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Arturo Pérez-Reverte: El chino, el negro y el perejil

Arturo Pérez Reverte: "Cuando mi madre murió se llevó imágenes que solo ella tenía de mí. Ahora lamento no haberle preguntado más cosas porque cuando uno muere, con él muere una mirada,

 

Eran las nueve de la mañana y se me había antojado ese día hacer tabulé. No un tabulé cualquiera, sino un tabulé de verdad: ligero, fresco, oriental. El tabulé, además, me sabe a juventud. A Beirut. A amigos que ya no veo. A chicas, a aventuras, a tiempos para recordar. A todo eso. Así que salí de casa a buscar los ingredientes, pan y demás, y mochila a la espalda llegué al pueblo tras media hora por el camino verde que va a la ermita. Afueras de Madrid, domingo por la mañana. Ni un alma por las calles. Hasta el puesto de periódicos –ahora de chuches– estaba cerrado. Pero el sitio al que yo iba estaba abierto, naturalmente. Era la tienda del chino.

Para hacerse dueños del pueblo, la ciudad o el mundo no necesitan retóricas chorras. Les basta con la caja registradora

 

Pero ojo. No se trata de un chino cualquiera. Este chino se llama Antonio y tiene una tienda de verdad. Como perspicaz asiático que es –hasta en el nombre por el que pide lo llamemos lo demuestra– estudió su nicho de mercado y lo explota con precisión quirúrgica: productos frescos, verdura, fruta, pan recién hecho; y por supuesto, albahaca, tomillo y perejil, objeto principal de mi paseo. Así que me dirigí al estante habitual. No había perejil. Antonio, mientras tanto, seguía viendo su programa favorito –en chino, por supuesto– en el móvil sin levantar la cabeza. Cuando pregunté, me miró resignado y gritó hacia el fondo en sombras del local:

–¡Abu!

Hasta entonces yo sólo había visto a Antonio y a su mujer, Carmen, también china. Entonces apareció Abu: pelo ensortijado, piel negra. Más que negra, azul marino.

–Sube el perejil –ordenó Antonio sin levantar la cabeza del móvil. Y Abu desapareció arrastrando los pies. Al rato volvió con un manojo de perejil tamaño ramo de flores de funeral de Estado.

–No, Abu –dije con fraternal confianza–. Es mucho. Sólo necesito…

Antonio no me dio tiempo a terminar. Arrebató el manojo a Abu, gritó como si se ciscara en Confucio algo ininteligible para mí –creo que también para Abu–, separó un poco y me lo dio.

–¿Algo más?

El tono nos acojonaba a Abu y al arriba firmante. Miré mis manos pecadoras. Con guantes de plástico transparente, limpios y occidentales, había cogido unos tomates.

–Una barra de pan –dije, conciliador.

Antonio señaló el estante del pan y volvió a su móvil. Abu me miraba como diciendo «no sabes con quién te la juegas, hermano; si yo te contara…». Cogí barra, tomates, perejil, y fui a la caja, desde la que Carmen me había estado observando todo el rato con fríos ojos de francotirador serbio. Saqué la tarjeta de crédito.

–Efetivo, pol favol.

Me sentía como Tintín en El Loto Azul. Rebusqué en la mochila y encontré un billete de veinte euros. Carmen lo miró al trasluz y me devolvió unas monedas como si estuviera controlándome el pasaporte en la aduana de Shanghái. Y entonces, con la lucidez que da un manojo de perejil recién comprado, lo vi clarinete: Abu sigue donde siempre estuvo, cargando cajas, obedeciendo órdenes. Antes fue el látigo, ahora la invisibilidad. Es la mano de obra eterna. Antonio y Carmen, en cambio, tocan otro registro. No levantan la voz sino con los subalternos, no pierden tiempo en debates morales. Trabajan mucho, eficazmente, y lo hacen en silencio. Controlan el dinero, la tecnología, la industria a pequeña y gran escala. Fabrican lo que usamos, distribuyen lo que comemos, programan lo que miramos. Para hacerse dueños del pueblo, la ciudad o el mundo no necesitan retóricas chorras. Les basta con la caja registradora, su cliente de las nueve de la mañana y, en cuanto pueden permitírselo, un Abu que les suba el perejil.

Y nosotros, o sea los de antes, a medio camino entre Abu por una parte y Antonio y Carmen por la otra, creyendo que vivimos en el Primer Mundo porque hay pan caliente y perejil fresco a las nueve de la mañana. Ajenos a que el nuevo orden no es ideológico ni épico, sino operativo. Que ya no mandan filósofos ni generales, sino quienes estudiaron el negocio y trabajan de verdad para controlarlo. Y mientras tanto, Europa –antiguo árbitro del mundo– se deleita mirando su reflejo moral en el escaparate sin asumir que ya no manda, no produce y no decide. Solo legisla para ella misma, mientras al resto del mundo, que se chotea con ganas, se la refanfinfla.

Y, bueno. Cuando salgo a la calle con mi mochila, Abu, que está en la puerta fumando un cigarrillo, me mira y yo lo miro. Y mientras él piensa «Ahora también os vais a enterar vosotros, cabrones», yo pienso que sí, en efecto. Que ya nos estamos enterando.

 

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