A bordo de un narco submarino

La bicoca de nueve toneladas de cocaína fue interceptada esta semana por la policía portuguesa en aguas próximas a las Azores, a bordo de un narco submarino tripulado por tres ciudadanos colombianos y un venezolano.
Avaluado en 600 millones de euros, es el cargamento más voluminoso incautado hasta ahora en una novedosa modalidad de contrabando cada vez más floreciente, que comenzó a utilizarse en Colombia y otras zonas del Continente hacia 1980 hasta ser detectado en aguas europeas a principios de este siglo con modelos de alta ingeniería que, como el hallado entonces frente a las rías gallegas, no deben desecharse al final de cada travesía.
Un cementerio marino exento de poesía fue acumulándose en las costas africanas, con una pérdida fácilmente asimilable por las organizaciones criminales, que hoy disponen de una infraestructura operativa con plataformas de abastecimiento para cruzar de vuelta el Atlántico y funcionar indefinidamente, a menos que ocurra un naufragio, un envenenamiento o el encuentro con las fuerzas del orden.
En 2025, la policía española anunció la incautación de treinta embarcaciones y el arresto de un centenar de tripulantes, pero se calcula que, de todas maneras, más de cien toneladas de drogas pudieron arribar a los mercados europeos, combinando el transporte subacuático con el trasvase a lanchas ultrarrápidas desde las Azores y las Canarias, apoyado en una flotilla proveedora de combustible, alimentos, equipos de comunicación y vestimenta para las tripulaciones.
La sofisticación ha llegado al punto –según la revista Insight and Crime- de que algunas embarcaciones incluyen sistemas de lastre y planos de inmersión para regular su situación bajo el agua y boyas de radio que permiten abandonar la carga para eludir la persecución y recuperarla posteriormente. 
Un conjunto de factores explican la expansión del negocio, a comenzar por la pobreza de los narconautas, más el consumo en alza a escala global y en especial entre la juventud, y la complicidad y padrinazgo, desde el máximo nivel ejecutivo y militar, de regímenes que aprovechan los astronómicos beneficios de una sustancia que vale dos mil dólares a pie de fábrica y llega a cotizarse hasta en 60 mil en los mercados en Norteamérica y allende el Atlántico.
Pero antes, por supuesto, hay que transportarla. En una actividad de altísimo riesgo que despierta incluso admiración por esos miserables, embutidos por el hambre, que según el Cordobés da más cornadas que un toro de lidia, en una asfixiante embarcación de madera y fibra-de-vidrio de veinte metros de eslora, que boga a diez nudos por hora a escasa profundidad en una travesía de tres semanas.
En un auténtico ataúd, fabricado en astilleros clandestinos por expertos ingenieros al cobijo de la jungla amazónica y colombiana, dotado de camastros elementales, un tanque de 700 litros de agua potable, un pequeño refrigerador y, también minúsculo, un aparato de aire acondicionado para mitigar el peligro de las emanaciones del combustible; y todo por un salario que palidece ante la fortuna generada a veces al precio de la propia vida.
En síntesis, un salto infernal desde los tiempos más ingenuos de la marihuana que los más veteranos recordamos por la aventura en un submarino amarillo de los Beatles y su banda de corazones solitarios, para erradicar del reino de Pepperland a los malvados azules, enemigos de la música, el amor y la paz.
Varsovia, febrero de 2026


