Carmen Posadas: Asombro
Un amigo muy querido me propuso un reto la Nochevieja pasada o, mejor dicho, un conjuro. No parpadear desde la quinta hasta la decimosegunda campanada, como señal de que entrábamos en el año con los ojos abiertos y la capacidad de asombro intacta. Me encantóla idea porque el asombro es fundamental para un escritor (quien lo pierde está muerto como creador). También porque, en un mundo donde los disparates son infinitos, es cada vez más difícil pasmarse por algo.
Hay quien piensa que adaptarse es sobrevivir y que, si nos ha tocado una época en la que el pasmo es continuo, lo sensato es hacerse inmune al asombro. Yo, en cambio, pienso que normalizar el pasmo es arriesgado. ‘Asombro’ viene del latín y significa «sacar de la sombra», es decir, pasar de la ignorancia (la sombra) a la luz del conocimiento. El asombro, por tanto, es parte esencial de nuestro éxito como especie. Como ocurre también con la curiosidad, que hace que uno se haga preguntas e intente buscar respuestas. O con el entusiasmo, que significa «inspiración divina», e impele a no ponerse límites y acometer empresas que parecen imposibles e inalcanzables. Y luego está ese otro motor fundamental, la necesidad o carencia, que junto con los otros impulsores antes mencionados hace que seamos capaces de mover montañas. Resulta curioso, por tanto, ver el cambio que ha experimentado en los últimos tiempos el equivalente en inglés del término ‘asombro’. En origen, awe quería decir ‘miedo’, ‘terror reverencial (de ahí la palabra awful, que significa ‘horrendo’). Sin embargo, ahora awe ha mutado hasta querer decir ‘deslumbrante’, ‘maravilloso’, ‘rocambolesco’, como en la palabra awsome, que se usa hasta la náusea. Por eso ahora, al menos en el mundo anglosajón, todo lo bueno es superawsome. En español, en cambio, ‘asombro’ ha mantenido un significado más neutro. Asombroso puede ser desde algo inquietante, como las derivas políticas de toda índole que estamos viviendo, hasta una bellísima puesta de sol. Pero lo que más llama la atención es la sobredosis de asombros en los que vivimos inmersos y cómo esta palabra, antes tan estimulante y creativa –una que nos ha permitido afinar nuestra sensibilidad artística, ampliar nuestras lecturas y también empujado a acometer gestas increíbles en todos los órdenes imaginables–, se ha desdibujado, también abaratado. Desdibujado porque cada vez resulta más difícil asombrarse de algo, y abaratado porque vivimos en la chatarra del asombro: asombrados de ver cómo un memo en Internet acomete el reto de comerse de un tirón cuarenta huevos fritos… Asombrados porque fulano de tal se ha operado y tatuado para parecerse lo más posible a una pantera de Java, o porque aquel otro camina por un pretil a cien metros de altura haciéndose un selfie… Y mientras uno se queda patidifuso con estas bobadas, resulta que pierde la capacidad de asombrarse de lo verdaderamente asombroso. De un colibrí suspendido en el aire ante una flor de hibisco, pongamos por caso, o simplemente del olor a pan recién horneado en una mañana de sol. Porque si, hasta hace poco, el asombro y el deslumbramiento estaban detrás de cada avance humano, en él se ha trasmutado en papanatismo vacuo que solo espera el próximo acto estrafalario para volver a quedarse con la boca abierta y premiar al asombrador con miles de likes. Y mucho me temo que, como todo llega a su punto de saturación, a no mucho andar ya nada logrará sorprendernos. Y, en ese momento, habremos perdido la herramienta fundamental con que contaba nuestra especie para evolucionar y avanzar. Por eso agradezco tanto a mi amigo que me haya recordado que los seres humanos somos asombro. Por supuesto, los escritores no pueden escribir ni una línea sin esta capacidad. Pero ojalá, y sobre todo, no la pierdan quienes más dotados de ella están: los niños. No solo porque maravillarse es un gran placer y el mejor medio de disfrutar de la vida. También porque, como dijo una vez Neil Armstrong al ser el primer hombre en pisar la Luna, y algo de esto sabía…, el misterio crea asombro y de asombro está hecho el deseo del hombre de ir más allá.