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Carmen Posadas: Papá, me aburro

A veces envidio a los chinos. Entiéndanme, no es que me haya hecho fan de un sistema político como el suyo, esa extraña cuadratura del círculo que les permite combinar férrea dictadura comunista con capitalismo salvaje. Pero es evidente que los regímenes autoritarios tienen a veces interesantes ventajas sobre las sociedades abiertas.

Miren, por ejemplo, el caso de ‘el opio intelectual’. Así llaman en China a los videojuegos, un negocio que mueve millones y que se ha convertido en un problema. Se estima que en ese país hay más de 665 millones de gamers y tal es la adicción que producen que, en 2019, se limitó el acceso a los niños a este tipo de juegos. Pero, aun así, se calcula que casi el 63 por ciento de los menores juega más de 90 minutos diarios y tres horas durante los días festivos, razón por la cual han decidido  endurecer más la medida. A partir de ahora, niños y adolescentes verán restringido su uso a solo tres horas por semana. ¿Imperdonable intrusión en la vida privada? ¿Acoso estatal a la libertad de niños y jóvenes?

Como todos sus amigos están conectados permanentemente, resulta muy difícil prohibir algo que sus pares hacen sin restricción alguna

En el año 2018, la OMS incluyó oficialmente como trastorno la adicción a los videojuegos y en el mundo entero existe inquietud por el creciente número de horas que los niños dedican a este tipo de entretenimiento. Ignoro cuántas horas pasan nuestros menores matando marcianos o perdidos en el Fortnite, pero, a juzgar por lo que veo a mi alrededor, los padres tienen serias dificultades para racionarles el uso de las pantallas. Misión casi imposible, primero porque, como todos sus amigos están conectados permanentemente, resulta muy difícil prohibir algo que sus pares hacen sin restricción alguna. La segunda razón por la que es tan difícil es —y esto ya es una opinión personal— porque los padres actuales desconocen el valor pedagógico del aburrimiento, ese que hace que el niño acabe buscándose la vida e inventando sus propias distracciones.

Aburrirse está considerado el más mortal de los pecados en las sociedades avanzadas, y más aún cuando se trata de la relación padres e hijos. Para que el nene y la nena estén contentos, no se frustren o traumen, los esforzados progenitores de hoy se han convertido en padres helicóptero, que necesitan orbitar alrededor de sus churumbeles teledirigiendo su ocio: ahora vamos a preparar una tarta de frambuesa, después vamos a montar en bici, al rato en patinete, más tarde tocaremos el piano, jugaremos en la Play al tenis, al fútbol, a la petanca… ¿Y qué pasa cuando el exhausto padre o madre pide una tregua y se desmaya en un sofá? Pasa que, como los niños no saben jugar solos, van y sueltan las tres palabras mágicas: «¡Papá, me aburro!». Y aquí viene el dilema: «¿Qué hago? ¿Vuelvo otra vez al frenesí de la bici / el patinete / la tarta de frambuesa / el piano y la petanca o le planto la tablet y que juegue él solito al Brawl?».

No, no es nada fácil ser padre o madre hoy en día. En mi época no se estilaba esto de papá Superman y mamá Hada Madrina, de modo que  mis hijas, por ejemplo, no tuvieron más remedio que agudizar el ingenio y divertirse solas. Hacían obras de teatro; otras veces les daba por montar un circo, organizar concursos de dibujo o unas olimpíadas con sus amigos. Cierto que entonces no existían los videojuegos, pero, como los niños de entonces habían aprendido a divertirse en el mundo real, no necesitaban el virtual.

Yo no sé si la solución al problema de la adicción de los niños a los videojuegos es que se limite o prohíba su uso como han hecho los chinos. Más aun, creo que, en sociedades abiertas y democráticas, es imposible que esto ocurra. Pero pienso que habría que prestar más atención a los hasta ahora inéditos problemas que generan las redes sociales y las nuevas tecnologías. Y, entre otros muchos, a este tipo de juegos que hace que las nuevas generaciones ya no quieran sino estar horas y horas ante una pantalla. A un negocio que mueve miles de millones y que no solo causa adicción, sino que, además, fomenta el ensimismamiento, el egoísmo y sobre todo una preocupante pérdida de contacto con el mundo real.

 

 

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