¿Hacia dónde nos arrastran en el golfo?
No sabemos en qué pensaba Trump cuando se dejó arrastrar por los intereses israelíes el 28 de febrero. ¿El objetivo político era un cambio de régimen? ¿La destrucción de sus capacidades nucleares? ¿Alentar el levantamiento de su población para un nuevo pacto político? Lo grave es que las señales son contradictorias.

No tengo idea qué va a ocurrir en el golfo Pérsico en las próximas semanas, cuándo acabará esta pesadilla y cuáles serán sus secuelas. Después de tres semanas de hostilidades EE.UU. e Israel aniquilaron las capacidades aéreas, navales y balísticas de Irán, pero no han ganado la guerra. El triunfo se decide en el terreno y en la claridad de objetivos políticos, y ahí no veo definiciones.
No sabemos en qué pensaba Trump cuando se dejó arrastrar por los intereses israelíes el 28 de febrero. ¿El objetivo político era un cambio de régimen? ¿La destrucción de sus capacidades nucleares? ¿La aniquilación de la amenaza militar iraní para favorecer a Israel y a los Estados árabes? ¿Alentar el levantamiento de su población para un nuevo pacto político? ¿Colocar a alguien afín para evitar un vacío de poder? ¿Levantar una figura de la oposición capaz de detener al poderoso chiismo religioso? Nada sabemos, pero lo grave es que las señales son contradictorias.
EE.UU. tampoco controla el estrecho de Ormuz, un desafío histórico que tiene bloqueado el abastecimiento de un 20 a 25% del total del gas y petróleo que necesita el mundo, y sus innumerables derivados. La posibilidad de actuar con fuerzas navales de países aliados en ese lugar terminó en un fracaso. La frase “no es nuestra guerra” pronunciada por los europeos sonó a un portazo en las narices de Trump, y es la misma que podría usar Washington para desentenderse del conflicto ucraniano y, eventualmente, reducir la participación norteamericana en la OTAN.
Mientras el tiempo pasa, EE.UU. va entrando de a poco en una peligrosa disyuntiva entre la retórica del triunfo para salirse del avispero; o la huida hacia adelante desplegando tropas en las orillas de Ormuz, y detener los ataques que, con poca infraestructura militar pueden emprender grupos de guerrilleros contra los buques que quieran cruzar el estrecho.
Lyndon Johnson, Presidente norteamericano entre 1963 y 1969, ensayó el recurso de la “victoria anticipada” sobre Vietnam del Norte en 1967, presionado por los crecientes sentimientos pacifistas del norteamericano medio, y también por las elecciones generales del año siguiente. Para estos efectos, quiso convencer a sus conciudadanos que el triunfo estaba a la vuelta de la esquina y trajo desde Vietnam al general William Westmoreland para demostrar con cifras que la paz estaba cerca. A fines de enero de 1968 las fuerzas enemigas echaron por tierra los cálculos optimistas de Johnson y Westmoreland con la “Ofensiva del Tet”, que consistió en más de cien ataques coordinados en todo Vietnam del Sur, asaltando incluso la embajada norteamericana en Saigón. De más está decir que el “Tet” sepultó las posibilidades políticas de Johnson y la guerra continuó hasta 1975.
Por otro lado, para EE.UU. desplegar tropas propias en tierra es sumamente riesgoso. Hace años el Vietcong y los talibanes les mostraron el precio de esta aventura. Políticamente, es poco digerible para su opinión pública, menos cuando aparezca el costo humano de la guerra y resurjan las imágenes de retiradas ominosas infligidas por grupos inferiores en lo militar y lo tecnológico. Los insurgentes usaron el factor tiempo, el manejo de las relaciones externas de apoyo, el conocimiento del terreno y la fuerza moral detrás de la expulsión del “infiel”. ¿Es diferente la situación ahora? Armar grupos rebeldes para esta tarea tampoco resulta fácil, porque Ormuz no es su terreno y tarde o temprano esas fuerzas reclamarán el fraccionamiento de Irán.
Lo anterior no quiere decir que los persas tengan posibilidades de ganar este pulso, aunque la prolongación del conflicto actúa más a su favor. Con el tiempo esperan rearmar su destruido aparato político y represor. Tal vez confían que la recuperación de los ingresos económicos de Putin ayuden a su aliado a intensificar la guerra en Ucrania, para luego apoyar a Teherán. Sin embargo, que se sepa, no han logrado ganarse el favor ciudadano detrás de una causa nacional y la provincia de Hormozgán, ribereña de Ormuz, fue una de las más activas en la reciente ola de protestas contra el régimen. Tal vez esperan el momento propicio para que el terror fanático de origen chií pueda hacer estragos en determinados lugares escogidos.
Irán trata de mantener a través de sus leales la resistencia anti-Israel y antinorteamericana en el sur del Líbano (Hezbollah); en Yemen (hutíes, considerados reserva estratégica para un eventual bloqueo en el Mar Rojo); y en Irak (Kataib Hezbollah, Harakat Hezbollah al-Nujaba, Kataib Sayyid al-Shuhada), país que ya no tiene control sobre su frontera sur, limítrofe con Irán y el golfo.
A pesar de sus mermadas capacidades militares el régimen iraní respondió esta semana a Israel, y atacó a estos y a sus vecinos en sus plantas productoras de hidrocarburos o refinerías, con lo que agravó la incertidumbre global sobre los precios de la energía, agudizó el nerviosismo de los mercados y dio a entender que prefiere un caos económico mundial como salida.
No obstante, esa última lectura, pienso que los ataques fueron calculados para generar una reacción política entre los países del golfo y para obligar a Washington a darle a conocer a Israel sus límites. De otro modo, ¿qué sentido tendría la destrucción de todo un sistema de abastecimiento global de gas, del que el propio Irán es parte? La destrucción de las plantas de gas natural licuado situadas en el golfo repercutirían en el mundo entero, su reconstrucción es lenta y los proyectos alternativos en EE.UU., Canadá o Nigeria requerirían de 3 a 4 años. Antes de esa fecha colapsamos todos.
Con respecto al petróleo, la zona del golfo produce unos 20 millones de barriles diarios, o el 20% del consumo mundial. Ninguna conjunción de países puede producir esos volúmenes en la actualidad. El uso de las reservas estratégicas es una medida provisoria para mantener los precios relativamente estables, pero el tiempo y los stocks se agotan. Si todos los productores aumentaran su extracción al máximo hoy día, lo que se lograría recién en seis meses, persistiría un déficit de unos 13 millones de barriles diarios y el costo del crudo sería mayor por las dificultades de extracción del esquisto o desde las profundidades marinas. Tal vez dentro de 10 años tal ecuación puede ser posible. ¿Qué sentido tiene un suicidio económico colectivo?
Esto me lleva a pensar que la etapa más cruda del conflicto está por llegar, pero como anticipo al diálogo reservado, a la antesala de las negociaciones. La agudización del conflicto es a veces el mecanismo por el que las partes tratan de conversar desde el mejor sitial posible. Puedo equivocarme en el pronóstico, pero creo que las partes ya saben dónde está su límite, hasta dónde pueden llegar en su escalada bélica. Ojalá tengan claridad de propósito.
Lejos del teatro de acción, pero sufriendo sus secuelas económicas, a nosotros nos quedan muchas preguntas por responder. Tienen que ver con la cantidad de petróleo que producimos colectivamente en América del Sur, que es de 7,8 millones de barriles por día cuando nuestro consumo es de 5 millones. Con el gas pasa lo mismo. Producimos 180.000 millones de metros cúbicos al año y consumimos 170.000 millones. Por diferentes razones (diversificación, calidades) seguimos importando desde otras zonas. ¿No llegó el momento de tomar en serio a la OLADE? ¿Revisar el sistema de precios regional? ¿Fortalecer el diálogo sudamericano, libre de miradas ideológicas voluntaristas? ¿Asumir que Guyana y Surinam, países productores en rápido auge, son parte de la región? ¿Que la electrificación debe acentuarse y las redes integrarse? Grandes retos a la diplomacia, donde Chile debe jugar un papel relevante.