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Barragán: La raya imaginaria

Acá más que allá, no están del todo claros los límites entre el oficialismo y la oposición que solo coinciden tácticamente en el esfuerzo de no conflictuarse con Washington. Cualquier paso en falso puede debilitar y hasta acabar con el poder establecido y el alternativo por largo tiempo, extendida así la zona gris de una contención mutua para evitar algún evento irreversible e indeseado.

Suponemos que el agente represivo procurará pensar dos veces antes de ejecutar la más modesta acción, porque – aunque tenga su patente de corso en el bolsillo – la imprudencia pudiera desencadenar una crisis en el gobierno que lo convertirá inmediata y convenientemente en un chivo expiatorio. Y el dirigente opositor cuidará de contener su ira y su lengua, temiendo arriesgar un proceso en el que ni siquiera incide y que, por ello, dista significativamente de experiencias como la perestroika y la glasnost, conocidas por cualquier aficionado a la vida política.

Es de presumir la presencia de los agentes policiales encubiertos o no en cualquier acto, reunión o sarao opositor, por más encallejonado que fuere. Ellos y los propios escenógrafos del acto, asustadizos, no tendrán una medida exacta de la intimidación por lo cual todos tratarán de no pisar ni de pasar la raya imaginaria que cinco minutos antes del 3-E fue tan nítida y convincente.

Imaginamos los nervios de pensar en una situación inesperada que pueda poner en jaque la suerte del jefe de grupo de uno y otro bando, desafiando toda capacidad de liderazgo. Apelando a dos analogías de riesgo y control, quizá el ambiente sea cercano al que prevalece en la frontera donde convergen los soldados norcoreanos y surcoreanos, o indios y pakistaníes, hartos de los distintos y nada infalibles protocolos de seguridad, donde el vuelo anormal de un zancudo pudiera originar una tragedia; quizá asistamos una versión del juego al borde del abismo (brinkmanship), estudiado por Thomas Schelling, que puede analizarse mediante el concepto de equilibrio de John Nash.

Hay opresores y líderes opositores experimentados que intuyen los límites, pero igualmente aparecen los recién llegados que, por un lado, se convierten en fanáticos del régimen que está a las puertas de una transición, y, por el otro, están los que tratan de encaramarse en el tren de una rápida como inevitable victoria opositora. Esto permite esbozar una suerte de sociología del arribismo que, entre nosotros, se manifiesta política y socialmente por obra de una coyuntura irrepetible de aparente o real vacío de poder tan propicia para los oportunistas.

 

 

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