ya lo dijo el dúo Hidrogenesse en su himno: «No hay nada más triste»…