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Cayetana Álvarez de Toledo: El olor a óleo fresco

La Transición venezolana plantea el viejo dilema entre justicia y reconciliación. Sobre este trasfondo, Guaidó pretende convertir el mayor centro de torturas del país en un Museo de Derechos Humanos.

Estrategia de ajedrez para la transición en Venezuela

Jorge Mario Bergoglio, alias el Papa, ha dicho que el Vaticano mantiene una actitud de «neutralidad positiva» respecto al último capítulo del drama venezolano. Bueno, no lo ha dicho él. Le ha pedido a su secretario de Estado que lo diga. Pero es igual. Hace tiempo que Pietro Parolin se encoge de hombros y mira al cielo cada vez que un demócrata le pide explicaciones por la condescendencia de su jefe con la dictadura chavista. Entre esos demócratas hay muchos obispos, varios cardenales y hasta el propio nuncio en Caracas. Pocas iglesias más heroicas y humilladas en estos últimos años que la venezolana. Pero incluso la santa paciencia tiene un límite: la expresión «neutralidad positiva» convierte los «hechos alternativos» de Trump en un ejemplo de lenguaje recto y al propio Trump en el sustituto de Bergoglio en las plegarias de una población hambrienta de pan y justicia. Francisco, el pastor que permite que manden a sus corderos al matadero.

En una calle tranquila del municipio de Chacao hay un edificio, casi furtivo, de dos plantas y fachada blanca, inmaculada. Esa limpieza es lo único que sorprende en una ciudad carcomida por el chavismo. Ah, pero cuando entras. Es el primer Museo de Derechos Humanos de Venezuela y es conmovedor. Raúl Emilio Baduel, cuatro años preso, aún en la clandestinidad, nos hizo de guía. Con su boscosa barba negra sobre una cara de niño y un pin de héroe en la solapa, nos fue enseñando las reliquias de una década y media de represión. El mural con las fotos de todos los asesinados por el régimen, como un álbum universitario de futuros mutilados. La reproducción de una celda de La Tumba: estrecha, fría y tétrica como la mesa de un forense. El rosario -mire, Bergoglio- que Leopoldo López tejió con un finísimo cable de cobre extirpado de una pared de Ramo Verde. Y, lo más impactante, los retratos que el ex alcalde de San Cristóbal, Daniel Ceballos, pintó durante su cautiverio en el Helicoide. Los observé largamente. Eran siete de una serie de 12. Todos en blanco y negro, todos de compañeros de prisión, y todos vigorosos, vivos, desafiantes. Me acordé de mi amigo Juan Abreu y de su serie de retratos de fusilados por el castrismo. De pronto, Diana López, la hermana de Leopoldo, promotora de artistas y artista ella, tomó la palabra: «Daniel es como un hermano para mí. Le animé a que los pintara. El arte alivia el espíritu y en ese momento Daniel estaba anímicamente muy mal. Con la ayuda de su madre, le hice llegar telas, pinceles y unos óleos. Y así en secreto, por la noche, empezó a pintar. ¿A que son buenos?» Extraordinarios, murmuré. Y Diana continuó. «La madre de Daniel logró sacarlos de la cárcel y enviármelos ocultos en una caja a Nueva York. En cuanto la empresa de transportes me avisó de su llegada, me puse en contacto con Daniel. Nos conectamos por FaceTime y fui llevándole por la ciudad. Cruzamos Central Park. Le enseñé el sol y los rascacielos. Luego en Metro, hasta el depósito. Ahí, con la cámara del móvil enfocando la caja, levanté la tapa y saqué los cuadros. Todavía olían a óleo fresco. Le dije: «Tus pinturas ya están libres, Daniel; muy pronto lo estarás tú». Tres días antes de que los retratos se exhibieran en una pequeña galería de Manhattan, Ceballos protagonizó el gran motín del Helicoide y fue puesto en libertad. ¡Milagro!, diría Bergoglio. O no.

Hace unos días la BBC estrenó un documental sobre el Helicoide. «El mayor centro de torturas de Venezuela», lo llama. Incluye entrevistas con dos ex funcionarios del SEBIN que corroboran las denuncias sobre ese lugar inmundo: la arbitrariedad, el hacinamiento, el garrote, la brutalidad. Sin embargo, quizá porque conozco a muchas de sus víctimas, porque he oído de sus labios cómo huele una celda con cincuenta cuerpos deshechos o cómo suena una violación con el cañón de un fusil, esa parte del documental no me impresionó. Lo que me llamó la atención fue el contrapunto: las maravillosas imágenes, también en blanco y negro, de cuando la construcción del edificio, en los boyantes años 50. El Helicoide fue una obra icónica, lujosa, transgresora, el espejo de una Venezuela petropoderosa y de vanguardia. No había nada parecido en América Latina: un centro comercial de 73.000 metros cuadrados moldeado sobre una colina en plena ciudad. Fue diseñado para albergar 320 locales comerciales, un hotel cinco estrellas, cines, un estudio de televisión, un auditorio… Tenía ascensores importados de Viena, un helipuerto y un acceso para coches en forma de doble espiral, desde su base hasta la cúpula geodésica diseñada por el visionario americano Buckminster Fuller. El proyecto fue exhibido en el MOMA de Nueva York como un triunfo del diseño modernista. Pablo Neruda lo describió como «una de las creaciones más exquisitas surgidas de la mente de un arquitecto«. Y Salvador Dalí se ofreció para decorar su interior y exponer en él sus obras. Nunca llegó a hacerlo. La modernidad venezolana se truncó por la frívola desidia de las élites y la irrupción del Socialismo del siglo XXI, esa fuerza cruel, totalitaria y medievalizante, pura involución.

Setenta años y miles de muertos después, el Helicoide se asoma ahora, tímidamente, a un nuevo destino. «Demuélase», reclaman algunos. Pero eso sería tanto como renunciar por dos veces a la memoria. De lo bueno que pudo ser y, sobre todo, del horror que todavía es. La amnistía, el ofrecimiento a Maduro de una salida bananera, la integración en la democracia de un chavismo sólo presuntamente moderado y tácticamente arrepentido… Todos los gestos que hoy se hacen para apuntalar la Transición venezolana deberán ser equilibrados de forma que nadie pueda decir: sufrieron y murieron en vano. Con lo necesario tendrá que venir lo justo: el reconocimiento a las miles de víctimas del chavismo, la defensa activa de su memoria, lo que la España constitucional ha tardado tanto en hacer con sus mártires. Y yo creo que vendrá. «Vamos a reconvertir el Helicoide en el mayor centro cultural de Venezuela. Y en él vamos a albergar este Museo de Derechos Humanos, ampliado a todos los represaliados, a los heridos, a la memoria individual y fáctica del horror. Para que nunca vuelva a ocurrir, para no olvidar jamás». Son palabras de una persona del círculo del ahora presidente interino Guaidó y me acompañaron en mi despedida, temporal, de Venezuela.

El aeropuerto de Maiquetía estaba tan oscuro y solitario como Caracas al caer la noche. Me acerqué al control policial con una cierta inquietud, si bien pensando que al menos iba en la misma dirección de una deportación. Pero no pasó nada: revisión de rigor y «tenga usted un buen viaje». Me instalé en un rincón, cansada, aliviada, cuando de pronto vi cómo seis guardias nacionales montaban un nuevo control en la puerta de embarque. Bolsos, maletas, chaquetas, zapatos, aparatos electrónicos: todo otra vez por el escáner. Cacheo a fondo, pero muy a fondo. Escrutinio del pasaporte. Burocracia, vigilancia, redundancia: tiempo y energía derrochados en una misión absolutamente inútil, porque ¿qué van a encontrar ahora que no hayan encontrado 20 metros y media hora antes? Régimen estúpido además de criminal, pensé, y qué santa es la gente. «Ya pueden embarcar». Cogí mi iPad como si fuera un bebé y me dirigí por el finger hacia el avión. En la propia puerta había otros tres policías de Maduro haciendo guardia. Uno de ellos tenía el codo apoyado sobre una mesita metálica. Miré sus armas y luego miré la mesa. Perfectamente apilados brillaban unos veinte ejemplares de El Mundo. En la portada, una gran foto de la manifestación de Caracas y el siguiente titular a cuatro columnas: «Maduro, más cerca del final». Debajo, en un recuadrito, mi nombre. Cogí un ejemplar, sonreí a los guardias y me monté en el avión. Sí, tan estúpido como criminal.

 

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