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Arturo Pérez-Reverte: Una historia de Europa (CXXV)

Llegando casi al final de esta historia de lo que los europeos fuimos y somos, no puedo despacharla sin hablar de cultura: de una segunda mitad del siglo XX en la que Europa siguió siendo referencia del mundo. Fue un canto del cisne, pero sonoro y bellísimo. También aquellas décadas tuvieron un lado oscuro para sus principales protagonistas, los jóvenes. El consumo de drogas (la heroína segó como una guadaña) dio lugar a serios problemas sanitarios y sociales, y la aparición del Sida en los años 80 produjo miedo, estigmatización e introdujo en la forma de entender el sexo palabras como prevención, educación sexual y responsabilidad colectiva. Pero de lo que hoy quiero hablar es de cultura, porque se acaba la serie y ése es un aspecto muy interesante en aquella Europa que se dedicó con empeño a hacer dos cosas a la vez: rehacerse de la Segunda Guerra Mundial y fingir que había aprendido algo de la catástrofe que ella misma había provocado. En ese contexto, la cultura fue desde el primer momento una interesante combinación de confesonario, tribunal, cuarto de los niños y diván de psicoanalista.

Tras la segunda gran matanza del siglo, atormentada por sus guerras coloniales (conflictos de baja intensidad, los llamaban los técnicos del asunto) y con una resaca moral de proporciones bíblicas, el viejo continente se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Así que puso manos a la obra para explicar lo que al mismo tiempo era obvio e inexplicable (Primo Levi, Günter Grass). Escritores, filósofos, cineastas, músicos, artistas, lo tomaron en serio, y Europa se convirtió en fascinante laboratorio cultural donde el talento y el cuento chino se alternaron de manera asombrosa. Los existencialistas (Camus, Sartre, Simone de Beauvoir), con aire grave, pitillo en la boca y una mano en la rodilla de las alumnas jovencitas, afirmaron que la vida no tenía sentido y que el mundo era una puñetera mierda (lo que, por otra parte, cualquier europeo superviviente a Hitler, Mussolini y Stalin sabía de sobra). En las artes plásticas ocurrió lo mismo: después de tanta bandera, tanto uniforme y tanto hijo de puta, pintores y escultores decidieron romper formas, manchar lienzos y reciclar materiales de vertedero (Dubuffet, Tàpies) con el claro mensaje de que si todo era un desastre, o se caminaba siempre junto al abismo, el arte no tenía por qué fingir lo contrario. Pero también en eso la división de Europa en dos bloques marcó mucho.

Más allá del Telón de Acero se planteó como cuento de hadas socialista: héroes del pueblo, obreros felices, campesinos guapos y tal. Pero fuera de los cauces oficiales, el talento de escritores (Milan Kundera, Václav Havel), músicos, dramaturgos y artistas plásticos se las ingenió para colar críticas disfrazadas, silencios elocuentes o humor negro para ir tirando.

A este otro lado de Europa, con más pasta y menos censura, prosperaron el cine de autor, la literatura y una industria cultural impresionante. El neorrealismo italiano, combinando como sólo son capaces de hacer allí la miseria, el humor y la tragedia, alumbró obras maestras (Ladrón de bicicletas, Roma ciudad abierta, La dolce vita, Rufufú), la Nouvelle Vague francesa decidió que las reglas cinematográficas estaban para reventarlas, y directores como Bergman, Visconti, Fellini o Truffaut pusieron el cine patas arriba. Sin embargo, los verdaderos protagonistas fueron los jóvenes, y no dejarían de serlo hasta hoy. A partir de 1968 lo cuestionaron todo: la autoridad, la moral sexual y cuanto olía a naftalina. Unas cosas cambiaron y otras se recuperaron con nombres nuevos, pero el estrépito fue formidable: supuso un punto de inflexión, una mirada nueva que marcó, de rebote, la concepción de la cultura en todo el mundo. El último gran estallido de fulgor europeo antes de la decadencia final. Treinta siglos cuajaron en aquel espectáculo soberbio, y pese a la cada vez mayor influencia norteamericana, Europa aún siguió siendo ella misma. Su cultura sobre todo juvenil, demográficamente poderosa, impulsada por los medios de comunicación, lo impregnó y transformó todo. El rock, el pop y otros géneros musicales (la Inglaterra de los Beatles y los Rolling Stones lideró mucho tiempo ese aspecto) se convirtieron en signos de identidad para varias generaciones; la televisión y los primeros medios digitales difundieron otras formas de vida. Venía un mundo nuevo y otra manera de entenderlo.

El continente iba a aturdirse en la globalización, en sus propios fallos y contradicciones, en las tragedias que aún le quedaban por vivir repitiendo errores, miserias y rencores del pasado. A dejar de ser lo que había sido, para ser otra cosa. Pero aquellas décadas prodigiosas de finales de siglo, cuando una Europa todavía digna de su reputación asombró por última vez al mundo, fueron extraordinarias.

[Continuará…]

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