BitácoraDemocracia y PolíticaHistoriaMarcos Villasmil

Chamberlain

 

He perdido la cuenta de notas leídas sobre la crisis venezolana en las cuales se hace referencia a Neville Chamberlain, el Primer Ministro británico al momento en que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, como ejemplo de “apaciguador”, lo que para muchos es sinónimo de colaboracionista con el régimen chavista. Sospecho que a Chamberlain le pasa, en su muy particular circunstancia, lo mismo que a Mandela cuando es usado en notas que se relacionan con una transición de la dictadura presente a una democracia futura. Porque es muy posible que ambos personajes sean manipulados desde una ignorancia u olvido interesado casi completos de sus vidas.

Arthur Neville Chamberlain (Birmingham, 1869 – Londres, 1940), fue un político conservador británico. Su nombre ha quedado ligado a su política exterior, en el ejercicio del cargo de Primer Ministro entre 1937 y 1940, lo que se llamó “appeasement” (apaciguamiento), ya que se buscaba contemporizar con las políticas expansionistas de Adolf Hitler y Benito Mussolini, cediendo ante sus exigencias, con el fin de evitar un conflicto generalizado en Europa.

Testarudo, por años se negó a oír las voces que le alertaban en contra (a pesar de la poca experiencia que tenía en política exterior). Una de ellas fue la de Winston Churchill. Un error fundamental de Chamberlain fue ver la política en términos intensamente personales y por ende principalmente subjetivos (había sido alcalde de Birmingham, y se decía que veía al mundo como “un gran Birmingham”); ese fue uno de los factores principales que condujeron a su caída. Se empeñó en llegar a un acuerdo con Hitler sin importar las consecuencias. Y su postura apaciguadora comenzó incluso antes de ser Primer Ministro en 1937.

Otro error suyo fue que buscaba rodearse de colaboradores que estuvieran tan militantemente convencidos como él de la justeza de sus razones, en lugar de personas que le hicieran ver las diferentes opciones posibles. Los prejuicios cognitivos lo ahogaron.

Para Chamberlain, Hitler era otro autócrata alemán más, como tantos que habían existido previamente. No tuvo la capacidad intelectual de entender que “el hitlerismo no podía ser explicado según la historia alemana, en el sentido de la existencia de conexiones causales convencionales” (Hannah Arendt). El totalitarismo nazi era un fenómeno absolutamente nuevo, imprevisto y original en su maldad, ferocidad y error. Churchill, en cambio, aprendió con sus decisiones en la guerra que en ocasiones podía y debía enmendarlas, incluso contradecir posiciones previas si quería lograr la victoria frente al totalitarismo.

No hay nadie que sufriera más en su carrera política las equivocaciones de Chamberlain, y las denunciara y criticara por años, como Winston Churchill. Sin embargo, lejos de su pensamiento la idea de venganza o revancha por todos los agravios recibidos durante años de parte de la mayoría de su partido, fervorosamente seguidora de Chamberlain. El 1 de octubre de 1940, pocos días antes de morir, Neville Chamberlain renunció a la jefatura del partido Conservador (Churchill fue electo sucesor por unanimidad); al agonizante líder le ofrecieron un título nobiliario, que rechazó. Sus palabras fueron: “prefiero morir sencillamente como el Sr. Chamberlain, como mi padre, sin el adorno de ningún título”.

Chamberlain falleció el 9 de noviembre, y en el velatorio en la abadía de Westminster, las palabras de Churchill son un ejemplo de estadista, pero sobre todo de un ciudadano con valores superiores a cualquier controversia. En una atmósfera doblemente fría –porque la mayoría de los oyentes lo seguían considerando un adversario, y porque el frío extremo de la calle penetraba crudamente, ya que los vitrales de la abadía habían sido retirados para preservarlos ante cualquier posible bombardeo- Churchill dijo una magnífica plegaria: “Al ofrecer nuestro tributo de respeto a un hombre eminente, nadie está obligado a alterar las opiniones que se haya formado o que haya expresado sobre asuntos que ya son parte de la historia; pero ante el pórtico funerario que todos debemos cruzar, es menester juzgar y revisar nuestra conducta y nuestros juicios. Los seres humanos -afortunadamente, porque de lo contrario la vida sería intolerable- no podemos predecir o prever el curso de los acontecimientos. En ciertos momentos creemos hacer lo correcto, en otros, lo equivocado”. Para Churchill, Chamberlain se equivocó al intentar apaciguar a Hitler, pero sin embargo poseía “los instintos benevolentes del corazón humano…incluso bajo gran peligro, y sin prestar atención a la impopularidad que le podía acontecer”, usó “toda su autoridad y capacidad, poderosas ambas, para intentar salvar el mundo del conflicto devastador en el que nos encontramos”. “La única guía de un hombre es su conciencia; el único escudo de su memoria es la rectitud y sinceridad de sus acciones. Es muy imprudente ir por la vida sin dicho escudo, porque a menudo somos sometidos a la burla ante el fracaso de nuestras esperanzas o ante el desconcierto por el fallo de nuestros cálculos; pero con este escudo, no importa lo que el destino nos traiga, marcharemos siempre en las filas de los honorables”.

Volviendo a Venezuela, existen quienes no identificaron desde la primera hora la terrible amenaza que representaba Hugo Chávez, o lo que significaba su alianza con el castrismo, que traía consigo la pareja inseparable de todo comunismo: terror y mentira. Algunos de ellos son los mismos que se empeñan rabiosamente en juzgar hoy a Juan Guaidó con el mismo ensañamiento que usan para juzgar a Maduro. Quieren gozar de la prerrogativa de la veleidad impune. Es que en el fondo no son demócratas, son fanáticos e intransigentes, y basan sus criterios en su propio e infernal Gulag intelectual.

 

 

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