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Bernard-Henri Lévy: Después del ‘Brexit’

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La salida de Reino Unido de la UE proporcionará a los países tentados de seguir sus pasos una impagable lección a escala real. Pronto comprobaremos si las curvas del crecimiento, la riqueza nacional y el empleo crecen o se reducen

¿Podría Reino Unido volver a votar? Sí, por supuesto. Jurídicamente nada se opone a ello. Un referéndum es una consulta nacional que solo afecta a las relaciones con las otras naciones en la medida en que su resultado les sea debidamente notificado. Que un número creciente de ciudadanos se percaten de que han sido engañados y de que Nigel Farage —el líder del UKIP—, por poner un ejemplo, les ha mentido descaradamente… Que el Parlamento de Westminster decida tomar en consideración la petición de un segundo referéndum que, en el momento en que escribo estas líneas, han respaldado ya tres millones de británicos… Que se dé cuenta de que no puede ratificar el resultado de una consulta de esta envergadura sin el aval de los Parlamentos de los otros pueblos que constituyen Reino Unido y, sobre todo, del Parlamento escocés… Son hipótesis igualmente improbables. Pero no imposibles. Y nada impide que el pueblo soberano invoque una de estas razones, o cualquier otra, para arrepentirse, desdecirse y rectificar. A situaciones inéditas, desenlaces imprevistos. Sería una prueba más de que, como decía Marx, la Historia tiene más imaginación que los seres humanos y siempre se reserva algún giro inesperado.

Pero, ¿sería deseable? Sí, naturalmente. Pues lo que era cierto ayer lo seguirá siendo mañana. Y no tendría sentido haber proclamado en todos los tonos posibles que el Brexit era una mala cosa, que vendría a ser como firmar el acta de defunción de la Europa de Jean Monnet, Konrad Adenauer y Winston Churchill, no tendría sentido haber afirmado que estaba en juego la supervivencia de la nación europea, su misma idea, y no aprovechar, si se presenta, la más mínima oportunidad para prevenir lo irreparable.

Pero, insisto, la hipótesis es poco probable. Y entiendo bien el argumento que pretende que ahora hay que ser claros y actuar sin demora; entiendo que la presente situación, este estado intermedio, entre dos aguas, en el que ya no se sabe si Gran Bretaña sigue en la casa común o en la sombría soledad del soberanismo triunfante, es perjudicial para todos. Pero es una cuestión de coherencia y de principios. O éramos serios cuando presentábamos el Brexit como ese juego sucio del que nadie saldría ganando —y nunca es demasiado tarde ni para hacer lo correcto ni para hacerse oír— o bien rugimos: “Demasiado tarde. La suerte está echada. Haber pensado antes en el sentido y el alcance de su voto”. ¿Cómo, en este caso, evitar la penosa sensación de que todo esto no era sino un juego también para nosotros?

La verdad es que hay algo extraordinariamente desagradable en el tono de los comentaristas y, por desgracia, a menudo también en el de los responsables que urgen a los británicos a ser coherentes con su decisión. Un tono reprensivo y cargado de alusiones al hombre del saco. Un tono de cónyuge traicionado que ruega al infiel que ponga fin a la ambigüedad y abandone el domicilio conyugal sin tardanza. Algo parecido al tono con el que, el año pasado, se les decía a los griegos: “¿No queríais a Tsipras? Pues ahí lo tenéis (y, con él, una austeridad aún más severa)”.

Una cosa es la política y otra la moral. Y la política es el arte de reparar, no de castigar. De llegar a compromisos tanto con los demás como con uno mismo, no de radicalizar, no de poner entre la espada y la pared ni de hacer pagar sus errores a los pueblos. Y si, a pesar de todo, y como parece más probable, el Brexit llega hasta las últimas consecuencias de su lógica, la cuestión no será dar una lección a los ingleses (“Este es el resultado de vuestra mala decisión. Que os aproveche”), sino tener la suficiente sangre fría como para que el precio a pagar sea, precisamente, lo menos gravoso posible para todo el mundo.

Lo cierto, por otra parte, es que la salida de Reino Unido, si, como todos tememos, se confirma, proporcionará a los países tentados de imitarla una impagable lección a escala real. Hace décadas que los proeuropeos repiten que la Unión Europea aporta paz, democracia y prosperidad. Y hace décadas que sus adversarios replican que es todo lo contrario y que nada iguala el marco nacional a la hora de garantizar a los pueblos el pleno disfrute de esos mismos bienes. De acuerdo, pues ahora vamos a verlo. Aunque no los hayamos deseado, los hechos van a tener la última palabra.

De la evolución, en los meses y los años venideros, de las curvas del crecimiento, la riqueza nacional y empleo en Reino Unido, así como de la relación entre el número de empresas que se instalen en Londres y el de las que, por el contrario, se relocalicen en Fráncfort o en París, se deducirá cuál de las dos tesis era la correcta. A buen entendedor… ¿Cuántas veces nos ha proporcionado la Historia una ocasión semejante para comprobar empíricamente la validez de unas teorías hasta entonces inverificables?

Y, sin embargo, tampoco es exactamente eso. Pues hay una pregunta importante a la que habrá que responder sin dilación y, por desgracia, sin certeza. ¿Más Europa o menos Europa? ¿Hacer una pausa y cicatrizar las heridas o, por el contrario, seguir adelante? ¿Y qué nos enseña la experiencia británica? ¿Que el paso era demasiado rápido y que no se zarandea impunemente el orden eterno de las naciones o que fuimos demasiado indecisos y que si Europa se está muriendo es por haberse quedado a medio camino de ninguna parte? Yo soy de la segunda escuela. Creo que si hemos pecado ha sido por defecto de voluntad y exceso de confianza en la mano invisible de una Historia que suponíamos nos llevaría directa y suavemente, sin esfuerzo, hasta el sueño europeo. Y estoy convencido de que solo un gran salto hacia adelante, hacia la unión, nos sacará del atolladero. Pero por ahora esto es indemostrable. Y estamos navegando sin brújula.

Bernard-Henri Lévy es filósofo.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

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