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Chester Himes, Dios escribe con renglones torcidos

El autor norteamericano retrató en 'Todos muertos' (1960) el mundo sórdido de Harlem en el que dos policías sobreviven con métodos brutales

Himes, nacido en Misuri en 1909 en el seno de una familia de clase media, cursó estudios universitarios, pero fue expulsado por participar en un robo

 

Apodado ‘El Balzac de Harlem’, pocos escritores representan mejor que Chester Himes la quintaesencia de la novela negra. Violencia, brutalidad, sexo, explotación y corrupción son los ingredientes de sus narraciones, entre las que figura ‘Todos muertos’, publicada en 1960, una historia ambientada en los bajos fondos de Nueva York en un clima asfixiante de miseria y sordidez.

Himes era un maestro de la acción y un escritor con una visión cinematográfica de la realidad. En ‘Todos muertos’ los personajes se sumergen en un frenético movimiento que el autor construye sobre la investigación de un atraco en Harlem. Desde la primera a la última página, el lector tiene la impresión de ser arrastrado a una pesadilla en la que todo se va complicando hasta un perfecto final en el que Himes desvela su talento como narrador.

Todo comienza cuando tres policías disfrazados atropellan a una anciana que cruza una calle. Abandonan el coche y se suben a un Cadillac de color oro que roban a unos delincuentes. Los falsos agentes han atracado a punta de pistola la recaudación de un político local, lo que empuja a la Policía a resolver el caso para salvar su imagen. La investigación es confiada a ‘Ataúd’ Ed Johnson y ‘Sepulturero’ Jones, dos detectives negros de Harlem, cuyo nivel de violencia supera al de los delincuentes que persiguen, a los que no dudan en chantajear, golpear o detener con falsas pruebas para sacarles la verdad. Johnson y Jones, protagonistas de las novelas de Himes, creen que la ley es un obstáculo para su supervivencia y que sólo es posible hacer justicia si se vulneran los cauces establecidos.

Inviernos heladores, olor a basura, indigentes durmiendo en sótanos inmundos, prostitución, delincuentes vendiendo droga en la calle y policías que eluden sus obligaciones crean el contexto donde se mueven los dos detectives, que, a pesar de sus métodos, intentan proteger a los débiles y combatir a las mafias criminales. Son dos justicieros que podrían evocar a Don Quijote y Sancho Panza en un mundo en el que los fuertes aplastan a los menesterosos.

Chester Himes, nacido en Misuri en 1909 en el seno de una familia de clase media, cursó estudios universitarios, pero fue expulsado de Columbus por participar en un robo. Ello precipitó su inmersión en el mundo del juego y del delito. Tras varias detenciones, fue condenado a 20 años de cárcel por atraco a mano armada. Fue durante su encierro, que se prolongó siete años, cuando empezó a escribir relatos. El primero de ellos apareció en 1934, un año antes de ser puesto en libertad por buen comportamiento.

Himes se instaló en Harlem después de la II Guerra Mundial tras haber trabajado en fábricas de armamento de los Ángeles y San Francisco. Fue entonces cuando comenzó a escribir de forma obsesiva. Su evolución le llevó a la novela negra, que, por así decirlo, formaba parte de su ADN. De raza negra, toda su obra está marcada por el tema de la discriminación. Pero nunca adopta una posición de buenos y malos, ya que, siendo consciente de los agravios y los prejuicios que padecían por el color de su piel, los achacaba a la naturaleza humana.

Huyó de su país a mediados de los años 60 porque se sentía ahogado por el racismo y la falta de reconocimiento de su obra, que empezó a ser valorada cuando se instaló en Europa. Estuvo en París algunos años y luego decidió comprarse una casa en Moraira en la costa de Alicante. Allí vivió sus últimos 25 años hasta su muerte en noviembre de 1984. Paseaba por la playa con su gato y saludaba familiarmente a sus convecinos, que le consideraban una persona amable y solitaria. Sólo una decena de personas, entre ellas, su esposa, acudieron a su entierro. Hoy su memoria es evocada por una placa de piedra en la playa de Moraira, en la que aparece retratado con su inseparable gato, con las manos abiertas estampadas en un libro en blanco, cerca de donde descansa en su tumba.

Pocos saben hoy quien fue Chester Himes, una gran injusticia por cuanto escribió media docena de novelas que figuran entre las mejores del género, sin desmerecer a autores consagrados como Hammett o Chandler, con los que comparte una visión pesimista del hombre y un sentimiento romántico hacia quienes todavía luchan por la justicia en este mundo.

 

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