Dictadura

Armando Durán / Laberintos: ¿Una era de ebullición total en Venezuela?

   “El cambio climático está aquí y es solo el principio. La era del calentamiento global ha terminado y la era de la ebullición total ha comenzado.”

   Esta advertencia apocalíptica no la formuló un insidioso ecologista ofuscado por la ola de calor que este verano ha tomado por asalto el hemisferio norte del planeta. Tampoco por un espectador deslumbrado por las imágenes de una supuesta explosión nuclear magistralmente filmadas en película de 70 milímetros por Christopher Nolan para ilustrar los episodios más relevantes de su biografía de Robert Oppenheimer, glorificado padre de la bomba atómica, estigmatizado por el FBI de J. Edgar Hoover desde sus tiempos como director científico del Proyecto Manhattan y después víctima de la cacería de brujas desatada en Estados Unidos a raíz de la aparición de las “democracias” populares en Europa oriental al término de la Segunda Guerra Mundial, la entrada triunfal de Mao Zedong a Pekín en 1949, la explosión de la primera bomba atómica soviética aquel mismo año y el estallido de la guerra de Corea meses después. Estremecedoras manifestaciones del inicio de la Guerra Fría, que a su vez provocaron un estado de paranoia colectiva de inmensas proporciones en Estados Unidos, circunstancia aprovechada por el senador Joseph McCarthy para catapultarse a la fama y a la Presidencia de la inquisitorial Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado.

   Esta referencia a una era de ebullición total tampoco fue preaviso dictado por un pacifista empeñado en revivir el temor que llegó a sentir Enrico Fermi en vísperas de la primera prueba real de una bomba atómica en el desierto de Almagordo, en New Mexico, por no saber a ciencia cierta si la reacción en cadena generadal por una explosión nuclear podría llegar a ser indetenible, en cuyo caso llamas achicharrarían en un instante toda la atmósfera terrestre. La razón de que esta suerte de alarma mundial produjera el impacto que ha tenido es que quien lo señaló el pasado jueves 30 de julio a los cuatro vientos fue António Guterres, prudente y moderado secretario general de Naciones Unidas, recién reelecto para continuar en su cargo por un segundo período de cinco años.

   Sin duda, esta posición tremendista asumida por Guterres, católico practicante desde sus niñez, que ha sido primer ministro del gobierno de su país, presidente de la Internacional Socialista, alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados y desde enero de 2017 secretario general de la Organización, responde a su preocupación ante el hecho de que aunque 183 países miembros del organismo y todas las naciones agrupadas en la Unión Europea firmaron el 12 de diciembre de 2015 el llamado Acuerdo de Paris sobre el Cambio Climático, acuerdo mediante el cual los firmantes se comprometieron a reducir la amenaza que representa la emisión de gases contaminantes del ambiente, lo cierto es que ninguno de ellos ha dado muestras de haber asumido plenamente el compromiso de enfrentar el calentamiento global del planeta, decisión imprescindible para continuar haciendo a la Tierra un planeta apto para la vida humana.

   Esta Preocupación de Guterres se hace ahora apremiante, porque el Acuerdo de París también fijó este año 2023 para hacer una primera evaluación de lo logrado durante estos 8 años para avanzar hacia el muy concreto empeño de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 grados centígrados y todo indica que esa meta está muy lejos de haberse alcanzado.

   La metáfora empleada por el actual SSGG de la ONU para resumir la magnitud de este peligro me ha hecho pensar que más acá de ese cataclismo mundial por venir, los venezolanos sufrimos ya los efectos devastadores de un cataclismo geográfica y existencialmente mucho más próximo. Es decir, que al margen de la pesadumbre que nos produce el oscuro horizonte planetario hacia el que marcha la humanidad, al parecer inexorablemente, los venezolanos, víctimas de un  descalabro sin precedentes en la historia nacional, nos hallamos ante una encrucijada decisiva de nuestro proceso político, en un estado de auténtico calentamiento, porque quienes dicen gobernar al país no lo gobiernan, y quienes dicen encarnar la solución de ese apremiante problema ni remotamente parecen estar resueltos a serlo. Y uno tiene la penosa impresión de que una vez quienes pueden hacerlo están a punto de descartar una vez más la opción de ponerse de acuerdo, ya no para celebrar elecciones con condiciones democráticas, mucho menos un cambio de gobierno y régimen, sino para detener la caída libre de un país que bien pronto puede de dejar de serlo, y emprender una etapa de restauración a fondo y a toda velocidad de los equilibrios políticos, económicos y sociales que le arrebatan a Venezuela la posibilidad de hacer un borrón y cuenta nueva y permitirle al país emprender un camino que de veras lo conduzca a un futuro humanamente digno y justo.

   Esta urgencia de reaccionar ante el fuego que quema y consume al que se refiere Guterres, puede sonar a ingenuidad en este mundo dominado por el cinismo más descabellado, pero no lo es. Quienes hemos vivido los rigores de la vida en Venezuela estamos perfectamente vacunados contra la cómoda tentación de confundir nuestras ilusiones con la realidad. En este punto crucial de nuestra historia, la opción electoral, en lugar de ser una auténtica solución del problema, vuelve a ser un trapo rojo, ya hecho jirones, con el que unos y otros intentan disimular la realidad, triquiñuela agotada en las mil y una elecciones celebradas en el país sin que sus resultados hayan tenido algo que ver con la voluntad de los electores, ni siquiera en las rarísimas ocasiones en que algún descuido del oficialismo le ha dado momentáneamente la victoria al otro. Hasta el extremo de que la historia electoral de Venezuela se limita a repetir la misma decepción, elección tras elección, mediante la cual se le ha arrebatado a los ciudadanos hasta la esperanza de tener lo bueno que pueda traerle el día de mañana.

   Este sistemático desengaño ha impulsado a 7 millones de venezolanos, en un país que tenía 30 millones de habitantes, no a emigrar en busca de un futuro mejor, sino darse a la fuga para escapar del abismo sin fondo en que se ha hundido Venezuela. Una realidad muy difícil de ver por quienes no padecen a diario el engaño de los últimos 20 años, con los mismos caramelitos envenenados y el mismo jueguito electoral con las mismas cartas marcadas, como si los venezolanos, a pesar de todos los pesares, ciegos, mudos y sordos, no existieran, y en esa condición orwelliana de no humanos, fueran a caer de nuevo en la misma y trajinada trampa de ir a votar, pero sin la opción de elegir. Víctimas de una voluntad de poder absoluto que, en el caso actual, ante una eventual inevitable derrota, obligado el régimen a montar una vez más el tinglado electoral como condición para que Estados Unidos y Europa levanten las sanciones políticas y económicas aplicadas a Nicolás Maduro y compañía a partir de su fraudulenta reelección en las urnas del 20 de mayo de 2018, ahora tiene que volver a sus andadas, al decidir inhabilitar a los precandidatos de la oposición con más probabilidad de ganar las elecciones primarias, de modo que se repita la grosera farsa de aquel infausto 20 de mayo, restringiendo la presencia opositora en urnas trucadas por las autoridades electorales del régimen de dos supuestos contrincantes sin legitimidad ni fuerza política. Desmesura a la que ya ha recurrido para inhabilitar a María Corina Machado, sin la menor duda, la precandidata que ganaría la votación en las primarias de la oposición y después derrotaría a Maduro sin contratiempo alguno. Desmesura que también ya comienza a hacerse presente en las filas de la supuesta oposición, desde donde ya se ha escuchado la propuesta de varios precandidatos sin opción de triunfo, de sustituir a los precandidatos de oposición inhabilitados por el régimen a participar en la elección presidencial prevista para el próximo año, con los precandidatos habilitados por el régimen para enfrentar a Maduro. Una doble desmesura que equivaldría a una de dos: o el país se somete a esta arbitrariedad con la excusa de que la oposición no puede retirarse y dejar a Maduro y compañía en libertad de repetir su viejo truco, o no someterse. Con lo cual, salga sapo o salga rana, como repite el dicho popular venezolano, en la atmósfera política y social del país bien podría estar iniciándose, una era de ebullición total.

 

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