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Arturo Pérez-Reverte: Valore su experiencia de configuración

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Compré un televisor nuevo. No porque lo necesitara, sino porque soy un ingrato: el antiguo funcionaba sin pedir a cambio más que cariño. Encendías, salía la imagen y punto. Algo que ni el progreso ni mi estupidez podíamos tolerar. El nuevo llegó en una caja enorme que abrí como quien desactiva una bomba: con cuidado, sudor frío y la intuición de que hagas lo que hagas, cable rojo o cable azul, algo va a salir mal. Dentro estaba él: negro, ultraplano, mirándome con la arrogancia silenciosa de los objetos que saben que eres un tiñalpa. Yo soy moderno y tú no.

 

Comprendí que no había comprado un televisor, sino un funcionario, un burócrata electrónico con alma de rascapuertas y vocación de notario

 

Lo enchufé, pulsé ‘encender’ y ahí empezó lo guapo. «Bienvenido», dijo la pantalla. Mentía, claro. Nadie te da la bienvenida a un interrogatorio policial. Primera orden: el idioma. Español. Todavía bien. Segunda: país. España. Seguimos. Tercera: conexión a Internet. Aquí ya levanté una ceja pero acepté. Introduje la contraseña del WiFi usando un mando diseñado por alguien que claramente odia a los seres humanos. Fallé, claro. Fallé otra vez. A la tercera entró por pura chiripa. Entonces, sin anestesia, llegó la frase capital que define nuestra época: «Para continuar, debe iniciar sesión o crear una cuenta».

Ahí comprendí –la jiñaste, Burtlancaster– que no había comprado un televisor; había adquirido un funcionario, un burócrata electrónico con alma de rascapuertas y vocación de notario. ¿Iniciar sesión? Claro, cómo no. Porque todo ciudadano decente tiene, por supuesto, una cuenta creada para cada electrodoméstico que compra: una para el microondas, otra para la aspiradora, otra para la madre que los parió. Pero, bueno. De perdidos al río. Metí mi correo. Contraseña incorrecta, naturalmente. Recuperar contraseña. Móvil en mano. Código. Otro código. El código ha caducado. El televisor me observa de reojo, juzgándome. Supongo que descojonándose entre circuitos internos. Yo empiezo a sudar como en esas saunas que ustedes saben. Creo una cuenta nueva. Nombre. Apellidos. Correo. Contraseña. Una contraseña fuerte, dicen. Fuerte para quién, me pregunto. ¿Para resistir un dron de Putin, una extracción de Maduro estilo Trump, o para dar por saco al usuario? Procedo. Mayúsculas, minúsculas, números, símbolos y, a ser posible, un trauma infantil, Flori. Aquella novia que tuve con siete años en el cole: Fl0ri1958CaRT. Acepto. Pulso.

Vendí la piel del oso antes de cazarlo, porque ahora vienen los términos y condiciones. No los leo, claro. Nadie lo hace. Pulso ‘aceptar’ con resignación fatigada y suicida. Probablemente acabo de ceder al hacker de la esquina mis datos, mi historial visual y mis derechos de autor. «Le hemos enviado un correo de verificación», me dicen. Voy al correo, ingenuo cual parvulito. No está. Refresco. Sigue sin estar. Spam. Ahí aparece al fin, escondido como un ladrón en la noche digital. Verifico. Todo correcto. Vuelvo al televisor. Inicio sesión. Error. No un error concreto, no. Un «error inesperado». Que es la forma tecnológica de decir «búscate la vida, gilipollas». Respiro hondo. Vuelvo a empezar. Esta vez sí entra. Milagro. «¿Desea mejorar su experiencia activando el asistente de voz?». No, perra. No deseo hablar con la tele ni con nadie. Con mi abogado, si acaso. Desactivo todo. Me pregunta la máquina, supongo que en plan recochineo, si estoy seguro. Pues claro que estoy seguro. He leído Historia, cabrones.

Siguiente fase: actualización del sistema. Obligatoria. Barra de progreso eterna. El televisor se reinicia. Me da tiempo a pensar en el fracaso de mi vida, en la decadencia de Occidente. En Flori. Vuelve a encenderse. «Bienvenido». Idioma. País. WiFi. Inicio sesión. Todo de nuevo. Porque el progreso también consiste en repetir las cosas hasta echar la pota. Por fin accedo al menú principal; un caos de iconos, anuncios y aplicaciones que no pedí, no quiero y no puedo borrar. Toqueteo aquí y allá y me sale una china con tetas grandes vendiéndome un sofá. Me la salto. «Debe sintonizar los canales». Vale, sintonizo. Hay 843 canales: la mitad son teletiendas, ochenta emiten en una resolución digna Los Intocables y treinta y dos están repetidos. Los otros ni los miro. Ordenarlos es manual, claro. Automatizarlo –capten la ironía– sería demasiado humano. Cuando termino, ya no soy el mismo: me duele un codo, la espalda y he condenado mi alma con blasfemias que escandalizarían a mi difunta madre. Por fin pulso un canal al tuntún y aparece la imagen. Algo azul. Los Pitufos, me parece. O no. Pero sobre eso, superpuesta, una pregunta: «¿Desea valorar su experiencia de configuración?».

Aquí es donde comprendes que la máquina no es tonta, ni complicada. Es cruel. Sabe chotearse. Sabe exactamente lo que ha hecho contigo, la hija de la gran puta.

 

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