2026: un proyecto de país para una transición democrática en Nicaragua
Construir una gran fuerza democrática que obligue al régimen a ceder y a salir, y elegir un liderazgo colectivo que camine junto al pueblo

Daniel Ortega y Rosario Murillo junto a su hijo Laureano, previo a un acto oficial en Managua, el 16 de febrero de 2026. | Foto: CCC
En el actual contexto de fragilidad del sistema dictatorial encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, y ante el creciente acorralamiento internacional que enfrenta, el tema de la transición política genera profundas inquietudes y exige una reflexión estratégica y responsable.
El escenario internacional impone una realidad cada vez más adversa para la dictadura. Rusia, China e Irán atraviesan coyunturas propias que concentran sus prioridades geopolíticas, lo que permite prever que ningún aliado estratégico acudirá al rescate del régimen nicaragüense. La dictadura asiste, paso a paso, a su propio cerco político y diplomático.
La transición: concepto y posibles rutas
La transición política hacia la democracia puede entenderse como el intervalo que media entre un régimen y otro: un proceso cuyo inicio puede identificarse, pero cuyo desenlace no siempre es previsible. La experiencia latinoamericana reconoce diversas modalidades: transición pactada, por colapso, controlada o impulsada por la movilización social, cada una con distintos grados de negociación, conflicto y participación ciudadana. A estas categorías cabe añadir la transición tutelada, semejante a la que hoy se observa en Venezuela.
En Nicaragua podrían configurarse varios escenarios. No es posible establecer certezas, pero sí proyectar tendencias a partir de las condiciones objetivas y subjetivas actuales. Los escenarios no siempre responden a nuestros deseos, sino a la correlación real de fuerzas en cada momento histórico.
Dado que el objetivo central del régimen es preservar el poder político y económico a cualquier costo, uno de los escenarios plausibles podría ser una combinación entre transición tutelada y pactada, producto de la convergencia de intereses entre actores externos, sectores del régimen y los poderes fácticos que lo sostienen.
Señales del régimen y presión internacional
En el estado actual de la situación, la dictadura ha enviado señales de aproximación táctica hacia Estados Unidos. Por un lado, intenta proyectar la imagen de que limita ciertas prácticas vinculadas al uso del país como ruta para el tráfico de personas; por otro, ha modificado el régimen carcelario de algunas personas presas políticas. Sin embargo, se desconoce si estos gestos han recibido respuesta positiva o si son percibidos como maniobras dilatorias. Todo indica que Estados Unidos mantiene e incluso incrementa la presión política dentro de una estrategia de disuasión.
Mientras tanto, algunos sectores de la oposición aspiran a un cambio inmediato y absoluto, en el que el régimen desaparezca de un día para otro. No obstante, siendo realistas, ello resulta improbable mientras la dictadura conserve el control del país mediante las armas y el terrorismo de Estado. Las transiciones cívicas y pacíficas requieren tiempo, construcción de fuerza social y una correlación favorable tanto interna como externamente.
Provocar la transición: responsabilidad histórica
Una transición basada en el principio del “nunca más” —nunca más pactos entre caudillos, componendas y traiciones donde el pueblo resulta el perdedor— no caerá del cielo ni será concedida por actores externos. Debe ser provocada, organizada y conquistada por la ciudadanía.
La experiencia de estos años demuestra que la unidad no es un fin en sí mismo. Cuando existen intereses irreconciliables, la unidad total no es posible, ni constituye por sí sola la solución a los desafíos de la oposición democrática. Sin embargo, la articulación estratégica en torno a objetivos comunes sigue siendo indispensable.
Si aspiramos a una transición auténticamente nacida del pueblo y de sus diversos sectores organizados, es ese mismo pueblo quien debe asumir un papel determinante. Ello implica reflexionar con honestidad sobre lo que no se ha hecho bien en estos casi ocho años, fortalecer lo que sí ha dado resultados y abrirse a nuevas formas de acción política. Si hoy el régimen muestra mayor vulnerabilidad, es gracias a la persistencia y resistencia de un pueblo que no se ha rendido, aun en medio de un terrorismo de Estado con alcances transnacionales.
Una gran fuerza política plural y un proyecto de país
En este momento histórico, donde cada minuto cuenta, lo más urgente es la creación de una gran fuerza política plural y concertada entre actores dispuestos a asumir esa responsabilidad, articulada en torno a un proyecto de país que unifique a la nación y obligue a la dictadura a abandonar el poder.
Este no es un momento electoral. Es un momento de construcción colectiva. En esta etapa deben confluir todos los actores sociales, económicos y políticos que crean firmemente en la posibilidad de transformar la historia. La competencia electoral —legítima en democracia— vendrá después. Hoy la prioridad es el entendimiento, no la fragmentación.
Durante estos años, quizás de buena fe, se ha evitado debatir sobre liderazgos capaces de orientar esta etapa junto al pueblo. Nadie desea regresar al pasado de caudillos autoproclamados, de mesianismos y de democracias reducidas a procesos electorales sin compromiso real con los territorios, los barrios o la Costa Caribe. Pero tampoco es responsable eludir la necesidad de liderazgos éticos, colectivos y comprometidos.
Liderazgo colectivo para una transición con justicia
Este es el momento de consensuar un proyecto político que devuelva al pueblo la esperanza de un cambio real. Es el momento de construir una gran fuerza democrática que obligue al régimen a ceder y a salir, y de elegir un liderazgo colectivo que camine junto al pueblo, no como vanguardia iluminada, sino como conducción compartida.
En medio del estado de terror, se requiere un liderazgo confiable y creíble, enfocado no en la competencia presidencial —aunque esta sea un derecho legítimo— sino en concentrar energías hoy dispersas en el objetivo común de poner fin a la dictadura. Liderazgos que brinden certeza sobre el rumbo de la transición y que generen confianza tanto en la ciudadanía como en la comunidad internacional.
El año 2026 es determinante. Cada día debe convertirse en una acción política concreta, reflexionada y articulada en el marco de ese Proyecto de País, para asegurar que la transición no sea un nuevo fracaso, sino un proceso firme hacia el no retorno al pasado.
La rebelión cívica de 2018 demostró que existe una fuerza política y social plural capaz de sacudir la historia. Aquella gesta no puede repetirse en las mismas condiciones, pero sí puede revitalizarse en una resistencia activa que combine protesta y propuesta.
Es tiempo de que las y los nicaragüenses asumamos plenamente la responsabilidad histórica con nuestro país. Sí podemos. Y es ahora.
