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La derecha de ruptura y la derecha de restauración

Argentina eligió a Milei para reconstruir un orden económico que había dejado de existir. Chile eligió a Kast para restablecer autoridad política dentro de un orden que, aunque tensionado, no se había derrumbado.

Derecha

 

El miércoles 11 de marzo, Javier Milei llegó tarde a la asunción de José Antonio Kast en Valparaíso. Venía de Nueva York, donde había pasado los días anteriores reuniéndose con inversores y ejecutivos de Wall Street, incluido el CEO de JP Morgan. La reunión bilateral agendada para las nueve de la mañana en Cerro Castillo fue cancelada por “demoras en los vuelos”. Milei llegó directo al Congreso, abrazó al nuevo presidente chileno con la efusión que lo caracteriza, y a las tres de la tarde ya estaba en el aire rumbo a Buenos Aires. El jueves voló a Madrid, donde participa del Foro Económico en el Palacio de Vistalegre.

Vale la pena sostener esa secuencia un momento antes de hablar de ejes, eras y bloques regionales. Un líder que considera estar construyendo con otro una alianza estratégica de época no llega tarde a su asunción ni parte a otro evento rápidamente. Milei interrumpió una gira para hacer un gesto, y luego continuó la gira. Eso no invalida la afinidad entre ambos —que es real y tiene raíces ideológicas profundas— pero la calibra. Y calibrarla no es escepticismo: es la obligación intelectual de quienes no quieren que un proyecto político serio naufrague por exceso de épica y déficit de gobierno.

Dos derechas, dos funciones históricas

Se habla de una nueva era en el Cono Sur. La fórmula es atractiva, pero conviene examinarla antes de convertirla en diagnóstico.

Milei y Kast no son el mismo fenómeno político. Representan dos variantes distintas de la nueva derecha latinoamericana: una derecha de ruptura y una derecha de restauración. El primero llegó al poder para desarmar un orden económico colapsado. El segundo llega para restablecer autoridad política dentro de un modelo que tiene muchos problemas, aunque todavía funciona. Esa diferencia importa más que cualquier fotografía.

Milei llegó al poder cuando Argentina atravesaba una crisis de proporciones extraordinarias: inflación superior al 200% anual, pobreza disparada, un Banco Central exhausto y una sociedad que había perdido la fe en la capacidad del Estado para administrar lo básico. En ese escenario la disrupción no era una opción estética sino la única respuesta creíble a una emergencia. Milei fue elegido para romper un ciclo de decadencia, y su gobierno actuó en consecuencia.

Kast asume en un país radicalmente distinto al de la Argentina de 2023, pero no sin problemas económicos propios —y esa distinción importa para entender el mandato real que recibe. Chile conserva disciplina fiscal relativa, inflación moderada y Banco Central autónomo. Pero hace más de una década que su economía dejó de crecer a un ritmo que transforme vidas. Entre 2014 y 2023, la economía chilena creció en promedio apenas un 1,9% anual, contra el 4,8% de la década anterior. El Banco Central proyecta un crecimiento tendencial de solo 1,8% anual para el período 2025–2034. La productividad se encuentra aún por debajo de su nivel prepandemia: hay más trabajadores y más capital que en 2019, pero el PIB real creció proporcionalmente mucho menos, lo que evidencia que los recursos se utilizan con menor eficiencia. Ese deterioro no es accidental. Es el resultado acumulado de dos décadas de reformas que movieron la aguja en la dirección equivocada: aumentos de carga tributaria corporativa que encarecieron el costo del capital y desincentivaron la inversión, expansión del gasto público sin correlato en productividad, modificaciones al sistema de seguridad social que introdujeron incertidumbre y costo laboral adicional, y una sucesión de señales regulatorias que erosionaron la confianza empresarial. La reforma tributaria de 2014 buscaba recaudar tres puntos del PIB; no llegó a 1,5%. Pero sí coincidió con el quiebre del ciclo de crecimiento: la deuda pública pasó de 15% a más de 41% del PIB en una década, y el país nunca recuperó el dinamismo anterior. Chile no colapsó. Pero dejó de progresar. Y una sociedad que deja de progresar acumula frustración, aunque sus indicadores macroeconómicos sigan en orden. Los problemas que impulsaron el cambio político son los más visibles —deterioro del orden público, crimen organizado, migración irregular— pero debajo de ellos late también una pérdida de horizonte económico. Kast no llega a gobernar un país sano. Llega a gobernar uno que todavía funciona pero que, por decisiones propias y acumuladas, hace tiempo dejó de avanzar.

Argentina eligió a Milei para reconstruir un orden económico que había dejado de existir. Chile eligió a Kast para restablecer autoridad política dentro de un orden que, aunque tensionado, no se había derrumbado. Uno irrumpe porque casi no queda nada que preservar. El otro gobierna porque todavía hay algo que defender antes de que se pierda.

La tentación de gobernar sin reformar

De esa diferencia se desprende una advertencia concreta que la historia chilena reciente ilustra con precisión.

Sebastián Piñera gobernó dos veces con el modelo económico funcionando a su favor. Tenía mandato político para profundizar reformas que el modelo demandaba: desregulación, apertura, modernización del Estado. En lugar de eso administró sin reformar, cedió terreno en la narrativa cultural y llegó al estallido de 2019 sin haber construido ningún relato ni arquitectura de políticas capaz de oponer al descontento. El modelo sobrevivió, pero el gobierno que debía defenderlo no supo hacerlo.

Kast puede incorporar el clima moral del mileísmo —énfasis en el orden, autoridad estatal, apertura al mundo— sin heredar el colapso que justificó las medidas más drásticas de Milei. Pero esa diferencia de punto de partida no equivale a comodidad: Chile tiene su propio déficit acumulado de reformas postergadas. La tentación que acecha a cualquier derecha restauradora es la misma de siempre: apropiarse del símbolo liberal sin asumir la disciplina reformista que lo sostiene.

Reformas económicas y tiempos políticos

La experiencia argentina, además, plantea una pregunta que ningún gobierno reformista en la región puede eludir. La estabilización macroeconómica de Milei constituye un logro significativo: la inflación descendió desde niveles que volvían inviable cualquier horizonte de cálculo, el déficit fue corregido, parte de la confianza de los mercados regresó. Sin embargo, toda estabilización enfrenta una segunda prueba, más compleja que la primera: traducirse en crecimiento sostenido y mejora tangible en el nivel de vida.

El orden macroeconómico es condición necesaria para el crecimiento real, pero no es condición suficiente ni automática. La economía argentina muestra signos de estancamiento desde 2025. Los salarios reales recuperaron sólo una parte del terreno perdido. Goldman Sachs hablaba en octubre de “condiciones financieras ajustadas y sentimiento débil”. El gobernador de Santa Fe, aliado político de Milei, declaró esta semana que “el modelo tiene que cambiar” y que “la gente no llega a fin de mes”. Cuando ese tránsito de la estabilización al bienestar se demora demasiado, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político: no fracasan las ideas, sino el tiempo disponible para que esas ideas produzcan resultados visibles. Eso es lo que Kast debe observar en el espejo argentino —no para imitarlo, sino para no repetir sus demoras. Y tiene además un problema propio: el estancamiento chileno no espera. No requiere ruptura, pero sí reformas reales. La pregunta no es si Chile necesita cambios, sino si el nuevo gobierno tiene la voluntad y la coalición para ejecutarlos.

Latinoamérica en la disputa Estados Unidos-China

Hay una dimensión del vínculo entre ambos mandatarios que ancla todo esto en consecuencias más concretas: la geopolítica. Y es precisamente aquí donde la distinción entre ruptura y restauración revela su mayor potencia analítica.

América Latina ha recuperado relevancia estratégica en el marco de la competencia global entre Estados Unidos y China. Minerales como el litio y el cobre, la infraestructura digital y las rutas marítimas han devuelto a la región al centro de una disputa que durante años pareció concentrarse en otras partes. En ese escenario, Chile y Argentina son dos de los nodos más importantes del Pacífico y el Atlántico sur respectivamente.

El debate en torno al cable submarino con China reveló hasta qué punto las decisiones de infraestructura son también estratégicas. Kast abruptamente puso fin al proceso de transición tras ese conflicto con Boric. Llega al gobierno con una orientación deliberadamente más cercana a Washington. Milei declaró ante el Congreso argentino en marzo que quiere convertir la alianza con Estados Unidos en “política de Estado” y señaló al Atlántico Sur como “el terreno de disputa estratégica de las próximas décadas”. Dos derechas distintas, dos funciones históricas distintas, pero convergiendo en una misma reorientación geopolítica.

Lo que empieza a insinuarse no es un eje bilateral, sino que una convergencia más amplia en la región: varios gobiernos latinoamericanos —Milei, Kast, Bukele, Noboa, y eventualmente Brasil si las elecciones de octubre confirman las tendencias actuales —reorientándose con mayor claridad hacia el campo occidental en un momento de competencia global que no admite neutralidad cómoda. El cemento de esa convergencia no es la batalla cultural ni el modelo económico en sentido estrecho: es la seguridad y el control territorial, el crecimiento económico y la claridad estratégica frente a China. Ese sí es un proyecto con consecuencias reales y potencialmente duraderas.

Del símbolo al gobierno

La cuestión decisiva, entonces, no es si Milei y Kast deben construir una arquitectura común. No la necesitan: cada uno tiene su país que gobernar, sus reformas que ejecutar, sus instituciones que fortalecer. La integración real entre economías vecinas no la producen los gobiernos mediante declaraciones conjuntas sino los privados mediante contratos, inversiones y comercio —y para eso basta con que cada uno gobierne bien según sus propios destinos.

La verdadera pregunta es si esa visión compartida puede traducirse en políticas que funcionen dentro de cada frontera: en coaliciones que resistan, en instituciones que perduren más allá del liderazgo personal de quienes las impulsan, en resultados concretos que justifiquen ante sus sociedades el costo del cambio.

Milei se encuentra en medio de esa prueba. Logró estabilizar una economía que muchos consideraban ingobernable. Le falta todavía lo más difícil: transformar esa estabilización en bienestar perceptible para quienes la sostuvieron con su voto y con su sacrificio. Kast recién comienza. Tiene el viento geopolítico a favor, un mandato electoral claro y un país con instituciones más sólidas que las argentinas. Tiene también una sociedad que le perdonará poco si el crimen persiste, si la frontera sigue siendo un colador y si la promesa de orden se queda en las palabras.

El abrazo en Valparaíso fue una imagen poderosa. Pero las imágenes no gobiernan. Gobiernan las políticas que funcionan, las coaliciones que resisten y las instituciones que sobreviven a quienes las crean.

El verdadero desafío de esta nueva derecha no será producir símbolos. Será pasar del símbolo al gobierno.

 

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