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Villasmil: Furia épica

Qué sectores pueden sufrir más la crisis tras los ataques a Irán

 

En la madrugada del sábado, Estados Unidos, junto con Israel, lanzó un ataque masivo contra Irán (Operación “Furia Épica”). Irán respondió con una represalia a gran escala en lo que es una guerra regional con ramificaciones mundiales. Sin duda, este es un momento que cambiará la historia.

En primer lugar, Estados Unidos e Israel han dejado claro que se trata de una guerra para cambiar el régimen. Y, como bien señala Richard Haass, ese es un objetivo político antes que militar.

Uno se pregunta entonces: Trump y Rubio afirmaron que las acciones en Venezuela no implicaban un cambio inmediato de régimen, porque ello significaba el uso de tropas terrestres; ¿el cambio de régimen en Irán no necesitaría asimismo un alto número -incluso mayor- de tropas terrestres?

Era predecible que Teherán utilizaría -como lo está haciendo- todos los medios a su alcance para contraatacar. Jamenei ha sido eliminado; sin duda un golpe trascendental, pero Jamenei, a pesar de su poder e importancia, no era todo el régimen.

¿Tienen Israel y Estados Unidos algún plan para “el día después”? El solo acto de bombardear Irán no creará automáticamente un régimen estable, si lo que se genera de entrada es un incierto y peligroso vacío de poder.

No existe, que se sepa, una oposición unificada; el hijo del Shah, desde el exterior se ofrece como nuevo monarca; existen movimientos de la sociedad civil, muy golpeados y perseguidos en las protestas recientes. ¿Y qué decir de la todopoderosa Guardia? ¿No habrá ambiciones de llevar al país a una dictadura militar al estilo de las que han abundado en la región?

Usando la famosa metáfora de Kissinger, si Occidente llama a Irán luego de la caída del régimen, ¿quién levantará el teléfono? ¿Hay alguien con quien firmar la paz, o un armisticio? ¿Podrá el nuevo liderazgo iraní controlar a Hezbolá, Hamas y a los Hutíes, o estos se declararán “agentes libres” y actuarán de forma autónoma?

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Esta es una guerra que cuenta con el apoyo de un amplio sector de la población iraní, ciudadanos que durante años han exigido un cambio y han visto cómo sus peticiones pacíficas eran respondidas con masacres y encarcelamientos. Dicho esto, el régimen cuenta también con el apoyo de una parte de los iraníes. Es fundamental destacar que disponen de un gran aparato de seguridad, una gran fuerza militar, que incluye al poderoso Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC), además de la milicia Basiji, matones que aterrorizan a la población.

Ahora bien, lo cierto es que este ataque de los EEUU a Irán comenzó en 2020, cuando el presidente Trump tomó la decisión de atacar al entonces general de división Qassim Suleimani, un líder militar iraní que planeó ataques contra ciudadanos y instalaciones estadounidenses en Oriente Medio. Desde su muerte, Irán no ha sido capaz de recuperar la coherencia y el propósito de las operaciones exitosas que dirigía el general Suleimani.

Esto me lleva a otro punto: es obvio que se puede argumentar con mucha fuerza que el régimen que ha gobernado Irán durante medio siglo es horroroso. ¿Pero por qué Trump no argumentó su ataque ante el congreso, y luego ante sus ciudadanos? Ha sido evidente por décadas el odio y agresividad permanente del régimen hacia los Estados Unidos.

Y esta confrontación viene de lejos: Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha de Irán (1941-1979), consolidó su poder absoluto con ayuda crucial de EE. UU. y el Reino Unido, destacando el golpe de estado de 1953 (Operación Ajax) organizado por la CIA y el MI6 para derrocar al primer ministro Mohammad Mosaddegh, quien había nacionalizado el petróleo, asegurando así, con Pahlavi, un aliado prooccidental en la región. Hasta que llegó la Revolución Islámica de 1979, obligando al Sha a huir de Irán y marcando el fin de su monarquía, con su posterior exilio y fallecimiento en 1980.

Más allá de la historia, y poniendo los pies en el hoy, una encuesta publicada el lunes 2 de marzo destaca que el 52 % de los estadounidenses se opone a los ataques, y dos tercios afirman que la administración Trump no ha explicado claramente los objetivos de la acción militar. 

Y la memoria histórica no miente: a Estados Unidos nunca le ha ido bien cuando ha tratado de involucrarse militarmente en Medio Oriente, con la excepción de la “Operación Tormenta en el Desierto”, con objetivos limitados (Kuwait, 1991). Cuando el objetivo era la estabilidad o la expansión de la democracia, la memoria histórica confirma que EE. UU. ha fallado sistemáticamente. Si el objetivo era proteger el flujo de petróleo o eliminar amenazas inmediatas, los resultados son más matizados, pero el precio pagado en vidas y recursos ha sido astronómico.

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Desde el Líbano hasta Yemen, y desde Siria hasta Irak (pasando por Argentina y los atentados en 1992 y 1994; el mayor ataque contra objetivos judíos ubicados fuera de Israel desde la Segunda Guerra Mundial), el régimen iraní ha armado, entrenado y financiado milicias terroristas que han empapado la tierra con sangre.

Es destacable que Irán haya optado por comenzar regionalizando inmediatamente la guerra y convirtiendo a sus vecinos en enemigos.

La represalia de Irán ha enfurecido a los países vecinos que podrían haberle ayudado a persuadir a Trump para que detuviera los ataques. Aunque Irán ha sido su rival, los ataques iraníes de represalia contra sus infraestructuras demuestran que un Irán «acorralado» es un riesgo sistémico. Un orden estable requeriría que estos países actúen como amortiguadores entre Occidente y Teherán.

El control de los recursos es fundamental. Un orden en la región será «estable» solo cuando, por ejemplo, el costo de bloquear el estrecho de Ormuz sea mayor para el régimen iraní (o sus sucesores) que el beneficio de permitir el comercio. Mientras el Estrecho de Ormuz sea un arma, la estabilidad será una ilusión.

Finalmente: ¿Por qué Trump ataca a Irán?

Bien lo señala Ángel Villarino, director adjunto del diario El Confidencial: las teorías que tratan de explicar las motivaciones de Trump para atacar Irán están interconectadas y no son excluyentes entre sí:

  1. A meses de las elecciones de mitad de periodo, Trump necesita un nuevo frente en el que logre una victoria convincente;
  2. Por otra parte, él no oculta que busca controlar el petróleo mundial. Y no porque EEUU “lo necesite”, en todo caso, China sí lo necesita (Irán es uno de sus proveedores). Por ello atacó Nigeria, atacó Venezuela y ahora ataca Irán. El control del régimen que administra el paso de Ormuz le daría una formidable ventaja estratégica sobre China.
  3. Un gran ganador sería su amigo Netanyahu, quien no solo enfrenta la perenne espada de Damocles de acusaciones de corrupción, sino que él también enfrenta elecciones en noviembre, y esta victoria le daría puntos internos.

Si usted suma todo lo anterior -poner un régimen amigo en Irán, mayor control del petróleo mundial, dominio, junto con Israel, de buena parte del Oriente Medio, intentar aislar a China en la región (pareciera que todos los caminos que Trump está “geopolíticamente” recorriendo conducen a China), y la guinda del asunto, llegar a las elecciones de noviembre con una gran victoria estratégica…

¿No suena todo muy bien? Pero la historia, y el pensamiento realista nos dicen que una cosa es decirlo y otra hacerlo.

Para la escuela realista, la «paz» no es la ausencia de conflictos o la armonía entre pueblos, sino la existencia de un equilibrio de poder. La paz tampoco se decreta unilateralmente.

¿Es posible conocer de antemano las posibilidades de un «orden estable» en el Medio Oriente luego del ataque de Israel y EEUU a Irán? ¿O seremos testigos de un caos en Irán, seguido de un colapso anárquico del equilibrio de fuerzas en el Medio Oriente?

 

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