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Llegó la hora

El camino recorrido en los últimos años ha sido muy negativo. El gobierno no supo cumplir adecuadamente la tarea que le encomendó la ciudadanía. La confianza se perdió y será necesario reconstruirla para devolverle la dignidad a la vida pública.

la moneda

 

Llegó la hora de enfrentar con claridad lo ocurrido en estos años y de preguntarnos cómo reconstruir la confianza perdida en el país.

“Ni error de tipeo ni llamado de Estados Unidos. Yo decidí dar de baja el cable chino”. Así lo señaló el Presidente saliente, Gabriel Boric. Es importante que esta situación se explique con profundidad y con el debido soporte técnico y legal, pues ha generado desconfianzas respecto de una política de Estado que involucra información estratégica para el país. Chile debió saberlo oportunamente y no a tres días de dejar el poder.

Hoy la desconfianza ciudadana alcanza niveles muy profundos. Se extiende sobre los partidos políticos, el Parlamento, la Justicia y el propio Estado. Cuando la confianza se deteriora de ese modo, no solo se debilitan las instituciones: también se resiente algo más íntimo, la dignidad de las personas.

La vida en común se sostiene en un tejido invisible hecho de palabras que se cumplen, gestos de lealtad y acuerdos implícitos que permiten convivir. Cuando ese tejido se rompe, todo se vuelve incierto. La existencia comienza a parecerse a un laberinto de sospechas, a un paso frágil sobre una cuerda sin red. Por eso confiar, aunque parezca sencillo, es en realidad uno de los actos más valientes y más indispensables para que una sociedad pueda sostenerse.

La palabra dignidad proviene del latín dignitas, que remite a excelencia, nobleza y valor. Lo indigno, en cambio, es privar a las personas de aquello que justamente merecen.

La decadencia comenzó a manifestarse con fuerza durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, quien además de reformas mal hechas incorporò al partido comunista dándoles cupos en el parlamento, sacrificando a algunos que luego de irse, fueron premiados con otro cargo. Octubre de 2019 marcó un punto de inflexión en la discusión pública sobre la llamada dignidad ciudadana. La confianza en nuestro país se quebró entonces, no solo internamente sino también en su imagen internacional. ¿Qué pasó con Chile? era la pregunta.

Algo profundo se quebró en la relación entre las instituciones y la ciudadanía.

Es importante decirlo con claridad. No es digno que se destruyan bienes públicos mientras los ciudadanos se quedan sin servicios. No es digno no poder salir con tranquilidad a la calle ni ver cómo los espacios públicos quedan tomados por delincuentes o por quienes viven fuera de la ley. No es digno no poder acceder a una vivienda adecuada ni a una salud pública oportuna en momentos críticos, y menos constatar que algunos se saltan las filas. Tampoco es digno que la educación carezca de calidad o esté marcada por la violencia. Ni lo es vivir sin la certeza de que los impuestos que pagan los ciudadanos, son bienes utilizados por el Estado.

La Constitución Política de la República de Chile consagra desde su primera línea un principio que suele olvidarse en el fragor del debate político: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. No es una frase retórica ni ornamental. Es la base de toda la arquitectura institucional del país. La dignidad de la persona humana es el límite del poder, el fundamento de los derechos y la razón última de la existencia del Estado, que, como también establece la Constitución, está al servicio de la persona y no al revés. Recordarlo no es un ejercicio académico: es volver al núcleo de la República, allí donde la libertad, el respeto y la responsabilidad pública encuentran su sentido más profundo.

Recuperar la dignidad supone también recuperar aquello que se ha ido perdiendo en la vida cotidiana del país: la calle, la seguridad, los barrios, los espacios comunes y sobre todo la esperanza.

Conviene además recordar un hecho elocuente. El único objetivo fiscal que logró cumplir el gobierno saliente fue el presupuesto heredado del gobierno de Sebastián Piñera. Las demás metas fiscales se fueron deteriorando con el tiempo, dejando graves problemas en las cuentas públicas. La seria alerta del Consejo Fiscal Autónomo lo dejan claro. Sería el colmo que quienes contribuyeron a deteriorar la situación fiscal del país, terminaran convocando a protestas por problemas sociales que ellos mismos ayudaron a agravar.

La dignidad no es una consigna ni una palabra que pueda apropiarse un sector político. Es una condición de la vida republicana. Exige instituciones que funcionen, autoridades responsables y también una cultura cívica que entienda que el poder es transitorio y que el adversario no es un enemigo.

Habrá que observar el comportamiento de la nueva oposición con una fracturada izquierda, que tal vez se una por la conciencia del fracaso. ¿Se estarán preparando para colaborar, como proponía Humberto Maturana, entendiendo la política como un espacio de coordinación y cooperación? ¿O prevalecerá la tentación de oponerse y obstruir?

¿Será la rabia y la ira lo que los guíe en esta nueva etapa, después de irse no solo con la coalición fracturada, sino también dejando al país en circunstancias muy difíciles para la gente?

La candidata comunista Jeannette Jara declaraba representar a la centroizquierda. Esa definición no fue una convicción, sino simplemente una etiqueta circunstancial. La izquierda chilena entró en contradicciones profundas al mirar hacia otro lado durante la crisis de violencia de octubre, al punto de llevar a la llamada “primera línea” de violentos al Congreso y homenajearlos. El Presidente Boric indultó a varios de ellos, incluso con graves antecedentes delictivos, y a muchos se les otorgaron pensiones de gracia que todos los ciudadanos pagan con sus impuestos.

La llamada “zona cero” quedó devastada: iglesias, universidades, negocios, hoteles y centros culturales fueron quemados. También numerosas estaciones de Metro, el medio de transporte más utilizado por los trabajadores. Indigno. La violencia nunca fue un camino hacia la dignidad; fue su negación.

Promovieron además, los dañinos retiros de pensiones y finalmente no solo apoyaron la propuesta constitucional de 2022, sino que hicieron campaña por aprobar un texto que habría desarmado institucionalmente a Chile.

Vale preguntarse si ahora, desde la oposición, volverán las pulsiones refundacionales. ¿Intentarán nuevamente presionar desde la calle lo que no obtuvieron en las urnas? ¿Pensarán y reflexionarán acerca del daño causado y de la distancia que tomaron respecto de la ciudadanía, al refugiarse en teorías identitarias llenas de contradicciones y en un discurso vacío, cada vez más lejano de las necesidades reales de las personas?

Este próximo miércoles 11 de marzo comienza una nueva etapa para Chile. Asumirá como Presidente de la República José Antonio Kast, con una amplia y transversal representación en su equipo de gobierno para enfrentar el enorme desafío de recuperar nuestro país y devolverle a la gente la dignidad que siente perdida.

Es un desafío mayor. Muchos ciudadanos esperan recuperar lo que se ha deteriorado: perder el miedo y volver a sentir que existe un futuro promisorio para todos. Una gran responsabilidad de hacer las cosas bien, sin conflictos de intereses, con generosidad y sabiduría.

Chile ha perdido rumbo y, junto con el rumbo, también parte de su dignidad cívica. Recuperarla no será tarea de un solo gobierno ni de un solo sector político. Detrás de cada decisión pública hay familias, barrios y vidas concretas. Será necesario dejar de lado las disputas estériles y reconstruir la sana convivencia.

El gobierno que comienza tiene por delante una tarea titánica. Recibe un país desfinanciado, con graves problemas sociales, económicos y fiscales, con una crisis de seguridad y el avance del crimen organizado, una educación deteriorada, dificultades en salud, retrasos en la reconstrucción y un déficit significativo de viviendas.

Se requiere un gobierno con los mejores. Los cupos deben quedar atrás. Deberá enfrentar gremios complejos en educación y en muchas otras áreas, lo que exigirá personas maduras, con templanza y con la capacidad de conducir situaciones muy difíciles.

A ello se suma la situación geopolítica internacional y las decisiones que Chile deberá adoptar en ese contexto, junto con los impactos que las guerras en curso ya están generando en nuestra alicaída economía.

El camino recorrido en los últimos años ha sido muy negativo. El gobierno no supo cumplir adecuadamente la tarea que le encomendó la ciudadanía. La confianza se perdió y será necesario reconstruirla para devolverle la dignidad a la vida pública.

Y lo que comienza será tarea de todos. De quienes se van y de quienes entran. La unidad es fundamental para recuperar el país y la calidad de vida que merecen quienes habitan esta maravillosa tierra.

Como decía Karl Popper:

“El futuro está abierto. Depende de nosotros, de todos nosotros».

 

 

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