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Armando Durán / Laberintos – El fiasco de Bahía de Cochinos (Parte V – última): El holocausto nuclear

   El 10 de agosto de 1962, John McCone, sucesor de Allen Dulles como director general de la CIA, le entregó al presidente Kennedy un memorándum en el que expresaba su convicción de que la Unión Soviética terminaría instalando en Cuba misiles nucleares de alcance medio. No disponía la CIA de pruebas materiales que configuraran su análisis, pero se sustentaba en los informes de Oleg Pencovsky, teniente coronel de la inteligencia militar soviética y doble agente del MI6 británico y la CIA, sobre la notable inferioridad soviética con respecto a Estados Unidos en materia de misiles intercontinentales. Según McCone, la única alternativa del Kremlin para intentar sobreponerse a este desequilibrio consistía en aprovechar la alianza con Cuba para utilizar el territorio de la isla como plataforma de misiles de alcance intermedio capaces de llegar a Washington y New York en menos de 5 minutos. Opción, sostendría Nikita Jrushchov en el curso de la crisis de los cohetes, equivalente y “proporcional” a la instalación de misiles Júpiter estadounidense en Turquía.

   La previsión de McCone se hizo más plausible después de escuchar el discurso pronunciado por Andrei Gromyko el 12 de septiembre en el marco de la Asamblea General de la ONU, advirtiéndole al mundo no olvidar el compromiso adquirido dos años antes por Jrushchov de defender la revolución cubana con su poder nuclear. Esta amenaza que adquirió una dramática densidad muy pocos días después, al recibirse en Londres el último informe de Pencosvsky antes de ser capturado y desaparecido por el KGB en Moscú el 22 de octubre, en el que incluía amplia documentación, mapas y fotografías del muy adelantado plan de Jrushchov de instalar en Cuba misiles nucleares ofensivos. Primera y aterradora noticia que llegó a la Casa Blanca sobre la crisis nuclear por venir y razón de que Kennedy, el 9 de octubre, ordenara iniciar de inmediato vuelos de reconocimiento, con aviones espías U-2, sobre Cuba.

   Menos de 100 horas más tarde se dispararon en Washington todas las alarmas.

   Cronograma de la crisis

      Octubre 14. Ese día, un avión U-2, al pasar sobre la localidad de San Cristóbal, en la provincia de Pinar del Río, la más occidental del país, obtuvo fotografías que al ser analizadas resultaron ser imágenes de misiles soviéticos de alcance medio y sus correspondientes lanzaderas.

   Octubre 16. A primeras horas de esa mañana, después que expertos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y la CIA analizaran las fotos, McGeorge Bundy le dio la noticia al presidente Kennedy, quien convocó con la mayor de las urgencias a un grupo de colaboradores políticos y militares del más alto nivel, que desde ese mismo día quedó constituido en la Casa Blanca con el nombre de EX–COMM. Durante esa primera reunión, sus miembros discutieron diversas alternativas militares y diplomáticas para enfrentar esa amenaza letal y el presidente Kennedy encargó a su hermano Robert la tarea de coordinar las actividades del grupo.

   Octubre 17. A su regreso a Washington de una corta visita de proselitismo electoral en Connecticut, Kennedy fue informado por su hermano que la Junta de Jefes del Estado Mayor Conjunto recomendaba lanzar un ataque aéreo fulminante contra las instalaciones misilísticas soviéticas en Cuba. Ese mismo día, otro avión U-2 fotografió 5 cohetes nucleares soviéticos del tipo SS-5, de alcance intermedio, en territorio cubano.

   Octubre 18. El presidente Kennedy convocó a la Casa Blanca al ministro Gromyko, y le preguntó directamente si la Unión Soviética había trasladado a Cuba material bélico de carácter ofensivo y Gromyko le mintió al reiterarle a Kennedy que la ayuda militar soviética a Cuba era de carácter exclusivamente defensivo.

   Octubre 20. Kennedy, más preocupado aún después de su entrevista con Gromyko, se reunió con el grupo EX–COMM y tras escuchar al general Maxwell Taylor, su asesor militar, señalar que un ataque aéreo no sería suficiente para destruir todos los cohetes nucleares soviéticos instalados o en proceso de estarlo, y que para completar esa misión se requeriría el desembarco masivo de fuerzas de infantería estadounidenses en Cuba, Kennedy rechazó la opción del ataque aéreo seguido de una invasión,  (al menos por ahora, dijo) porque produciría inevitablemente la muerte de efectivos militares soviéticos a manos de soldados estadounidenses, en cuyo caso no se le dejaba al Kremlin otro camino que reaccionar con un ataque equivalente, probablemente en Berlín, lo cual provocaría a su vez el estallido de la Tercera Guerra Mundial. Por esa razón ordenó preparar alternativas que permitieran una escalada de medidas preventivas.

   Octubre 21. Se adoptó la propuesta de McNamara de ejecutar un bloqueo naval de Cuba, pero calificado de “cuarentena defensiva” para disimular lo que en realidad constituía un acto de guerra, como alternativa tanto a los planes del Pentágono de iniciar acciones militares inmediatas y las reacciones meramente diplomáticas que sugerían los miembros más moderados del grupo. Las fotografías captadas ese día por los U-2 revelaron que en Cuba ya se estaban ensamblando bombarderos Il-28 y que en la costa norte de la isla se estaban instalando baterías de cohetes tipo crucero con ojivas nucleares tácticas.

   Octubre 22. Kennedy pronunció su famoso discurso por televisión para denunciar a la Unión Soviética de instalar misiles nucleares en Cuba, exigirle a Moscú desmantelarlos de inmediato y anunciar que Estados Unidos había activado un bloqueo naval de la isla para impedir que a sus puertos continuaran llegando medios estratégicos soviéticos. Antes de hacer su espeluznante intervención televisiva, Kennedy se había reunido con los líderes parlamentarios de los partidos Demócrata y Republicano, les mostró las fotografías de los misiles ofensivos soviéticos que se estaban instalando en Cuba y obtuvo un total respaldo político bipartidista.

   Octubre 23. Kennedy ordenó ese día complementar los vuelos de los U-2 con vuelos de reconocimiento a baja altura de aviones Crusader. Esa mañana, la OEA aprobó por unanimidad respaldar la aplicación de la “cuarentena.” Por la noche, Robert Kennedy se reunió con el embajador Anatoli Dobrynin en su residencia oficial de Washington para explorar posibles salidas pacíficas a la crisis.

   Octubre 24. La primera reacción soviética a los sucesos del día anterior fue que sus barcos en ruta a Cuba redujeran notablemente su velocidad o dieran media vuelta y emprendieran viaje de regreso a la Unión Soviética. Otro buque, sin embargo, mantuvo su rumbo y velocidad, y Kennedy ordenó a las fuerzas armadas de su país ponerse en estado de alerta DEFCON 2, el nivel más alto jamás implementado por Estados Unidos, pero la inspección física del barco soviético “rebelde” se realizó en alta mar sin ningún contratiempo y, al comprobarse que sólo transportaba juguetes infantiles, se le permitió continuar su viaje rumbo a La Habana.

   Octubre 26. Durante la reunión del grupo EX–COMM esa mañana, la CIA informó que no se habían interrumpido en lo más mínimo los trabajos de instalación del armamento nuclear en Cuba. Por otra parte, John Scali, periodista de la cadena de televisión estadounidense ABC, le hizo llegar a Kennedy un mensaje que le mandaba Alexandr Fomin, jefe de la estación del KGB en Washington, quien sostenía que se trataba de un mensaje de Jrushchov, en el que se le manifestaba a Kennedy que la Unión Soviética estaba dispuesta a desmantelar sus instalaciones nucleares en Cuba a cambio de la promesa pública y formal del Gobierno de Estados Unidos de no invadir Cuba, ni ayudar a otros a hacerlo. Esa noche se recibió en la Casa Blanca un correo directo de Jrushchov ratificándole a Kennedy la autenticidad del mensaje transmitido por Scali-Fomin.

   Octubre 27. Llega a la Casa Blanca un segundo correo de Jrushchov, en el que además de las garantías de no invadir Cuba como condición indispensable para retirar de la isla su arsenal nuclear, el primer ministro soviético añade una nueva demanda: Estados Unidos debe retirar sus cohetes tipo Júpiter instalados en Turquía. Dobrynin y Robert Kennedy vuelven a reunirse esa noche y resuelven que Estados Unidos también aceptaría esta segunda condición, pero no retiraría los cohetes hasta varios meses después, sin admitir jamás que esa decisión formaba parte del acuerdo Kennedy-Jrushchov en progreso.

   Octubre 28. Jrushchov anuncia por Radio Moscú que la Unión Soviética aceptaba retirar sus cohetes nucleares de Cuba a cambio del compromiso de Estados Unidos de no invadir Cuba ni ayudar a otros a hacerlo. Por otra parte, respetó el requerimiento de Kennedy, y no reveló que, como parte del acuerdo, Estados Unidos había aceptado retirar en el curso de los próximos meses sus cohetes Júpiter de Turquía.

   El precio de la paz mundial

   Sin duda, la comunicación entre Kennedy y Jrushchov impidió el estallido de una guerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que habría terminado en un auténtico holocausto nuclear, pero ninguno de los dos salió ileso de la confrontación. Quien a la larga sí salió beneficiado de la crisis fue Castro, a pesar de que en un primer momento también se vio obligado a pagar un precio muy elevado, pues por una parte tuvo que soportar la humillación que significaba no haber participado en las negociaciones que culminaron con el acuerdo de Washington y Moscú sobre Cuba, y por la otra, si bien Jrushchov le confirmó que estaba negociando un acuerdo con Kennedy, en ningún momento le mencionó los términos de ese acuerdo. Por supuesto, Castro debió temer lo peor, pues en carta que le dirigió a Jrushchov el 26 de octubre le manifestó que, a pesar del acuerdo al que llegara con Kennedy, tuviera en cuenta que de acuerdo con los informes de la inteligencia cubana, Estados Unidos se disponía a atacar a Cuba en un plazo de entre 24 y 72 horas. Si en efecto Estados Unidos lo hacía, conminó Castro a Jrushchov, “el peligro de esa agresión imperialista para la humanidad obligaba a la Unión Soviética a eliminar ese peligro mediante un acto de legítima defensa, por duro y terrible que sea, porque esa sería la única alternativa posible.”

   Por supuesto, nada estaba tan lejos de los deseos y cálculos del Kremlin como la eventualidad de lanzar un ataque nuclear a Estados Unidos, y con este mensaje de Castro, que nada casualmente coincidía con el hecho de que efectivos militares cubanos habían disparado un misil tierra-aire que derribó un avión espía U-2 y le causó la muerte a su piloto, hizo pensar a los estrategas soviéticos que Castro pretendía escalar el conflicto antes de que las negociaciones en marcha alcanzaran una solución negociada de la crisis. Por esa razón, el 28 de octubre, angustiado por la impaciencia de su aliado caribeño, Jrushchov finalmente le informó que sus conversaciones con Kennedy estaban a punto de lograr que Estados Unidos se comprometiera oficial y públicamente a no intervenir militarmente en Cuba jamás. Por ese motivo, le pide a Castro no dejarse llevar por las emociones y demuestre firmeza. “Comprendo su indignación ante las acciones agresivas y la violación de las más elementales normas de la ley internacional por parte de Estados Unidos”, le escribe, “pero ahora, en lugar de la ley, lo que prevalece en Washington es la insensibilidad militarista del Pentágono, que busca cualquier excusa para impedir el acuerdo que estamos a punto de lograr con Kennedy. De manera amistosa, quisiera aconsejarle mostrar paciencia, firmeza e incluso más paciencia.”

   Se agudiza la crisis

   En un primer momento, Castro accedió a la prudente recomendación de Jrushchov, pero luego, al comprobar por la prensa internacional que el primer ministro soviético y Kennedy lo seguían manteniendo al margen de las negociaciones, reaccionó de muy mala manera. Aceptó a regañadientes que Moscú desmantelara sus cohetes y los embarcara de vuelta a la Unión Soviética porque, a fin de cuentas, concedió, eran de propiedad soviética, pero se negó categóricamente a entregar los misiles tácticos nucleares y los bombarderos Il-28 con sus bombas atómicas, pues mediante el acuerdo estratégico firmado por Raúl Castro en Moscú en julio, la Unión Soviética se los había cedido a Cuba. También rechazó que un grupo de inspectores de la ONU, tal como habían acordado Kennedy y Jrushchov a espaldas suyas, supervisara sobre el terreno la retirada de los cohetes ofensivos soviéticos. “Quienes vengan a Cuba a inspeccionar”, fue su famosa respuesta al entonces secretario general de la ONU, el birmano U-Thant, “que vengan en zafarrancho de combate.” Al final, la comprobación de que en efecto los 42 misiles estratégicos soviéticos trasladados a Cuba habían sido debidamente embalados y embarcados en buques mercantes de regreso a la Unión Soviética tuvo que realizarse en alta mar por navíos de guerra estadounidenses.

   Mientras tanto, Kennedy le hizo saber a Jrushchov que si no se retiraban los Il-28 con sus bombas atómicas y los misiles tácticos con ojivas nucleares, tal como planteaba Castro, el compromiso de no invadir Cuba quedaba sin efecto y Washington se sentiría en libertad de emprender acciones militares para neutralizar esos medios en territorio cubano.

    Fueron momentos de extrema tensión en las relaciones de ambas naciones, que impulsó al gobierno cubano a sustituir las vallas de propaganda que adornaban las calles de Cuba alabando la “eterna amistad” que unía a los dos pueblos por otras vallas, condenando la decisión soviética. “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”, decían, y pronto comenzó a circular por toda la isla una versión insultante del texto de esas vallas: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita.” Para colmo de males, China acusó a Jrushchov de puro “aventurismo” por su decisión de instalar en Cuba cohetes nucleares y después de cobardía por haber capitulado ante Estados Unidos con su abrupta decisión de retirarlos.

   En vista de esta difícil situación, Anastas Mikoyán viajó a La Habana el 2 de noviembre, con la misión de persuadir a Castro de aceptar la retirada de los Il-28, sus bombas atómicas y los misiles tácticos con ojivas nucleares. Para el primer viceprimer ministro soviético fueron días de tensión y esfuerzos extraordinarios. Ni la rabia de la dirigencia política cubana, que se sentía traicionada por Jrushchov, ni siquiera la muerte repentina de su esposa en Moscú, a cuyos funerales no pudo asistir, hicieron desistir a Mikoyán. Su hijo Sergo, que de nuevo lo acompañó a Cuba en función de secretario de confianza, y la investigadora rusa Svetlana Saranskaye, han reconstruido en todos sus detalles los trabajos de la misión soviética en La Habana en un libro revelador, The Soviet Cuban Crisis: Castro, Mikoyan, Kennedy, Kruschchev and the Missiles of November, publicado en octubre de 2012 por el Woodward Wilson Center y la Universidad de Stanford. En sus páginas se incluyen la documentación sobre la crisis y la transcripción literal de las cuatro horas que duró la última y decisiva reunión de Mikoyán con Fidel Castro, Oswaldo Dorticós, Ernesto Che Guevara y Carlos Rafael Rodríguez, al final de la cual Castro finalmente aceptó la decisión soviética de retirar de Cuba 80 misiles tipo crucero con ojivas nucleares, los bombarderos Il-28 y sus bombas atómicas de 12 kilotones.

   ¿Quién ganó?

   Esta fue la retórica pregunta que formuló Jrushchov en la reunión del Soviet Supremo de la Unión Soviética el 12 de diciembre. Su intención era sacar algún provecho político del desenlace de una crisis que acababa de arrebatarle su prestigio y pronto lo obligaría a abandonar todos sus cargos en el partido y en el gobierno. Luego destacó que, “como resultado de mutuas concesiones y compromisos se había alcanzado un entendimiento entre Washington y Moscú, que permitió eliminar aquella peligrosa tirantez entre las dos naciones y normalizar la situación mundial.”

   La afirmación del primer ministro se ajustaba a la línea maestra de su política de “coexistencia pacífica”, pero no era cierta del todo. En efecto, el entendimiento Kennedy-Jrushchov evitó el estallido de una apocalíptica Tercera Guerra Mundial, pero ese peligro podía haberse evitado mucho antes, así como el altísimo costo político que tuvo que pagar la Unión Soviética al verse forzada a ceder ante la firme respuesta de Washington. Por su parte, Estados Unidos, si bien podía jactarse de haberle propinado a Moscú una derrota política de muy considerable magnitud, no tuvo más remedio que renunciar oficial y públicamente a invadir Cuba o a respaldar a quien lo intentara. En definitiva, derrotas inocultables para ambas superpotencias.

   En cuanto al gobierno revolucionario de Cuba, más allá de la afrenta que significó para Castro ser ignorado por Estados Unidos y tratado como un simple y sumiso peón por la Unión Soviética, gracias a la crisis, pudo terminar de neutralizar para siempre la latente amenaza estadounidense de invadir la isla. Como consecuencia directa del fiasco de Bahía de Cochinos combinado con esta solución negociada de crisis de los misiles, Castro pudo consolidar su revolución como realidad política estable y entregarse de lleno, sin temor ya a sufrir represalia alguna, a poner en práctica la tesis guevarista de la lucha armada en toda la región. A partir de ese punto de quiebre en la historia regional, durante muchos años, no habría paz en América Latina. Una historia que ciertamente todavía está por contarse.

 

 

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