
En tres interesantes décadas, entre 1960 y 1990, Europa vivió transformaciones tan enormes que no la habría reconocido ni la madre que la parió. Más que a movimientos populares (aunque los hubo importantes) el progreso general se debió a un proyecto político impulsado por élites con intereses comunes (ganar pasta, sobre todo). Había ideas inteligentes, ambición y estabilidad (el bipartidismo parlamentario funcionó durante mucho tiempo), y los intercambios comerciales, la movilidad laboral, el fluido contacto internacional, el ansia de consumo y su efecto en la producción facilitaron la actividad, la conciencia y el espacio compartidos. Pero como en toda fiesta siempre hay alguien que sirve las copas, no todos disfrutaron de las mismas ventajas. El milagro económico (Wirtschaftswunder lo llamaban los alemanes hablando de ellos, aunque eso valía para todos) no siempre conectó con los nuevos movimientos sociales ni con las aspiraciones del momento, surgiendo tensiones y esperanzas que, como suele ocurrir, el tiempo se encargó de frustrar. De todas formas, junto a la unidad europea, la juventud y el feminismo fueron elementos clave. Gracias a la prosperidad general, que hacía más fácil acceder a la educación y la cultura, los jóvenes se convirtieron en protagonistas con identidad propia (aquí vino la gran novedad histórica) y una extraordinaria capacidad de acción política, con colegios y universidades convertidos en focos de debate y protesta que cuestionaban la autoridad, el totalitarismo, el capitalismo, la guerra de Vietnam y el conservadurismo social (en aquel tiempo, que fue el mío, si eras joven sólo podías ser de izquierdas, o casi). El cogollo de tan interesante fenómeno fue 1968, con el famoso Mayo Francés, que tuvo espectaculares réplicas en Berlín, Roma o Praga, entre otros lugares; y que si a este lado del Telón de Acero vivió una frecuente represión estatal, en la Europa oriental la búsqueda juvenil de un mundo más humano y democrático se vio aplastada con el inconfundible estilo comunista (o sea, muy a lo bestia). También las mujeres europeas tomaron la palabra: aunque su derecho al voto ya era una realidad, seguían sometidas a injusticias sociales, laborales y legales; así que la lucha feminata procuró cambiar ese estado de cosas con el control de la propia sexualidad, el derecho al aborto, el divorcio, el cuestionamiento de los roles tradicionales, la búsqueda de una igualdad salarial y la presencia creciente de mujeres en la vida pública. La difusión de métodos anticonceptivos fue ariete básico en esa batalla, separando (por fin) sexualidad y maternidad. Los sectores más carcas, jaleados por la Iglesia Católica (tampoco las no católicas lo ponían fácil), fueron enemigos encarnizados del asunto; pero la presión general los obligó poco a poco a envainársela. Dictaduras como la portuguesa, la española y la griega también se resistieron como tigres de Bengala; pero con la Revolución de Abril y la caída de los coroneles (1974) y el final del régimen franquista (1975) estos tres países se integraron en el funcionamiento democrático europeo. Sin embargo, pronto llegarían los sobresaltos y los pelos en la sopa. El milagro económico y el buen rollito general empezaron a irse al carajo con el primer gran desparrame que sacudió al mundo y a Europa tras la crisis del petróleo de 1973 (ocasionada por la guerra del Yom Kipur entre árabes e israelíes). Al modelo de Estado del bienestar que garantizaba industria, empleo, protección social y prosperidad para todo cristo empezaron a vérsele las costuras: surgieron nuevas formas de precariedad laboral y quedó clarinete que entre los países del norte y del sur mediaba un trecho. Y en una Europa eficaz para unas cosas pero impotente para otras (el poder de la prensa se manifestó aquí imprescindible para controlar al poder), surgieron tensiones que el tiempo agravaría. Cierres de fábricas, reconversiones industriales, huelgas, protestas estudiantiles y movimientos obreros calentaron las calles, y grupos terroristas marcaron estos años en Alemania (RAF), Italia (Brigadas Rojas), Irlanda del Norte (IRA) y España (ETA, GRAPO). Violencia a la que, para completar el pastel, se sumaron organizaciones de extrema derecha españolas e italianas. Y además salió preñada la abuela, porque los movimientos de liberación palestinos eligieron Occidente para sus acciones terroristas con atentados, secuestros de aviones y asesinatos. También a finales de los 80 empezó algo fundamental para el futuro de Europa: la emigración interior cedió paso a la llegada de trabajadores inmigrantes de África, Asia y países del este; lo que contribuyó a la prosperidad económica y benefició la actividad empresarial, pero generó tensiones y debates sociales que marcarían las décadas futuras.
[Continuará].
