CorrupciónDemocracia y PolíticaDictaduraEleccionesPolíticaRelaciones internacionales

Armando Durán / Laberintos: La difícil tarea de escribir sobre Venezuela

 

   Escribir esta semana sobre Venezuela y los afanes de sus ciudadanos por recuperar una cierta normalidad política y económica no parece una misión demasiado difícil. Uno podría pensar que basta, por ejemplo, resumir las muchas y pésima noticias que afectan al régimen bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. La cosa, sin embargo, no resulta sencilla. La vacilación permanente y las muchísimas incoherencias que caracterizan el quehacer de los partidos de la oposición venezolana profundizan a diario un abismo de insondables contradicciones.

   Esta semana, por ejemplo, tenemos pésimas noticias para el régimen. La peor de ellas, quizá, es que a la escasez de casi todo, incluso de billetes de banco, se suma ahora una muy seria falta de gasolina en un país cuyo gobierno todavía se jacta se ser una gran potencia petrolera. La realidad que se comprueba en las calles de Venezuela es otra. Largas, larguísimas colas de vehículos en las estaciones de servicio, que no consiguen abastecerse de gasolina por culpa de la sistemática destrucción de Petróleos de Venezuela, ejemplar empresa estatal hasta que el chavismo la emprendió contra ella. Téngase en cuenta que de una producción superior a los tres millones diarios de barriles de crudo, la producción venezolana de petróleo ha descendido a menos de dos millones. Una escasez que se agudiza estos días, porque el gobierno chino, que durante los últimos años ha sido la única entidad que sacaba del fuego las múltiples castañas financieras del gobierno Maduro por medio de cuantiosos y repetidos créditos a cuenta de ventas futuras de petróleo, acaba de darle instrucciones a Petro China de no conceder un solo crédito más al gobierno nacional. Sin producción suficiente y sin dólares contantes y sonantes para pagar de contado la gasolina que está obligada a importar para satisfacer la demanda interna, Venezuela se adentra de repente en una nueva y desconocida etapa de su crisis.

   Como si esto fuera poco, a la incógnita que representa el impacto que tendrá en la vida venezolana este nuevo ingrediente de las calamidades maduristas, desde Nueva York, en el marco habitualmente aburrido de la Asamblea General de Naciones Unidas, han comenzado a llegar las contundentes ondas de un terremoto político de magnitud y consecuencias todavía imprevisibles para el futuro venezolano.

La Asamblea General de la ONU

   Este pasado martes 19 de septiembre se inició en la Gran Manzana el 72º período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, y Venezuela, para sorpresa de todos, ha ocupado la atención de los oradores del día, comenzando por Michel Temer, presidente de Brasil, quien de forma muy clara y contundente le advirtió al mundo que “la situación de los derechos humanos en Venezuela sigue deteriorándose lamentablemente.” Emmanuel Macron, presidente de Francia, mantuvo el tono. “No podemos ceder nada ante las tendencias dictatoriales en Venezuela”, sostuvo, razón por la cual exhortó a la comunidad internacional a mantenerse extremadamente alerta. Por su parte, Juan Manuel Santos, presidente de Colombia a quien alguna vez Chávez calificó como “el mejor nuevo amigo de Venezuela”, fustigó con crudeza al régimen chavista: “Nos duele Venezuela”, afirmó. “Nos duele la destrucción paulatina de su democracia, la persecución a la oposición política y la violación sistemática de los derechos de los venezolanos.”

   Estas tres manifestaciones de condena sin atenuantes al proceso político venezolano sirvieron de introducción a Donald Trump, quien desde el primer día de su Presidencia ha tomado el toro venezolano por los cuernos y ha arremetido, sin disimulos ni eufemismos, contra el chavismo dominante en Venezuela. Siguiendo esta línea inesperada de confrontación frontal con el régimen de Maduro, en su intervención del martes Trump tampoco se contuvo. Califico al gobierno de Maduro de “dictadura socialista inaceptable” y le pidió a cada país representado aquí estar preparado para enfrentar una crisis muy real. “Pedimos la restauración total de la democracia y las libertades políticas en Venezuela”, dijo. “No nos podemos quedar al margen y mirar. Como vecinos y amigos responsables, nosotros y todos los demás países aquí presentes tenemos una meta: ayudar a los venezolanos a recuperar la libertad, recuperar el país y restaurar la democracia.”    

   Precisamente para evaluar la gravedad de la situación suscitada por la crisis política de Venezuela, el presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, convocó el pasado mes de agosto a los gobiernos de México, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá y Paraguay a una reunión en la capital de su país. Al terminar el encuentro, los 12 países asistentes firmaron un comunicado particularmente tajante en el que se manifiesta que “los países firmantes expresamos nuestra enérgica condena a la decisión de la Asamblea Nacional Constituyente de usurpar las competencias y facultades legislativas de la Asamblea Nacional, lo cual ratifica la ruptura del orden democrático y constitucional en Venezuela.”

   Por supuesto, Maduro reaccionó con su agresividad de siempre y acusó a los miembros del grupo que ha decidido llamarse Grupo de Lima, de ser “una amenaza a la soberanía, la paz y la estabilidad de Venezuela.” Por supuesto, no logró amedrentar a nadie. La noche del lunes, en reunión con un grupo de presidentes latinoamericanos presentes en Nueva York para asistir a la sesión inaugural de la Asamblea, Trump les informó que su gobierno estaba resuelto a “aplicar más medidas (punitivas) contra el régimen militar de Nicolás Maduro.” En la práctica, esta reunión sirvió de antesala a los discursos pronunciados el martes por Temer, Macron y Santos, y también a la convocatoria formulada ese día por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Perú a los gobiernos miembros del Grupo de Lima a reunirse por segunda vez, este miércoles, para avanzar en el análisis de lo que podrían hacer para promover “la restauración plena de la democracia en Venezuela.” La reunión se celebró como estaba prevista, pero en gesto de solidaridad con México, golpeado brutalmente por un terremoto de grandísima intensidad, la entrega del comunicado conjunto se pospuso hasta el sábado. No obstante, al terminar el encuentro, David Morrison, canciller de Canadá, país anfitrión de la tercera reunión del grupo, que según informó tendrá lugar dentro de 60 días, le adelantó a los periodistas que “existe una opinión firme del Grupo de Lima: desde agosto, la situación en Venezuela ha empeorado.”

   Para completar este coro de voces que se ha alzado en Nueva York para señalar a Maduro y a su gobierno como los villanos impresentables de esta historia de horror, Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, pronunció una sentencia inapelable: “La comunidad internacional debe actuar contra la dictadura venezolana. Es mala para Venezuela, para el continente y para el mundo.”

   Los dirigentes de la MUD se hacen los locos

   En circunstancias normales, esta realidad que recapitulo en los párrafos anteriores bastaría para afirmar que los días del régimen “bolivariano” de Venezuela están contados. Venezuela, sin embargo, nos ofrece una experiencia política inaudita y desde todo punto de vista inexplicable. Como he señalado en esta misma columna y en la que semanalmente se publica en las páginas del diario venezolano El Nacional, Maduro goza del extraordinario privilegio de gobernar sin oposición. Un hecho de tantísima importancia, que este verdadero terremoto político cuyo epicentro se sitúa en Nueva York, no ha despertado la más leve respuesta por parte de la dirigencia de los partidos políticos integrados a la presunta alianza opositora de la Mesa de la Unidad Democrática.

   Lo enigmático de esta circunstancia es que hasta este momento, jueves 21 de septiembre en horas del mediodía, los dirigentes de la MUD no han fijado todavía ninguna posición ante la imponente manifestación internacional de apoyo a la tesis de la restauración democrática en Venezuela. Ni en favor ni en contra. Como si en definitiva, para ellos, enfrascados en otra tarea que consideran de mucha mayor trascendencia, a saber, salvar una nueva ronda de conversaciones con el gobierno Maduro en República Dominicana, amenazada seriamente porque los delegados del oficialismo han puesto como condición para mantenerla con vida que la Asamblea Nacional acepte convivir con la Asamblea Nacional Constituyente, o sea, que los partidos de oposición le reconozcan a ese espurio instrumento de dominación chavista la legalidad constitucional que le niegan todos los gobiernos democráticos del mundo. Según parece, en la MUD consideran factible aceptar una negociación con el régimen para satisfacer esta exigencia, pero saben que de hacerlo, todo indica que se rompería sin remedio el último y frágil eslabón de la cadena que todavía une a la MUD con una parte del pueblo opositor, aunque cada día que pasa esa parte se haga menor. Como quiera que se mire, el solo hecho de plantearse discutir este punto de la agenda dominicana estimularía una mayor abstención en el campo opositor, circunstancia a su vez que pondría en peligro mortal la opción de esa ilusión electoralista que siempre ha cegado a los jefes de los partidos tanto viejos como nuevos de la oposición venezolana.

   En realidad, poco importa que en el terreno de la retórica y el tremendismo verbal, los partidos de la MUD, a veces, hayan asumido el compromiso de cambiar presidente, gobierno y régimen en el menor tiempo posible. Mentira podrida. Desde los remotos tiempos de la trucada Mesa de Negociación y Acuerdos que César Gaviria y Jimmy Carter le montaron a Chávez para garantizar su permanencia en el poder, el objetivo real de esos partidos ha sido la cohabitación con este presidente, este gobierno y este régimen.

   La principal contradicción que afecta a Venezuela no es, pues, entre el régimen y su presunta oposición, sino entre quienes, como acaba de hacer la comunidad internacional, asumen como prioritaria la causa de la restauración democrática en Venezuela y quienes dentro de la MUD aspiran a recibir la carta de buena conducta emitida por la Asamblea Nacional Constituyente, exigencia del régimen para no expulsarlos definitivamente del terreno de juego. Esta contradicción, por una parte, descoloca a los verdaderos opositores venezolanos, pero también a los gobiernos del hemisferio y de la Unión Europea que han terminado por hacer suya la aplicación de los artículos 330 y 350 de la Constitución Nacional; por otra parte, esta incongruencia les permite a Maduro y a los suyos confiar, si bien no en la suntuosidad de una permanencia indefinida en el reino del poder absoluto, la probabilidad de emprender una travesía relativamente tranquila, al menos, hasta diciembre de 2018. Entonces ya veremos.

   Esta realidad es lo que hace difícil, casi imposible, escribir sobre Venezuela sin caer en los falsos dilemas y en las trampas tendidas por el régimen y por la falsa oposición. De ello trataremos de ocuparnos la semana que viene.

Botón volver arriba