Irán, un imperio de mentiras
Los ayatolás, de dudosa legitimidad, son notoriamente corruptos y su dictadura merece más el calificativo de oligarquía que el de teocracia

Irán no es una nación, no es un Estado y no es una República Islámica. La imagen de la teocracia de ayatolás es una distorsión de la realidad, mucho más compleja. Irán es heredero lejano del Imperio persa, es decir, una colección de pueblos y no una nación única y homogénea. Los persas propiamente dichos, que constituyen el núcleo de esta nación, solo representan un 50 por ciento. La otra mitad es una miríada de pueblos, entre los que destacan los azaríes, los baluchis, los kurdos, los turcomanos, los turcos y los armenios. Cada uno habla su propio idioma, y para la mitad de los iraníes la lengua materna no es el persa. Casi todos son musulmanes desde que los cristianos y los judíos fueron expulsados por Jomeini en 1979. Pero no todos practican el mismo islam: los persas son chiitas, muchos otros son sunitas o pertenecen a otras denominaciones musulmanas. El chiismo y Persia se solapan: esta disidencia religiosa (los chiitas esperan al mesías, mientras que los sunitas consideran que lo fue Mahoma) fue en realidad una reacción étnica contra los árabes para evitar su tutela y preservar los vestigios del antiguo Imperio persa.
Los ayatolás, una casta clerical desconocida en el mundo suní, son en realidad los descendientes de los sumos sacerdotes mazdeísta, la religión persa preislámica. ¿Cómo Persia se convirtió en Irán? Este cambio de nombre fue decidido por el primer soberano de la dinastía Pahlaví, en 1935. Reza Pahlaví, un oficial de origen modesto, derrocó a la antigua dinastía de los Qajar para ocupar su lugar: fascinado por el fascismo y el nazismo, cambió el nombre de su país por el de Irán, es decir, ‘tierra de origen de los arios’. Esto le daba, según él, una especie de anterioridad sobre el mundo occidental, que en aquella época estaba dominado por ideologías racistas.
Persia, que pasó a llamarse Irán, siempre estuvo gobernada por una monarquía autoritaria con el fin de mantener unidos a todos estos pueblos. Pero después de los Qajar la dinastía Pahlaví solo tuvo dos soberanos: Reza Shah Pahlaví (1925-1941) y a partir de 1941 su hijo, Mohamed Reza, cuyo reinado terminó con la revolución islamista de 1979. Para comprender la situación de los Pahlaví, que aspiran a volver al poder, hay que recordar que el segundo soberano de esta dinastía solo sucedió a su padre por voluntad de los estadounidenses, preocupados por una posible alianza de Mohamed Reza con Alemania: el padre fue destituido por la CIA, que instaló a su hijo en su lugar. Esta historia de los Pahlaví, en manos de Washington, merma enormemente la legitimidad del actual heredero, Reza Pahlaví, que vive en Estados Unidos.
Los ayatolás, de dudosa legitimidad –mitad paganos, mitad musulmanes–, son notoriamente corruptos y su dictadura merece más el calificativo de oligarquía que el de teocracia. De forma abusiva, en nombre del islam y a partir de 1979, los ayatolás confiscaron la mayoría de las empresas; hoy controlan el 30 por ciento de la economía iraní, y sin pagar ningún impuesto, del que están exentos. Los ayatolás también poseen la casi totalidad de las tierras cultivables: precisamente porque el Sha, en la década de 1960, quiso modernizar el país confiscando las tierras y redistribuyéndolas entre los campesinos pobres, los ayatolás se movilizaron, lo derrocaron, tomaron el poder y recuperaron sus tierras.
Esos mismos ayatolás, siempre bajo el pretexto del islam, impusieron el velo a las mujeres, que no es una tradición islámica, sino el resurgimiento de una costumbre persa, tal y como documentan los bajorrelieves de Persépolis. En aquella época, hace 2.000 años, el velo distinguía a las mujeres de la aristocracia. Desde 1979, este velo es un instrumento de control social que permite a los ayatolás imponer una dictadura patriarcal sobre la mitad de la población.
Así es Irán en toda su complejidad: una mezcla de pueblos, religiones y lenguas bajo la tutela de un poder central autoritario que, a lo largo del tiempo, ha reivindicado la Antigüedad persa o un islam heterodoxo. La antigua gloria del Imperio persa sin duda está en la mente de sus dirigentes (como la Gran Rusia con la que sueña Putin), lo que explica las incursiones de Irán en el mundo árabe, en el Líbano, Irak, Yemen y Palestina: la fantasía de reconstituir el Imperio por todos los medios, incluido el terrorismo.
¿Podemos imaginar un Irán futuro como un Estado normal que permanezca dentro de sus fronteras, sin sueños de conquista? En teoría, sería conveniente que fuera una república, la única forma de garantizar la coexistencia civil entre pueblos diversos sin que se destrocen entre sí y sin que sea necesario recurrir a la represión. ¿El regreso de los Pahlaví? Reza Pahlaví aspira a ello, pero es dudoso que pueda ejercer el poder por sí solo, ya que su legitimidad está en entredicho. ¿Qué pasaría con los ayatolás en una república? Esta no podría ser islámica, ya que el islam ha sido confiscado y pervertido por esos ayatolás. Por lo tanto, el Irán del futuro debería ser republicano, democrático y laico, sin llegar a prohibir la práctica de la religión chií (o no) por parte de quienes se profesan dicha fe.
En el momento de escribir estas líneas, es totalmente imposible predecir el resultado de la guerra ni la evolución del régimen. Para Trump y los israelíes, se trata ante todo de neutralizar la capacidad de daño de la ‘ayatolacracia’, sin preocuparse por el régimen que le suceda. Sabemos que Donald Trump no siente especial afecto por la democracia liberal, como demostró en Venezuela, donde prefirió negociar con la dictadura local y dejarla en el poder. Este es un escenario posible en Teherán. En el mundo árabe que rodea a Irán, tampoco es seguro que los dirigentes locales deseen que Irán se convierta en una democracia, un mal ejemplo para los emires del Golfo y de Arabia Saudí. Por lo tanto, no hay nada seguro, aunque cabe esperar, con cierta razón, que el futuro régimen sea menos sanguinario y menos megalómano que el que se derrumba, que respete la diversidad cultural y los derechos de las mujeres y que deje de fomentar acciones terroristas en todo Oriente Próximo, e incluso en Europa. Por último, nos preguntaremos si conviene o no condenar la intervención militar estadounidense-israelí en nombre del Derecho Internacional, tal y como repite el Gobierno español. Ciertamente, lamentamos que el Derecho Internacional sea una vez más pisoteado. Pero al menos es por una buena y justa causa, lo que se le ha escapado al angelical Pedro Sánchez.