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Armando Durán / Laberintos: Se dolariza Venezuela

 

El Banco Central de Venezuela reveló la semana pasada las cifras que ilustran a la perfección la insostenible magnitud de la crisis venezolana. Tan inmensa magnitud, que ni siquiera un organismo que actúa directamente al servicio de los intereses políticos del chavismo ha podido seguir negando las coordenadas de la irremediable mezcla de incompetencia oficial y corrupción que desde hace 6 años hunde al país en un abismo insondable. Según este informe del BCV, de enero a septiembre de este año, la inflación en Venezuela ha sido de casi 5 mil por ciento, para ser exactos, de 4.675 por ciento. Durante ese mismo período, la paralizada economía nacional se contrajo aún más, 26,08 por ciento.

Se trata de cifras que de manera irrefutable describen la escalofriante realidad que sufren más de 30 millones de ciudadanos. Un auténtico cataclismo económico y financiero que tiene su origen directo en las políticas adoptadas por Hugo Chávez desde el mismo día que asumió la Presidencia de la República, hace casi 20 años. Como tantos otros, Chávez, seducido por los “encantos” de Fidel Castro y por los incrementos incesantes del precio del petróleo en los mercados internacionales, creyó que la desmesura del líder cubano y la riqueza súbita del oro negro bastaban para tener éxito en lo que pretendía hacer. Hasta que en febrero de 2003, sin haberse recuperado todavía del sobresalto histórico de su derrocamiento el 11 de abril del año anterior, la realidad de los números le propinó un batacazo sin remedio.

En aquel punto crucial del proceso político venezolano, apenas tres años después de haber tomado el poder, Chávez fue víctima de la explosiva mezcla de inestabilidad política, sistemática destrucción del sector privado de la economía y dramática distorsión de las finanzas públicas de su manera de gobernar. La vista firmemente clavada en el viejo sueño cubano de llevar la revolución socialista y antiimperialista a todos los rincones de América Latina, se había impuesto esa tarea sin tener en cuenta para nada las consecuencias de una decisión que ahora lo obligaba a aplicar un estricto control de cambio con la esperanza de cambiar el calamitoso rumbo que habían tomado las finanzas públicas.

   Inflación y devaluación como señas de identidad

Veinte años antes, el viernes 18 de febrero de 1983, desde entonces amargamente recordado en Venezuela como “viernes negro”, los venezolanos comenzaron a sufrir en carne propia los efectos de la inflación desenfrenada y la indetenible devaluación de la moneda nacional, los dos apocalípticos males que afectaban mortalmente la vida de América Latina. El presidente Luis Herrera Campíns (1979-1984) se había dejado convencer por el presidente del Banco Central de enfrentar las primeras señales inflacionarias causadas por el súbito aumento en los precios del petróleo tras la crisis petrolera mundial de 1973, reduciendo los intereses pasivos de la banca venezolana mientras esas tasas, en el resto del planeta, subían y subían. La teoría neoliberal del Banco Central era que con ese diferencial inducido se lograría estimular una fuga de capitales que a su vez reduciría el tamaño de de la masa monetaria en circulación y, en consecuencia, frenaría la todavía suave deriva inflacionaria.

El remedio resultó mucho peor que la enfermedad. En muy poco tiempo se “fugaron” de Venezuela 35 mil millones de dólares y al gobierno no le quedó otro remedio que decretar la primera devaluación del bolívar en 20 años, medida que los especialistas del gobierno pensaron que bastaría para corregir su error. Desde entonces, sin embargo, la inflación y la devaluación también pasaron a ser las principales y muy dramáticas señas de identidad de la realidad económica y política de Venezuela.

Y así, como si a fin de cuentas el diablo ciega a los hombres, en febrero de 2003 a Chávez le ocurrió lo mismo que a Herrera Campíns. Si al eliminar de pronto la libertad cambiaria que reinaba en Venezuela desde hacía muchos años el país entró en un nuevo ciclo económico, ahora, al lanzar Chávez a Venezuela por el suicida despeñadero del camino socialista, el país emprendió entonces una ruta sin salida. De ahí que 5 años más tarde, en lugar de atacar el mal en sus raíces, Chávez se limitó a maquillarlo calificando de “reconversión” monetaria lo que simplemente consistió en quitarle tres ceros a un bolívar que desde ese día dejó de ser “bolívar” para llamarse bolívar fuerte.

La medida, por supuesto, causó todo lo contrario. Hasta que el 17 de agosto del año pasado ante los resultados devastadores del experimento, Nicolás Maduro le anunció al país y al mundo que tres días más tarde entraría en vigor una nueva reconversión económica, como la anterior orientada a normalizar la situación de la economía y las finanzas públicas, pero mediante una mano del mismo grosero maquillaje, al quitarle 5 ceros a ese nuevo bolívar que ya nada tenía de fuerte, y sustituirlo por uno nuevo, el bolívar “soberano”, infinitamente más débil que el difunto bolívar fuerte. Esta penosa comedia de enredos la completó Maduro adaptando la paridad cambiaria a esa ficción monetaria llamada bolívar fuerte, gracias a la cual el precio del dólar pasó, de 6 millones de bolívares fuertes por billete verde, a 60 bolívares soberanos por unidad. De acuerdo con esto, el salario mínimo integral, así llamado porque al salario se le sumaba un suplemento no salarial con la finalidad de ayudar al trabajador a pagar por su comida, que para ese día era de 5 millones 196 bolívares fuertes, debió pasar a ser de 51,96 bolívares soberanos, pero por simple e inútil generosidad presidencial, desde ese día fue de 1,800 bolívares soberanos.

El desastre de estas repetidas capas de maquillaje sin sostén real es que mientras escribo estas líneas un dólar cuesta 20 mil bolívares soberanos, el salario mínimo integral acaba de ser aumentado a 300 mil bolívares soberanos, la hiperinflación registra aumentos diarios de efectos asfixiantes, más de 4 millones de hombres, mujeres y niños han escapado a pie por las fronteras de Venezuela hacia Colombia, Brasil y el cono sur, generando una crisis migratoria sin precedentes en la historia de región, y que otros muchos millones de venezolanos sueñen con sumarse a ese éxodo aunque no lo hacen, bien porque no se atreven a emprender esa aventura, o porque sencillamente no pueden hacerlo.

En todo caso se trata de un fracaso absoluto del régimen chavista, y se mide con precisión gracias a estas cifras demoledoras que acaba de divulgar el BCV, después de meses de silencio cómplice. Cifras, por cierto, que se supone han sido cuidadosamente suavizadas para aminorar el impacto.

   Los efectos de la última reconversión

Poco después de la entrada en vigencia de esta nueva “reconversión”, el desempeño comercial de los servicios registró dos variantes inesperadas. Por una parte, precios como los de la gasolina, cuyo litro costaba 91 céntimos de bolívares fuertes, no podían adaptarse a la desmonetización representada por la eliminación de 5 ceros. En otras palabras, ¿cómo quitarle 5 ceros a algo que cuesta 0,91 bolívares soberanos? La solución era ajustar el precio de la gasolina, pero el recuerdo siempre presente del “Caracazo” hacía de esa solución algo impensable. El gobierno intentó encontrar alguna forma de hacer posible esta imposibilidad, y al final optó por un imposible todavía mayor porque la producción de crudos, que hace 20 años superaba los 3 millones de barriles diarios y esperaba producir 5 millones dentro de pocos años, en la actualidad no supera los 700 mil barriles diarios. Y porque a esa devastadora merma debemos agregar el hecho, también devastador, de que prácticamente todas las muy importantes refinerías del país están paralizadas por falta de mantenimiento. El menú de opciones se le redujo de pronto. O sinceraba el precio de los combustibles a pesar del carácter explosivo de la medida, o regalaba la gasolina, alrededor de 600 mil barriles diarios, que es lo que ocurre desde entonces. Es decir, que gracias a la reiterada incompetencia del régimen a la hora de gobernar, Venezuela es el único país del globo donde cualquiera puede llenar gratis el tanque de gasolina.

A esta incomprensible realidad se ha ido añadiendo otra. Según el decreto mediante el que se puso en marcha esta segunda reconversión monetaria, el precio de los bienes y servicios que se transen en Venezuela deben ser expresados en “bolívares soberanos.” En los primeros días de economía “reconvertida” no se presentaron mayores problemas, pero a medida que pasaban las semanas una circunstancia hizo saltar el proyecto en pedazos. Ante la circunstancia de que los precios de todo comenzaron a incrementarse dramáticamente, en los primeros momentos por la manera no muy clara de redondear los precios, se agudizó la escasez de todo. Mucho más cuando ante la especulación y la indetenible pérdida de confianza en el bolívar, llámese como se quiera, la única manera de conservar cierto poder adquisitivo era buscando en el dólar un necesario punto de equilibrio. Y así, poco a poco pero de manera indetenible, aunque los precios seguían fijándose en bolívares soberanos, gradualmente creció la opción de cobrar en dólares los servicios que se prestaban, calculados de acuerdo con la tasa cambiaria del día.

Muy poco después, con la inflación pasando rápidamente a ser hiperinflación, y a que el valor de la moneda nacional se desplomara cada día aceleradamente, el dólar se ha ido convirtiendo en instrumento de cambio más habitual. Sobre todo, porque a medida que la diáspora venezolana adquiere proporciones inmensas, en Venezuela hizo su aparición un recurso inexistente hasta entonces: la remesa. Por mal que les fuera a los emigrantes, casi todos pueden hacerle llegar a la familia que había quedado atrás unos cuantos dólares, que por pocos que sean, significan mucho en la depauperada economía venezolana. De este modo, lo que comenzó siendo una opción, ha terminado por convertirse en realidad; los precios ya se fijan, se pagan y se cobran en dólares.

Políticamente, esta necesidad comercial y existencial de dolarizar la vida en Venezuela es un revés muy palpable de las políticas socialistas y antiimperialistas del régimen. De manera muy especial, porque esta pasada semana también se ha sabido que en la Cuba socialista, revolucionaria y antiestadounidense, a partir de ahora se podrán comprar ciertos bienes en dólares. En definitiva, como los experimentos socialistas en Cuba y en Venezuela continúan sin poder producir lo que consumen sus ciudadanos y como ambos se han ocupado muy bien en destruir la producción en ambos países, la crisis venezolana también acorrala a Cuba, ambos regímenes se ven ahora obligados a recurrir a la progresiva dolarización de sus economías como única y desesperada alternativa de supervivencia. A sabiendas, sin embargo, de que esos esfuerzos están condenados de antemano al fracaso. Al peor de los fracasos.

 

 

 

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