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Alma Delia Murillo: Golpéate el corazón

Una vez un hombre me dijo que le daría igual que sus hijos no existieran.

Recuerdo que la revelación me dejó atónita.

Dábamos vueltas caminando en el parque luego de una tormenta. Él, de buen corazón, generoso de oído y en general con todos sus recursos, me escuchaba atento sobre una dolencia familiar. Su alma sensible y solidaria era para mí una certeza, la había palpado de cerca durante años. Así que su revelación me descolocó por completo.

Y es que tendemos a pensar que el amor es indiscriminado. Pero lo cierto es que no.

Cuando vio mi cara de desconcierto, procedió a explicarse (no tenía por qué hacerlo pero lo hizo). No es que no los quisiera, había dado batallas brutales por ellos para cuidarlos, mantenerlos, ofrecerles buenas universidades; no es que no le causara una profunda alegría verlos bien y disfrutaba con ellos, sólo que su identidad y sus emociones no estaban puestas en sus hijos, nunca lo habían estado, ni cuando eran pequeños; no podía decir que su plenitud viniera de ellos y al imaginarse sin hijos se veía igual de pleno o tal vez más.

No en aquella primera conversación pero con el tiempo lo entendí. ¿Quién dijo que los vínculos amorosos padre-hijo o madre-hijo están dados sólo por la biología? El amor filial, como tantas otras de nuestras emociones, también es un aprendizaje, una elección.

Amélie Nothomb

Una semana atrás devoré “Golpéate el corazón” (Anagrama, 2019) de Amélie Nothomb a quien desde hace años leo con avidez. Me gusta lo que se atreve a explorar en sus textos porque lo hace con una inteligencia y una profundidad emocional casi obscenas.

En esta reciente publicación Amélie cuenta la historia de Marie, una belleza de dieciocho años que se casa y tiene a su primera hija Diane con la que nunca logra establecer un vínculo afectivo porque se muere de celos de ella; del amor y ternura que despierta en los demás, de que todas las atenciones sean para la niña. La cuida, claro, y la trata con cariño y responsabilidad, pero no está vinculada a ella. La niña anhela con tal intensidad el contacto de su madre “la diosa”, que se pasa los primeros años obsesionada con volver a sentir lo que sintió la única noche que su madre la abrazó en la cuna con ansiedad tras despertar de un sueño en el que la pequeña moría.

Pero ese abrazo no se repite nunca más. Y madre e hija no hacen sino alejarse con los años. Llegan un segundo y una tercera hija de Marie con la que Marie se obsesiona; un amor glotón la hace devorar emocionalmente a la tercera niña y la pobre paga facturas muy altas al pasar de los años.

Diane, la primogénita, observa todo con distancia y lo resiente pero se las arregla dándose explicaciones racionales, casi científicas, de lo que ocurre con su hermana pequeña y su madre.

El libro me incomodó y me cuestionó de muchas maneras porque, seamos honestos, quienes no somos hijos únicos sabemos o intuimos que nuestras madres (y padres) establecen vínculos diferenciados con nosotros; es inevitable que sientan más afinidad con un hijo que con otro, que proyecten distintos pedazos de su identidad en nosotros; y que, descaradamente y por más que lo nieguen, elijan a uno como el consentido. El tema es más viejo que la sarna pero es fascinante pues evitamos hablarlo a toda costa porque, desde luego, duele.

Volviendo a la historia de Diane, un día escucha la frase de Alfredo de Musset que da título a esta historia: “Golpéate el corazón, es ahí donde reside el genio” y lo que ocurre es precioso, Diane, que creció sin el vínculo afectivo de su madre, reacciona haciendo una sustitución racional de la experiencia y decide convertirse en cardióloga. Todas sus formas y búsquedas emocionales estarán marcadas por la carencia de esa primera fusión con la madre; estudiando Cardiología se lía en una relación con Olivia quien también es madre de una pequeña por la que no siente el menor afecto. Ahí la historia se vuelve redonda; oscura y brillante, de final inesperado y preciso.

Pasan los días y no dejo de pensar en el texto. “Un amor tan profundo, tan imposible de curar, tan indispensable al que Olivia sólo había respondido con desprecio…” ¿Nos convertiríamos en madres y padres si atisbáramos la posibilidad de que, por más que se intente, nunca se establezca una fusión amorosa con los hijos?

Hay puñaladas en el corazón para las que no es necesario siquiera empuñar la mano.

@AlmaDeliaMC

 

 

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