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Arturo Pérez-Reverte: Sapore di sale

 

Hace mucho que no sé nada de ellos. Los recordé ayer viendo otra vez la película italiana Sapore di sale, que va de un verano con jovencitos, sus guateques, sus amores y sus cosas, en los años sesenta: los mismos chicos, casi con la misma música y las mismas situaciones, que algunos fuimos en esa época. Me acordé de mis amigos de entonces, como digo. De aquel grupo de once muchachos con los que cursé bachillerato de letras en el Instituto de Cartagena cuando me expulsaron de los Maristas. No he vuelto a encontrarme con ellos desde que hace unos diez años nos reunimos los supervivientes para cenar con Gloria, nuestra profesora de Griego –en su momento, la más escueta minifalda y las más lindas piernas del colegio– y con Antonio Gil, nuestro sabio profesor de Latín. No he vuelto a verlos desde entonces, como digo. Pero los recuerdo a menudo, incluso en esta página.

Los guateques, claro. Canciones de Serrat –te levantarás despacio– y los Brincos –la otra noche bailando estaba con Lola–, rock, bailes sueltos o música lenta buscando los rincones oscuros de la discoteca o la casa donde nos reuníamos: Paquita, Gloria, Juani, Carito, Pepa… Chicas espléndidas que como nosotros despertaban a la vida, sacudiéndose convenciones y moralidades apolilladas antes de regresar a casa poco antes de que dieran las diez. Sesiones de cine en las que lo de menos era la película –Arde París tuve que verla dos veces, porque la primera ni me enteré–, aquellos bailes muy agarrados y el delicioso lenguaje no verbal de ellas, tan expresivo: de los codos interpuestos, al principio, a los brazos al cuello cuando la mutua batalla estaba resuelta. También las excursiones a la playa, los fines de semana, los amigos: Paco Escudero, Jaime, Paco Cervantes alias Ojazos, Toni Fuentes, Ginés, Joaquín, Alfonso el Bolchevique, Ballesteros, Carrión, Juanico alias el Espía para Misiones Arduas y Difíciles –epíteto ganado a pulso durante un viaje de estudios a Italia– y alguno más.

 

Juan se indignó mucho; aunque, como era de natural pacífico, iba a dejarlo pasar sin más consecuencias. Pero para eso estábamos los amigos

 

De Juan el Espía, uno de los más notables entre nosotros, mezcla extraordinaria de ingenuidad y osadía juveniles, conservo dos recuerdos gloriosos. Uno es cuando, en un guateque, advertimos que él llevaba una gruesa pila de linterna en el bolsillo derecho del pantalón. Interrogado sobre su utilidad, la explicó así: «Cuando me arrimo mucho bailando les presento el lado derecho, el de la pila. Entonces, al notar eso duro, se mosquean, se apartan y se arriman al lado izquierdo… Y allí estoy yo, esperándolas».

La otra historia suya es maravillosa. Salía Juan con una chica a la que llamaré Teté, y un compañero de nuestro instituto, un tal Julio –casi dos metros de estatura–, afirmó en público que había tenido con ella algo más que palabras. Juan se indignó mucho; aunque, como era de natural pacífico, iba a dejarlo pasar sin más consecuencias. Pero para eso estábamos los amigos. «No puedes tolerarlo, Juanico», le dijimos. «Ese miserable ha puesto en entredicho tu honor y el de Teté. Tienes que hacer algo». Y añadimos, alentadores: «Además, para eso estamos nosotros. Iremos contigo a echarte una mano». Tras muchas dudas, convencido al fin por nuestro respaldo, Juan decidió pasar a la acción. Cortó un tubo de plomo para darse fuerza en la mano, y en un recreo del Instituto se dirigió a Julio escoltado por sus fieles amigos. «¿Creéis que debo hacerlo?», dudaba todavía en los últimos pasos. «Por supuesto, Juanico. Es el honor de tu chica. Y estamos contigo».

Julio estaba recostado en un muro y Juan, con todos nosotros alrededor, se le puso delante. Nos miró inquieto, miró hacia arriba a Julio, tragó saliva y dijo con voz apenas audible: «A ver, ¿qué has dicho de Teté?». Y acto seguido, sin esperar respuesta del desconcertado adversario, alzó el puño y le dio un blandito golpe en el estómago, tímido e inofensivo, que el agredido acogió con estupor. Tres segundos después, Juan estaba en el suelo con el otro encima arrimándole una somanta de hostias que sonaban como tamborazos, mientras los amigos contemplábamos la escena cruzados de brazos, con ojo interesado y crítico. Por fin, cuando Julio se quedó a gusto y se fue, nos agachamos a recoger lo que quedaba de Juan y, sosteniéndolo entre todos mientras arrastraba los pies, nos lo llevamos a la enfermería del cole. «¿Cómo he estado?», nos preguntaba entre farfullos, con la boca hinchada como un tomate. «Has estado estupendo, Juanico», le decíamos, solemnes. «Has estado de puta madre». Y mientras tanto, Alfonso el Bolchevique, que era el más culto y cínico de todos, iba declamando pasajes de la Ilíada: «Cayó el héroe a tierra, y resonaron sus armas».

 

 

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