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Trump no está preparado para lo que inició en Cuba

Un hombre en bicicleta en una calle por lo demás vacía.

Un hombre en bicicleta en una calle por lo demás vacía. Credit…Ramon Espinosa/Associated Press

 

Christopher Sabatini y 

Sabatini es un experto en América Latina. Hansing, antropóloga, ha pasado las últimas tres décadas investigando sobre raza, migración y desigualdad en Cuba.

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Después de que el gobierno de Donald Trump capturara al presidente Nicolás Maduro en Venezuela y en medio de la campaña de bombardeos de Estados Unidos en Irán, pronto podría ser el turno de Cuba.

A menos de dos meses desde que impuso un bloqueo petrolero feroz al país para maximizar la presión sobre su gobierno, el presidente Trump se jacta ahora de que el régimen cubano está al borde del colapso y de que sus dirigentes quieren “hacer un trato”.

Al igual que en el caso de Irán, la atención de Trump hacia Cuba parece estar impulsada por la facilidad percibida en la operación de Venezuela, en la que la captura de Maduro propició la rápida aparición de una socia más complaciente, Delcy Rodríguez. Pero el presidente parece carecer de una visión clara para una intervención en Cuba: recientemente ha planteado opciones que incluyen una toma de poder amistosa, una “liberación” o, según informes recientes, una liberalización económica sin un cambio total de régimen.

Cualquier resolución que se forje en el actual enfrentamiento entre Washington y La Habana corre el riesgo de ser una victoria vacía, que solo ofrezca un respiro temporal a los cubanos y un logro efímero a un gobierno de Estados Unidos que aún tiene que definir qué aspecto tiene el éxito duradero en Cuba. Una presión continuada sobre el país caribeño que tenga como objetivo la destrucción del Estado podría derivar en caos y quizás incluso una nueva crisis de refugiados. Un acuerdo que se limite a una liberalización económica gestionada podría ofrecer una breve victoria diplomática, pero lo más probable es que cerrara la posibilidad de una apertura política real.

Aun así, la catástrofe en Cuba no es una conclusión inevitable. También representa una oportunidad: la posibilidad de un compromiso internacional más amplio que podría evitar un desastre inminente.

Por más de medio siglo, Estados Unidos ha mantenido un embargo sobre Cuba. Aunque su teoría del cambio político para la nación isleña nunca estuvo clara, es de suponer que su objetivo era obligar al gobierno comunista de Cuba a rendirse o desencadenar un levantamiento popular masivo que lo derrocara. Pero, como demuestran los casos de Irán, Venezuela y Cuba, las sanciones rara vez derriban sistemas autoritarios arraigados, que utilizan las amenazas externas para justificar la represión interna y consolidar su control sobre unos recursos cada vez más escasos.

Este año, sin embargo, el gobierno de Trump decidió apretar aún más las tuercas a La Habana al bloquear los envíos de petróleo al país. Sin embargo, en lugar de provocar la caída del gobierno, la medida solo ha sumido al país en una grave crisis humanitaria. Ante el agotamiento de las reservas de petróleo de Cuba, los cortes de electricidad de hasta 20 horas se han convertido en algo normal. La falta de acceso al combustible está paralizando el transporte y el turismo, ha alterado los horarios laborales y escolares, ha aumentado la escasez de alimentos y sus precios, ha devastado un sistema del cuidado de la salud ya debilitado y ha obligado a la mayoría de la población a enfocarse en las tareas básicas y existenciales de la sobrevivencia diaria.

Sin embargo, el régimen sigue vivo. Sesenta y siete años después de la revolución que llevó a Fidel Castro al poder, el gobierno cubano sobrevive gracias a su asfixiante control de la sociedad y la economía del país. Incluso en plena emergencia, el Estado cubano y sus dirigentes permanecen relativamente alineados y políticamente consolidados, tras haber construido una arraigada mentalidad de asedio a lo largo de décadas de enfrentamiento con su vecino del norte.

La consistencia y la lealtad dentro del aparato estatal cubano impiden el tipo de operación que llevó a Maduro y a su esposa a una cárcel de Brooklyn. No hay una persona a la que eliminar, ni un suplente obediente esperando entre bastidores para sustituirlo. Una campaña de bombardeos aéreos como la que se está produciendo en Irán probablemente solo crearía un vacío de poder y agravaría la desesperación en la isla.

Los informes de que el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha participado en conversaciones entre bastidores con el nieto de 41 años de Raúl Castro señalan una trayectoria inesperada, y poco propicia. De ser ciertas, estas conversaciones parecen encaminarse hacia una modesta remodelación del gobierno y un acuerdo para algunas reformas económicas.

El decrépito modelo económico estatal de Cuba ha fracasado. Pero una apertura que inyecte incentivos de mercado sin cambios políticos no proporcionará la seguridad y previsibilidad que necesitan un sector privado emergente y los inversores extranjeros. (También se parece sorprendentemente a la política hacia Cuba del expresidente Barack Obama, quien, mediante su modesta liberalización del embargo, intentó ampliar y potenciar el sector económico independiente de Cuba e introducir liquidez en el mercado impulsando el turismo). También es improbable que tales concesiones sean aceptadas por muchos miembros de la políticamente poderosa comunidad cubanoestadounidense, quienes llevan mucho tiempo abogando por un cambio total del régimen.

Todavía existe la oportunidad de un aterrizaje más suave que podría aliviar las dolencias de los cubanos y allanar el camino para una transición política y económica más estable y pacífica. Pero para ello es necesario que Washington se coordine con sus aliados en el hemisferio occidental y en Europa.

El primer paso sería trabajar con otros actores internacionales interesados en el futuro de Cuba para organizar una campaña conjunta de ayuda humanitaria. El gobierno de Trump parece reconocer la gravedad de la crisis en Cuba, pero canalizar la ayuda a través de la Iglesia católica o del sector privado, opciones que la Casa Blanca propone para eludir los canales estatales, es insuficiente para satisfacer las necesidades de la población.

La segunda implica establecer conversaciones formales entre el gobierno estadounidense, el gobierno cubano y la diáspora cubana. Estas negociaciones deberían incluir a representantes de Europa, Canadá, América Latina y el Vaticano, quienes podrían actuar como árbitros neutrales y proporcionar las garantías institucionales que ni Washington ni La Habana confían actualmente en que la otra parte mantenga. Estas representaciones podrían guiar un proceso de conversaciones significativas para impulsar la protección de los derechos humanos, una desescalada gradual del embargo y un auténtico pluralismo político.

Si las condiciones sobre el terreno siguen empeorando, Cuba podría caer pronto en el caos. Junto con una mayor represión estatal, esto podría provocar una crisis de refugiados que haría que el éxodo del Mariel de 1980, en el que unos 125.000 cubanos huyeron a Estados Unidos, pareciera pequeño en comparación. También podría motivar a los miembros de la diáspora cubana a tomar medidas por su cuenta, ya sea mediante la violencia o mediante modelos inciertos y quiméricos de cambio de régimen.

Ese impulso tuvo un final trágico hace poco, cuando un grupo de 10 personas, entre ellas al menos un ciudadano estadounidense, fue interceptado en aguas cubanas, tras haber zarpado de Florida armados hasta los dientes en un aparente intento de sembrar inestabilidad en la isla. Otros intentos de este tipo podrían obligar a Estados Unidos a intervenir militarmente para defender la vida de los estadounidenses.

Todavía existe, al menos por ahora, una ventana en la que el mundo puede desactivar las consecuencias del cruel e imprudente aventurismo de Washington. A los espectadores, a los votantes estadounidenses y, sobre todo, a los ciudadanos cubanos, que llevan mucho tiempo sufriendo, solo les queda tener esperanza.

 

 

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