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América Latina sin proyecto: Foros, discursos y la renuncia al poder

 

Políticas públicas en América Latina frente al Covid-19 - CLACSO

 

El Foro Económico Internacional de Panamá no fracasó. Por el contrario, cumplió con notable precisión la función para la que fue concebido: reunir a dirigentes políticos, empresarios, funcionarios y especialistas en un espacio ordenado, previsible y cuidadosamente desprovisto de tensiones, donde se intercambian diagnósticos ampliamente conocidos y se reiteran consensos generales, sin que nada sustantivo resulte alterado.

Lo que algunos interpretaron como vacío no es un accidente ni una falla organizativa; es una expresión coherente de la forma que ha adoptado hoy la política regional. Un espacio sin conflicto, sin decisiones vinculantes y, sobre todo, sin proyecto estratégico compartido.

En un contexto internacional en el que el poder vuelve a organizarse en bloques, en el que las principales potencias reconocen abiertamente que la economía es un instrumento central de la seguridad y que la integración regional constituye una herramienta estratégica, América Latina continúa hablándose a sí misma en un tono bajo, cuidadosamente moderado, como si evitara deliberadamente formular preguntas que puedan incomodar. Abundan las referencias al desarrollo, la sostenibilidad, la inclusión, la innovación y la resiliencia; sin embargo, ninguna de estas nociones responde a la pregunta que atraviesa el siglo XXI: ¿qué lugar aspira a ocupar la región en el nuevo orden internacional?

Esa omisión no es meramente retórica. Es profundamente política.

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, la integración fue concebida, con avances desiguales y múltiples frustraciones, como el lenguaje del futuro latinoamericano. Podía adoptar distintas formas, ritmos y énfasis, pero existía como horizonte compartido. Hoy, ese horizonte parece haberse desdibujado hasta casi desaparecer.

La integración ya no es objeto de debate sustantivo: no se discute cómo retomarla, por qué fracasaron experiencias previas, ni qué elementos deberían reformularse. Simplemente se la elude.

Cuando una región deja de interrogarse sobre su integración, lo que está haciendo, en realidad, es renunciar a pensar el poder de manera colectiva.

El foro de Panamá permitió observar con claridad estas ausencias significativas en la agenda del debate. En particular, la integración regional no pareció ocupar un lugar central acorde con la complejidad y la urgencia del contexto actual. Si bien se destacaron nociones valiosas como la cooperación, las alianzas, las oportunidades y la resiliencia, hubo escaso énfasis en la necesidad de avanzar hacia esquemas más profundos de articulación regional que permitan ganar escala, coordinar capacidades productivas, financieras y tecnológicas, y fortalecer posiciones comunes en un entorno global crecientemente competitivo.

En este sentido, la fragmentación regional aparece menos como un problema explícitamente abordado y más como una condición asumida, casi naturalizada, en la forma en que América Latina se proyecta hoy en el escenario internacional. Este silencio difícilmente sea casual.

La integración, en su sentido pleno, exige decisiones complejas: implica ceder soberanía funcional en determinados ámbitos, enfrentar intereses económicos y políticos instalados, modificar estructuras productivas nacionales y asumir costos inmediatos a cambio de beneficios que se materializan en el mediano y largo plazo. Exige, en definitiva, liderazgo dispuesto a gestionar conflictos.

Ese tipo de liderazgo se ha vuelto excepcional en la política regional contemporánea.

La mayoría de los gobiernos se encuentran abocados a la administración de urgencias, a la gestión de crisis recurrentes y a la negociación constante de su propia gobernabilidad. El horizonte estratégico ha sido reemplazado por la supervivencia política.

En ese marco, pensar en integración deja de ser una prioridad y pasa a percibirse como un riesgo.

Mientras tanto, el mundo avanza sin esperar a América Latina. Estados Unidos redefine su política exterior crecientemente en términos de seguridad económica. China consolida corredores estratégicos, asegura suministros críticos y proyecta influencia a largo plazo. Europa fortalece su mercado interno mediante instrumentos comerciales y regulatorios cada vez más sofisticados. India piensa su inserción global en clave continental. África, con todas sus heterogeneidades, avanza en la construcción de un mercado común.

El siglo XXI se organiza en bloques. América Latina continúa operando de manera predominantemente individual.A este escenario se suma un elemento que estuvo notablemente ausente en los discursos del foro y cuya omisión resulta reveladora: la transformación del lugar que ocupa América Latina en la estrategia de Estados Unidos.

La región ya no es vista como un socio incómodo ni como una periferia de atención intermitente, sino como un espacio cuya estabilidad y previsibilidad deben ser aseguradas de manera preventiva.

El caso de Venezuela, más allá de sus particularidades internas, no puede leerse únicamente como una anomalía ideológica. Funciona también como una señal dirigida al conjunto de la región.

El mensaje implícito es que los intentos de construir márgenes amplios de autonomía estratégica, de articular alianzas fuera de los marcos aceptados o de cuestionar la arquitectura política y económica dominante, serán contenidos antes de consolidarse. La lógica ya no es la intervención reactiva, sino la disuasión anticipada.

En este contexto, América Latina parece haber transitado de ser una región a integrar, a convertirse en una región a administrar. El objetivo central no es su fortalecimiento como actor colectivo, sino su previsibilidad. La previsibilidad se ha convertido en un valor estratégico: que ningún país se desplace demasiado, que ningún bloque regional emerja con capacidad autónoma, que ninguna coordinación reduzca significativamente la capacidad de influencia externa. La fragmentación, una vez más, resulta funcional.

Este es el marco en el que se celebran los foros internacionales y desde el cual debe interpretarse su aparente vacío. Hablar de integración hoy no es solo una cuestión técnica o económica; es un acto político con implicaciones estratégicas. Integrar significa crear escala, y crear escala implica reducir dependencias.

Ningún poder hegemónico promueve voluntariamente condiciones que puedan erosionar su propia centralidad.

Sin embargo, reducir la explicación únicamente a factores externos sería incompleto. La ausencia de integración también refleja decisiones internas persistentes. Las élites políticas y económicas de la región han desarrollado, con el tiempo, estrategias de inserción bilateral que les permiten preservar márgenes de maniobra individuales, aun a costa de debilitar capacidades colectivas. La fragmentación no solo es tolerada; en muchos casos, es funcional a equilibrios internos de poder.

El resultado es una región que se fragmenta mientras el mundo se vuelve más competitivo y rígido. Cada país negocia de manera aislada, cada gobierno gestiona su propia crisis, cada élite protege su acceso particular. América Latina deja así de ser un actor con voz propia y se consolida como un espacio: espacio de recursos, de rutas estratégicas, de contención migratoria, de estabilidad subordinada.

Un espacio donde el conflicto se administra, pero no se resuelve; donde el poder se ejerce, pero no se comparte.

Panamá fue, en este sentido, un símbolo elocuente. No tanto por lo que allí se dijo, sino por lo que resultó imposible decir. La integración no estuvo ausente por descuido, sino por limitación estructural. Porque integrarse hoy exige algo que la región ha ido perdiendo: voluntad colectiva de poder.

Mientras esa voluntad no reaparezca, los foros seguirán multiplicándose, los discursos seguirán siendo correctos y cuidadosamente calibrados, y América Latina continuará siendo objeto de análisis y conversación global, pero no sujeto efectivo de decisión.

La renuncia no se proclama ni se formaliza, se practica y cada vez que un espacio regional evita nombrar el problema central, esa renuncia se vuelve parte de la estructura.

La pregunta final no es si América Latina puede integrarse, sino si aún desea hacerlo. La historia muestra que las regiones que renuncian a pensar su poder terminan viviendo bajo el poder de otros. No necesariamente por imposición directa, sino muchas veces, por omisión prolongada.

 

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