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Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años

La editorial Suhrkamp ha informado del fallecimiento citando a la familia

Las mil polémicas de Jürgen Habermas: del legado nazi al guiño a la Rusia de Putin | Papel

 

Divulgador de un nuevo patriotismo constitucional y posnacional, reinvidicador de una ética del discurso y un espíritu moderno, el filósofo alemán Jürgen Habermas ha fallecido en su casa de Starnberg (Baviera) a los 96 años, según comunicó su editorial, Suhrkamp Verlag.

Depositó sus esperanzas en el poder ilustrador de la razón pública, pero en sus últimas declaraciones públicas retomó el tono pesimista de sus primeras publicaciones. Nacido en 1929 en el seno de una familia de clase media, su padre era director general de la Cámara de Industria y Comercio de Colonia y su abuelo, teólogo. Estuvo a punto de ser reclutado por la Wehrmacht y persistió en él el temor a que esta República Federal, que mantenía una continuidad social con los años 1933-1945, no fuera inmune a volver sobre sus pasos.

Habermas irrumpió en 1953 en la escena pública, todavía estudiante, reseñando la «Introducción a la metafísica» de Martin Heidegger, un texto que se había presentado como conferencia al inicio del régimen nazi. Pero lo que parecía una simple reseña se convirtió en una intervención pública, con repercusiones en la relación entre política y filosofía. Heidegger no había eliminado la frase «verdad interior y grandeza» del movimiento nazi de la versión publicada. Habermas aprovechó este hecho para luchar contra lo que consideraba la «continua rehabilitación» de la dictadura nazi en la esfera pública alemana, dejando ya entrever algunas de las características que más tarde le definirían como intelectual: su aguda percepción de lo que permanece tácito y debe salir a la luz para poder ser objeto de debate político; su sensibilidad hacia el inconsciente político del público alemán; su insistencia en la crítica y la clarificación allí donde, de otro modo, amenaza con una regresión política.

Durante su doctorado en filosofía en Bonn, una pasantía en Fráncfort con Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, y su habilitación en Marburgo con Wolfgang Abendroth, el joven Habermas mantuvo inicialmente una postura pesimista en su trabajo académico. Tras la ahora famosa expresión «cambio estructural» subyacía un diagnóstico de decadencia: la esfera pública burguesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX, si bien exclusiva, se basaba en principios racionales y se había transformado gradualmente en una esfera pública de masas, en la que la prensa, en su afán por alcanzar popularidad e ingresos, predeterminaba el debate público.

La tesis de habilitación de Habermas consolidó definitivamente su prestigio académico: «La transformación estructural de la esfera pública» se incorporó rápidamente al canon de las ciencias sociales y las humanidades alemanas y, poco después, internacionales. La estrecha conexión entre cuestiones filosóficas, sociológicas e históricas que revelaba en ella se mantuvo como su sello distintivo y, con el paso de los años, fue identificado como un intelectual de la izquierda política, incluso después de su ruptura con el movimiento estudiantil, al que acusó de coquetear peligrosamente con el estado de excepción y la violencia política.

La distancia con Fráncfort también aumentó: en 1971 se trasladó a Starnberg para dirigir el Instituto Max Planck para el Estudio de las Condiciones de Vida en el Mundo Científico-Técnico. En 1981 publicó su obra preliminar más importante, «La teoría de la acción comunicativa», un proyecto filosófico y sociológico de gran envergadura que buscaba hacer accesibles a la justificación racional las cuestiones de verdad y normatividad en el concepto de «acción comunicativa». Su enfoque crítico se permitió entonces una visión más constructiva de lo posible y lo deseable, de las oportunidades democráticas inherentes a la Ley Fundamental alemana.

En su tercera obra principal, ‘Entre hechos y normas’ (1992), aplicó el paradigma que había desarrollado directamente a la vida política: según Habermas, la calidad de la democracia ya no estaba garantizada por la soberanía popular ni por el funcionamiento legal de las instituciones, sino que debía establecer la racionalidad de la legislación, la economía y la administración frente a la resistencia del mercado y la burocracia.

En el llamado «Debate de los Historiadores’, se opuso vehementemente a las «tendencias apologéticas» que percibía en la historiografía de figuras como Ernst Nolte, Michael Stürmer y Klaus Hildebrand. Sostenía que la singularidad de los crímenes nazis no debía relativizarse mediante ninguna comparación con las atrocidades del estalinismo, y mucho menos vincularse causalmente con ellas.

Y tras su jubilación siguió sentando cátedra en los periódicos alemanes sobre las grandes cuestiones políticas, cayendo de nuevo progresivamente en el pesimismo. Su ‘Historia de la filosofía’ en dos volúmenes recorre con erudición más de dos mil años de debate en la filosofía occidental siguiendo el hilo conductor que él mismo planteó: la cuestión de la fe y el conocimiento. En este contexto tuvo lugar el debate con Joseph Ratzinger, después Benedicto XVI, organizado por la Academia Católica de Baviera en enero de 2004, el encuentro de dos mentes inconmensurables que partían de cosmovisiones diferentes, no complementarias, y que entrecruzaron certezas en un cruce de inteligencia que marcó sin duda el pensamiento de principios del siglo XXI.

 

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