Galaxias Low Cost

Era inevitable la extensión a la carrera espacial de la polarización económica planetaria, cuya máxima expresión es el control de la gran superpotencia por un selecto y arrogante club de ultrabillonarios que exhibe su poderío mientras vastas colectividades intentan sobrevivir cada día dignamente. Y no sólo en las regiones que fueron siempre sinónimos de pobreza sino las clases medias de los países industrializados.
Si la competencia en el siglo 20 fue motivada por el prestigio político, la actual tiene una razón más simple: el dinero, con las compañías privadas y los grandes empresarios al timón; y puede considerarse una suerte que la temprana querella entre Elon Musk y el presidente Trump abriera una pausa en lo que amenazaba convertirse en tsunami incontenible hacia sectores estratégicos de la Administración estadounidense.
La NASA ha podido mientras tanto preservar el sitial que le granjeó laureles y sus expertos continúan asistiendo a foros científicos internacionales, la Unión Europea intenta superar el complejo histórico que le impide alzarse como una referencia respetable, y las potencias medianas agrupadas en los BRICS se afanan por desafiar el evidente propósito hegemónico de Washington, con iniciativas en el terreno económico y financiero y también en el salto a las galaxias.
Así lo indica un reportaje en los PNAS –Procedimientos de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos- sobre el efecto que ejerce en los países emergentes el programa espacial de la India, que los analistas califican de frugal y democratizador y ya goza de abolengo.
Porque la misión Mangalyaan orbitó Marte en 2013 a un costo siete veces menor que su rival estadounidense, y el cohete Chandrayaan-3 de alta robotización alunizó hace dos años cerca del polo sur con un presupuesto igualmente modesto. Y antes hubo el Chandrayaan-1 que estableció un mapa orbital y la misión integral de descenso y exploración del Chandrayaan-2, que sirvieron de soporte comunicacional a un bajo costo marginal.
Con el añadido de una filosofía diferente que privilegia el reciclaje de diseños ya probados y la colaboración con academias, grupos privados y agencias de otras naciones para reducir los riesgos inevitables en ese género de empresas y obviar obstáculos legales de transferencia tecnológica, licencias y fricciones geopolíticas como los que la agencia india enfrentó en el terreno de la criogenia a finales del siglo pasado.
Y no se trata de competir con proyectos rivales de envergadura como Artemis o MAVEN sino de bogar con recursos más limitados y objetivos más prácticos, en nada comparables a los hoteles de cinco estrellas con campos de golf que ya rumian los febriles cerebros de un jet-set asfixiado por la estrechez del globo.
Para arroparse hasta donde alcanza la cobija, como hubiera sugerido el Mohandas, sin menoscabo de operaciones costosas, como la misión tripulada Gaganyaan y una nueva generación de vehículos que tienen en cuenta la creciente congestión del espacio para evitar accidentes similares a los de nuestras carreteras.
En síntesis, se trata de una atractiva operación que han comenzado a adoptar agencias mejor fondeadas, como la misma NASA, cuyas faraónicas empresas obligan sin embargo a apretar el cinturón, y como el monitoreo del clima para prevenir inundaciones y sequías y planificar cosechas es recibido con beneplácito por la ONU y contratada por otros países, la India reportó en 2023 el lanzamiento de 424 satélites para clientes foráneos, en un plano contractual de mutuo beneficio.
Varsovia, marzo de 2026.




