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Arturo Pérez-Reverte: Mujeres malas

Hace dos o tres semanas les contaba quiénes eran mis villanos de película favoritos, repasando una lista que hice a medias con Javier Marías. También prometí otro artículo sobre ellas, las chicas perversas del cine. Y aquí me tienen, cumpliendo. Esta vez la lista la hago solo, porque Javier está de viaje y no hemos hablado del asunto. Me salen veintiocho, aunque no todas caben en esta página. Pero sé que Javier y yo coincidimos en casi todas. A fin de cuentas tenemos la misma edad, y de jovencitos nos calzamos los mismos tebeos, libros y películas.

Una precisión previa: lo de chicas malas, sobre todo en el cine de antes, resulta relativo. En otras pelis las mismas actrices hacían de buenas. Incluso cuando encarnaban a personajes oscuros o inmorales, solían redimirse al final. Que nunca dejaran de ser unas irreductibles arpías era privilegio de muy pocas. Además, había matices. Una estupenda Angie Dickinson, por ejemplo, lo mismo podía ser una jugadora de cartas de moral ambigua que al final se enamoraba de John Wayne en Río Bravo, que la mala pécora a la que en Código del hampa le espeta Lee Marvin: «Ya sé por qué no se defendió. Era un hombre muerto. Lo habías matado tú».

El trailer oficial de «Rebecca» (1940), la entrada triunfal de Alfred Hitchcock en Hollywood (ganó el Oscar a Mejor Película); aunque con financiamiento gringo, toda la película está plagada de talento británico; por ejemplo, su director, Hitchcock, la escritora de la novela en que se basó, Daphne Du Maurier, y sus actores protagonistas: Laurence Olivier, Joan Fontaine, Judith Anderson, George Sanders, Gladys Cooper, Reginald Denny.

En algunos nombres de mi lista personal de malas requetemalas y villanas de verdad no admito discusión: ahí están Mary Astor en El halcón maltés, Glenn Close en Atracción fatal, Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, Judith Anderson en Rebeca, Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo o Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces o Los tres mosqueteros. Dejando, claro, un merecidísimo puesto de honor a Barbara Stanwyck, perversa y manipuladora de verdad en esa soberbia película titulada Perdición, que es una de las obras maestras del cine negro, con Fred MacMurray diciéndole al final a Edward G. Robinson: «Maté por dinero y por una mujer. No conseguí el dinero ni tampoco la mujer».

Barbara Stanwyck y Fred McMurray, que se creía seductor y terminó siendo fatalmente seducido en la genial «Double Indemnity» ( «Perdición», 1944, dirigida por Billy Wilder, con guion del propio Wilder y Raymond Chandler). 

Las que menciono son chicas malas sin redención posible, de las que cuando al final las meten en la cárcel o alguien les pega un tiro te quedas muy a gusto, dándote igual que sean mujeres, hombres o ministros de Hacienda. Pero hay otras categorías más sutiles. Grupo aparte lo forman las que en el fondo son buenas,  o no tan malas como parecen cuando las ves cantando en un cabaret, de novias de un gánster, o de ambas cosas a la vez. Es el caso, naturalmente, de Rita Hayworth en Gilda –esa bofetada de Glenn Ford que hoy nadie se atrevería a meter en una película–, pero también de Lauren Bacall en Tener o no tener,  de Ava Gardner en Forajidos, de Gloria Grahame en Los sobornados, de Sharon Stone, de la que es ineludible Instinto básico («No pienso confesar mis secretos porque haya tenido un orgasmo») pero a la que hay que echar un vistazo serio en El especialista, de la deliciosa Brigitte Bardot cuando aún no se dedicaba a salvar focas y bailaba sobre una mesa en Y Dios creó a la mujer o seducía a Jean Gabin en En caso de desgracia.

Lauren Bacall y Humphrey Bogart, en «To have and have not». La escena llamada «Do you know how to whistle?» (¿Sabes cómo silbar?)

De todas formas, las chicas malas cinematográficas que más me gustan son las que, dicho en elegante, fueron arrastradas por el río de la vida: la Jean Harlow que hace estupendo trío con Clark Gable y Wallace Beery en Mares de China, la Joan Crawford que todos recordamos en Johnny Guitar con el magnífico Sterling Hayden, pero que yo disfruto más en Lluvia, y también la Greta Garbo de Mata Hari, por citar sólo algunas. Aunque mis amores malvados en este ámbito se centran sobre todo en dos señoras, o más bien en tres. Una es Mae West (No soy ningún ángel), cuyo físico nunca me estimuló nada, pero cuyo sentido del humor, personajes interpretados y diálogos («¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?», «El sexo es como una partida de póker: si no tienes una buena pareja, más vale que tengas una buena mano») la hacen admirable. Y la otra, mi verdadero mito cinematográfico de toda la vida, es Marlene Dietrich, la mujer mítica que besó a Lorenzo Falcó en un cabaret de París. Adoro sus películas, hasta el punto de que he visto Fatalidad, Siete pecadores y El expreso de Shanghai quince o veinte veces: «Se necesitó más de un hombre para cambiar mi nombre por el de Shanghai Lily».

Jessica Rabbit

Dirán ustedes que hablé de tres amores y falta uno. Pero es que me reservaba el mejor: la mujer que dijo eso de «No es que yo sea mala, es que me dibujaron así»: la sin igual, soberbia, espectacular, inmensa Jessica Rabbit. La única mujer del mundo capaz de susurrar: «Quiero que sepas que te quiero más de lo que mujer alguna ha querido a un conejo» y ponerte caliente. Una de esas señoras, da lo mismo malas o buenas, por las que cualquier hombre sería capaz de ir al infierno a buscar fuego para encenderle un cigarrillo. O dos.

 

Jessica Rabbit y Bob Hoskins («Who framed Roger Rabbit» – Quién engañó a Roger Rabbit- Robert Zemeckis, 1988), en la escena«No es que yo sea mala, es que me dibujaron así».

 

 

 

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